"Bru o el exilio de la memoria": atrapando la inmensidad de Roser Bru

Roser Bru es una mujer que muchas generaciones de chilenos y chilenas reconocen. Por su eterna chasquilla, sus cuadros plagados de cosas cotidianas -como marraquetas, tazas de té y sandías- y mujeres -como ella misma, Frida Kalho, Gabriela Mistral o Las Meninas-. Pintora, grabadora, parte del mítico Taller 99, Premio Nacional de Arte 2015, catalana exiliada primero en Francia y luego en Chile, pasajera del Winnipeg…A sus 96 años Bru es un compendio de historia de algunos de los acontecimientos más importantes del Siglo XX, una testigo de su tiempo, una artista conectada con el devenir social.


Amalá Saint Pierre, actriz y nieta de Bru, y Francisco Paco López, socios en el Colectivo Makina Dos, se lanzaron en la necesaria tarea de recoger la vida y obra de la artista mientras esté entre nosotros aún. Así, el año pasado publicaron el libro objeto “Bru o el exilio de la memoria”, y recientemente estrenaron el montaje homónimo, en cartelera hasta este domingo en GAM.
Se trata de una puesta en escena en clave de docu-teatro, que recorre parte de la vida de Roser Bru -principalmente sus exilios y el viaje en el Winnipeg- y revisa su pintura en relación con su biografía. Además, plantea un enigma: ¿qué pasó con el cuarto patchwork que la artista realizó para la UNCTAD III? Del cuarteto, que desapareció con el golpe de estado, solo fueron encontradas tres obras.
La puesta en escena, que tiene como base la extensa investigación realizada por Saint Pierre y López, es una síntesis de todo el caudal de vida y arte que es Bru. Es un homenaje, claro está, un regalo al público y una forma de mantener muestra memoria reciente.
Héctor Noguera está a cargo de la dirección y hace que la teatralidad fluya en medio de la gran cantidad de información que circula en escena, que podía convertir el escenario en una charla o en una disertación. Entonces, en escena están Amalá y Francisco, que de pronto son ellos mismos buscando en la vida de Bru, y otras son personajes, como un teórico que explica cómo funcionan la memoria y olvido, el compañero de tango de la pintora en el Winnipeg, una comerciante de arte, en fin.
En términos de puesta en escena hay un gran diálogo entre lo visual (hay proyecciones en el fondo), lo sonoro, la iluminación y los cuerpos. La fragmentación de uno de los cuadros de Roser para mostrar el por qué cada detalle en él, es cautivante y mucho más enriquecedor que una crítica de plástica. Conviven tres espacios (un mesita con dos sillas y café al lado izquierdo, una especie de escritorio al derecho y en el centro el vacío que permite ver las proyecciones) que se multiplican gracias a la inteligencia del urdido dramático. El cruce de Los Pirineos se muestra sintéticamente en imágenes, hay canciones, un baile y mucho diálogo.
Claro que hacer docu teatro tiene un gran problema: hay que ser actor y personaje a la vez, poniendo en juego lo que llamamos “verdad” escénica y representación. Amalá es la nieta de Roser Bru y Francisco es su amigo y partner ¿Debemos ver eso los espectadores? ¿O más bien lo que hay que ver es a dos personajes de ellos mismos?
Difícil cuestionamiento. Tal vez Lola Arias, directora argentina que maneja al revés y al derecho este tipo de lenguaje tenga una respuesta, y también Italo Gallardo, chileno que lo trabaja y actuó dirigido por Arias.
En el punto intérpretes de pronto había cierta incomodidad cuando la vi (el primer fin de semana) referente al cuestionamiento anterior. Amalá lucía su gran voz y se notaba más segura que Francisco cuando era ella misma, en cambio él se manejaba estupendo haciendo otros personajes. Y esto no es extraño, el docuteatro o el bio drama se trata de maneras difíciles de encarar una puesta en escena. Ser uno mismo, pero al mismo tiempo encarnar su versión escénica. Estoy segura de que el rodaje de la obra hará que los intérpretes encuentren – si es que no lo encontraron ya- el punto preciso para fluir sin tropiezo.
“Bru o el exilio de la memoria” se hace corta. El público queda con gana de saber más de Roser de su vida, de su obra, de su intimidad. También de sus dolores y facetas menos luminosas. Pero atención, una obra documental no puede abarcarlo todo de alguien o de una situación, simplemente porque la info se tragaría al teatro. Hay que escoger qué mostrar, decidir.
En ese sentido, la apuesta de Sain Pierre, López- y Noguera me parece inteligente, ya que toca lo íntimo, la creación artística y lo político sembrando de inquietudes al espectador, al que además captura con su ritmo y múltiples recursos. A eso se suma el rescate de la memoria reciente y de una creadora visionaria.
Seguro que Makina Dos encuentra otros formatos para seguir acercándose a Roser.

 

 

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