Santiago a Mil: un Pinocho oscuro y peligrosamente actual

Joël Pommerat es un maestro en releer cuentos de esos que nos contaban cuando niños, relevando su poderosa dimensión oscura y simbólica. Así sucede con su “Pinocchio”, un espectáculo más bien para jóvenes y adultos que para niños, donde el muñeco al que le crece la nariz se aleja considerablemente del tierno dibujado por Disney y se acerca a la fuente original: el crudo cuento que el italiano Carlo Collodi escribió a fines del siglo XIX. El muñeco de Pommerat padece de todos los defectos humanos, es cruel y mundano, por eso sufre y debe redimirse.
En esa lógica, la ambientación de la obra es absolutamente oscura,

sucede en medio de un negro total donde se iluminan los espacios de la acción. El vestuario de los personajes es negro o en tonos de gris, y Pinocho se aleja de ser tierno y querible, viste de oscuro y resalta su rostro pintado de blanco, su voz es fría, metálica, carente de sentimientos. Una voz exigente, jamás empática.
La pobreza marca la historia desde el principio, luego de que Geppetto lo tallara del tronco de un árbol. Apenas creado, Pinocho se da cuenta de que su padre es pobre: no hay comodidades ni comida rica, pasa frío, hambre. Y lo enfrenta con crudeza. El señor Loyal oficia de narrador, tan blanco como el muñeco y hablando a través de un micrófono. No aparece el famoso Pepe Grillo, sino que una aparición femenina que hace las veces de la conciencia.
Pinocho desobedece a su padre y al hada que le habla con ternura, una y otra vez. Lo guían la pereza (no quiere estudiar ni trabajar), la avaricia, el egoísmo. Entonces emprende un viaje pleno de malas experiencias, donde el mundo lo golpea y lo engaña. Pommerat recoge la trama de Collodi: casi lo matan unos bandidos por presumir de su riqueza, lo cuelgan del cuello otros que visten como los Ku Klux Kan, lo transforman en un burro de circo y luego se lo traga una ballena. Todo por dejarse tentar por el dinero, la vida fácil y la abundancia, pero sin trabajar para conseguir sus anhelos.
Así le sucede cuando dos bandidos ven que lleva dinero y lo convencen de enterrarlo para que brote “un árbol de billetes”, o cuando deja el colegio siguiendo al rebelde del curso un día antes de ser convertido en niño de carne y hueso por el hada madrina, para ir al paraíso de los niños (no escuela, no padres, no madres, no reglas) y resulta convertido en burro para actuar en un circo.
La modernización del cuento a través de los ojos de Pommerat no es total, ya que conserva sus ejes centrales y también su esencia. Solo cambian el cariz de los personajes, que visten chaquetas de cuero o usan lentes oscuros, las locaciones (el cabaret o el parque de diversiones son absolutamente actuales) y las circunstancias (Pinocho y su amigo se suben de polizones, colgando de un carro, lo que recuerda la inmigración, la trata de personas etc.).
“¿Podemos cambiar nuestra vida?”, Pregunta el narrador sin cargar de moral la pregunta, pero tiñendo sus palabras de frialdad y tal vez cinismo que vuelven la respuesta en una -para cada espectador.
A la atmósfera oscura y fría se suma la música -compuesta por Antonin Leymarie- con reminiscencias de una música popular antigua y festiva, que contrasta con el tono general al tiempo que lo subraya. Hay que destacar que solo cinco actores encarnan a la multiplicidad de personajes, en un ir y venir entre la verdad y la representación que captura a grandes y chicos.
“Pinochio” de Pommerat es un ejercicio crudo y contemporáneo que retoma los grandes temas que remecen a la humanidad desde siempre: la avaricia, la falta de compromiso con los demás, las ganas de obtener todo de manera fácil y sin esfuerzo. Pinocho no puede ser un niño real porque no ha superado esos vicios, así como los seres humanos vemos cómo se destruye la naturaleza -y el mundo- que nos rodea porque no podemos controlarlos. En fin. Somos de carne y hueso.


Coordenadas
Teatroamil.tv
Transmisión única en diferido el 30 de enero a las 21.00 horas
$7000