El Prometeo de Griffero: Confuso y Oscuro

Tras una ausencia, como dramaturgo y director, de varios años –tiempo que dedicó a la docencia- Ramón Griffero, uno de los creadores teatrales más originales del medio, uno de los pocos que compone una poética del espacio al montar sus obras, vuelve a escena con un curiosa versión del mito griego de Prometeo, el que tituló “Prometeo, el Origen”, pieza que acaba de estrenarse en el GAM, Sala  A 2, entidad que produjo y apoyó el montaje.
El origen de la historia (basado en la obra escrita en 467 A. C por Esquilo, el fundador de la tragedia) surge luego de un regalo que recibe una actriz de parte de sus compañeros.  Una vez que

ella abre el libro, donde se relatan los orígenes del universo, entre ellos el de “los efímeros” (nosotros), ahí aparece Prometeo, héroe y Titán, griego que robó el fuego a Zeus para dárselos a los “efímeros”, para que éstos tuvieran sabiduría, inteligencia, poder y, especialmente, autonomía sobre la naturaleza. EL castigo por tamaña rebeldía es cruento: atarlo a una roca y dejar que un águila le coma el hígado
Ante una consulta de prensa, acerca de qué preguntas, como autor, plantea su obra, Griffero respondió que “en vez de preguntarnos por cosas domésticas, (en la obra) nos estamos preguntando por el universo y su origen”.
Creemos que, justamente, en esa respuesta radica el porqué este montaje está plagado de debilidades en su confusa realización teatral. Su desarrollo argumental es un hibrido operático que nunca logra formular una relectura clara y teatralmente entendible del mito salvo generalidades, por eso la pieza, en grandes tramos, a lo menos, es demasiado entreverada.
Desglosemos.
1.- Arquitectura teatral.
La estructura espacial de la obra, emerge ante el espectador como una suerte de composición operática con grandes espacios libres y, al fondo, la imagen del universo, algunos pocos elementos escenográficos  (dos triángulos, largueros muy delgados que caen del cielo, entre ellos) habitan el desolado espacio.
En ese universo tan desnudo y de semejantes dimensiones, los actores tempranamente comienza a naufragar, deambulan diagonalmente en una extraña desnudez teatral la que se ensancha peligrosamente sobre ellos (se ven hasta las paredes de la sala). Al no ser personajes, salvo por instantes, sino segmentos o construcciones filoteatrales, sus cargas actorales van y viene sobre una delgada cornisa argumental. Tienen demasiado peso “vacío” encima, están inmersos en exceso de territorio espacial.
Los actores no tienen, a ratos, voz para salir airosos hundidos en esas dimensiones espaciales, no por que no puedan hacerlo, sino porque no están entrenados para ello. En Chile la mayoría de las salas son (cada vez) muy pequeñas, la A 2 del GAM, es enorme, y cada vez que hablan de espalda al público casi no se les entiende, o se les entiende poco. Mientas más al fondo estaban era peor; los textos eran o inaudible, confusos, o directamente incomprensibles.

