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Un encuentro con nuestra tierra Imprimir E-mail
  
Jueves, 01 de Septiembre de 2011 06:37

Danza en cruzLa compañía chilena Danza en Cruz presentó su último montaje, “Raíces del Cuerpo”, en el Teatro del Zócalo, Universidad de las Américas, entre el  23 de Junio y el 10 de Julio de este año.

Danza en Cruz lleva 17 años de trayectoria, nace en 1994, en México, con Valentina Pavez y Rodrigo Fernández como fundadores y coreógrafos, con muchos años de experiencia como bailarines y docentes. Son de los más destacados creadores chilenos de la danza independiente, realizando un importante trabajo en el quehacer de la cultura actual.

En la obra “Raíces del Cuerpo” podemos notar además de su experiencia en el área de la danza como coreógrafos, la relevancia del legado tradicional y folclórico de la que Valentina Pavez proviene, siendo hija de destacados investigadores y compositores folcloristas como Héctor Pavez y Gabriela Pizarro. Esto va sumando a la temática de la obra y, como espectador, se agradece que se comparta y entregue, ya que vemos algo verdadero. Es como si se construyera desde lo más íntimo de Valentina, constituyendo una necesidad de expresión de esta artista de entregar a su gente, y país, una identidad propia en el lenguaje artístico desde nuestras raíces más profundas hasta la actualidad.

“Raíces del Cuerpo” es una obra que conjuga perfectamente, en una hora, el lenguaje de la danza moderna con todas nuestras tradiciones, desde juegos, danzas, costumbres, oficios y cultura.  Como si fuera aquella historia que pasa de generación en generación, cuando se reunieron todos en el casamiento, o cuando simplemente se disfrutaba en familia. Nos mueve por variadas emociones como la felicidad, la melancolía, los anhelos, el amor, el desencuentro, lo lúdico, etc. Podemos ver en los cuerpos de los intérpretes, Martín Andrade, Jacqueline Araya, Jaime Arias, Paz Barrientos, Pablo Barckhahn, Constanza Díaz, Álvaro González, Cristián Hewitt, Rosa Jiménez, Tatiana Martínez, Vicenta Pavez y Adrián Otarola, toda nuestra historia, como si fuera una revisión exhaustiva hacia lo que somos. Se va desentrañando meticulosamente todo lo que conforma esta angosta y larga faja de tierra, mostrando el contenido desde lo más simple a lo más complejo en el movimiento, graduando según la necesidad de lo que se va planteando en escena, reconociendo que la danza está al servicio para mezclarse con la riqueza de la cultura tradicional. Se le da valor al trabajo rural y creencias de su gente, destacando al arriero de bueyes, a la tejedora, a la machi, a los compositores que atraviesan nuestra historia e idiosincrasia, como Violeta Parra, Víctor Jara, Héctor Pavez, reconociendo en todos estos personajes su valor y legado, la historia que quizás está olvidada por algunos y que se hace reconocible como parte de nuestra identidad y cultura.

La iluminación, diseñada por Luis Reinoso, nos ayuda a ver a través del artífice de la luminosidad aquellos colores de paisajes rurales, que simulan el agua, el verde de un bosque, las hojas, el camino de aquellos que ya han partido, creando una imagen onírica que nos adentra en la sensación, y que suma a lo que pasa en movimiento.

Definitivamente, obras como ésta hacen una profunda reflexión sobre nuestra sociedad contemporánea. Aunque estemos insertos en la urbe, debiéramos reconocer y aprender de la convivencia con nuestros pares, de la entrega de nuestros ancestros, entender las metáforas de nuestros cantautores, a creer que en nuestra sociedad y raíces hay tanto material artístico que no hay necesidad de valorizar tanto lo que proviene de afuera y del viejo mundo. Es nuestra propia historia la que debe ser contada de mil formas.

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