 2.- Tema y montaje
El gran problema de esta obra de Griffero es que busca responder preguntas filosóficas de gran envergadura, como el origen o destino de la humanidad, creando un extraño híbrido argumental que no logra ser una construcción dramática ordenada, coherente, que seduzca o que logre entretener al espectador. En su megalomanía teatral (debida a la superlativa ambición argumental) “Prometeo, el Origen”, casi nunca logra habitar, como relato, un espacio compacto, no logra hacerse entender, hay un puente muy precario entre lo antiguo –la leyenda en sí- y la instalación en un nuevo croquis argumental, moderno y actual.
No sabemos exactamente qué ruta quiso tomar Griffero, mejor dicho, la que toma es tan múltiple y amplia que su derrotero “ahoga” al espectador debido a la lluvia de instantes de variado corte estilístico, ya sea actoral o de narrativa.
Muchos de estos momentos imitan, por ejemplo, el tono grandilocuente de la tragedia, a ratos hay comedia humorística, en otros, un clima coral y ampuloso llega a escena.
Algunos de los tramos más claros y contundentes del corpus teatral de la pieza, son aquellos donde el autor deja salir, con total libertad, al sociólogo que es.
Estas escenas son, entre las mejores, cuando los tres personajes varones imitan a un trío de amigos pitucos que juegan golf y dejan salir su racismo y clasismo, o cuando  los siete actores caracterizan a un grupo que busca hacer una revolución por la vía armada.
En el humor o en lo coral también hay pequeños logros, por ejemplo cuando la notable Manuela Oyarzún viste de impermeable y audífonos, o cuando los actores cantan y dialogan con Prometeo, como en la antigüedad; es decir el corifeo con el Protagonista (señalemos que Esquilo, entre sus innovaciones, crea al antagonista).
3.- Actores
El desempeño de los actores es inestable, recordemos que no hacen personajes sino representan ideas más exactamente, “fragmentos de un discurso sociológico escenificado” (que es lo que, creemos, quiso hacer Griffero).
La más descollante es Paulina Urrutia, su experiencia y notable ductibilidad, siempre fresca y nítida, sobresale en medio del enorme tráfico de ideas del autor. A ratos nada sola (y con harta destreza) en el espacioso oleaje “grifferista”.
A su lado sobresale una sorprendente Manuela Oyarzún, lúdica, seductora, irreverente, se apropia de sus textos con un expresividad de alto vuelo. A Antonia Zegers y Taira Court está claro que les cuesta más desenvolverse en este engranaje argumental, son actrices más contenidas y sutiles, brillan moderadamente a pesar de cierta opacidad en su histrionismo, quizás porque padezcan el síndrome del E.T (Exceso de Televisión).
Los varones, tres actores muy jóvenes, Omar Morán, Juan Pablo Peragallo y Danny González, dueños de un interesante apetito teatral, logran en bloque un trabajo excelente, parejo y esforzado. Poseen esa garra endemoniada que se necesita para abordar estos proyectos tan complejos y arduos, cargados de filosofías y glosarios atávicos, donde no hay concesiones actoralmente hablando.
DISEÑO
El aspecto musical, idea de Alejandro Miranda,  tiene su inflexión más alta con el hermoso adagietto, cuarto movimiento de la V Sinfonía de Gustav Mahler, el diseño escenográfico de Javiera Torres logra eficazmente y con escasos recursos, embellecidos con una gran austeridad estilística, crear cierto tono operísitico al montaje. Otro punto logrado es el vestuario, también de Torres, sobre todo el espectacular vestuario de las míticas criaturas aladas, que dialogan sobre la cima de los triángulos con Prometeo.
GRIFFERO, EL REGRESO
Más allá del resultado de “Prometeo, el origen” saludamos la vuelta a los escenario de Ramón Griffero, es un creador necesario, aún tengo en mi retina su fabuloso montaje de “Río Abajo” (“Thunder River”) estrenada en el Teatro Nacional en julio de 1995, y reestrenada en 1996 en el Teatro Cariola. En escena, un edificio de tres pisos con un corte transversal que mostraba, crudamente y en simultáneo, el universo de seres humanos del más variado origen. Nunca el teatro chileno había visto algo así. A esta aplaudida pieza la guardo en mi memoria periodística en el casillero de las “imprescindibles”.

Ficha Artística
Compañía: Teatro de Fin de Siglo
Dramaturgia y dirección: Ramón Griffero
Elenco: Paulina Urrutia, Taira Court, Antonia Zegers, Manuela Oyarzún, Juan Pablo Peragallo, Danny González y Omar Morán
Asistente de dirección: Ricardo Balic
Música: Alejandro Miranda
Diseño integral: Javiera Torres
Iluminación: Sergio Armstrong y Javier Salamanca
Foto: Loreto Gibert.
Asistente de Foto: Víctor Jimenez
Maquillaje y pelo: Gabriela Arévalo.

Coordenadas
Gam
Hasta el 14 diciembre.
Miércoles 21.30, jueves a sábado; 21:00, domingo. 20:00 hrs
Sala A2. Edificio A, piso 1
$ 8.000 Gral, $ 4.000 3ed, $ 3.000 Est. $ 6.000
Preventa
$ 9.000 Gral. Internet
$ 5.000 3ed. Internet
$ 4.000 Est. Internet