Santiago a Mil y los Motivadores Cruces de su Programación

Terminó el XXIV Festival Internacional Santiago a Mil y la sensación que queda es de haber participado en un encuentro que se perfiló sólidamente en lo conceptual, con líneas de acción que responde a la variedad de expresiones artística de diversos rincones del planeta. Así, su lema #sinfronteras estuvo representado en obras no sólo provenientes de países como República Democrática del Congo, Palestina, Senegal, Siria, Hungría, Líbano y Haití, sino también en diversidad estética y disciplinaria. El resultado fue un motivador cruce de texturas y materialidades, capaces de abrir puertas y generar fisuras en la

reflexión de los espectadores. Varios fueron los puntos altos. En teatro de sala, el director alemán Thomas Ostermeier y sus relecturas de la película “El Matrimonio de María Braun”, de Fassbinder, y “Un Enemigo del Pueblo”, de Ibsen, demostraron que es posible refrescar realizaciones muy vistas. Con diversos recursos escénicos en cada montaje, Ostermeier relevó temas como el poder del dinero en la sociedad en que vivimos, la traición y venta de los principios, y la falta absoluta de escrúpulos a la hora de obtener ganancias. Cuestiones re sabidas, pero que renuevan su impacto si las vemos sobre escena.
Otro montaje que impactó fue “An Iliada” (“Una Ilíada”), un ejercicio de buen teatro, simple y duro, lo que implica actuación de calidad, dirección sólida y recursos bien utilizados. Esta vez, la directora Lisa Peterson y el actor Denis O’Hare entregaron “La Ilíada”, de Homero, reducida a la narración de un solo hombre, una especie de juglar o hablador, encargado de repetir la historia de la guerra eternamente. La selección de tópicos se centra en el por qué la violencia enceguece a los hombres de todos los tiempos, con Héctor y Aquiles como los opuestos protagonistas. En escena está O’Hare solo, en medio de un escenario lleno de utilería en desuso. Un contrabajo sirve de contrapunto.
En la línea del docu-teatro, la argentina Lola Arias tocó la fibra del espectador más rudo con su obra “Campo Minado”, protagonizada por 6 veteranos de la Guerra de las Malvinas. En escena, 3 argentinos y 3 ingleses abrieron el caudal de sus recuerdos, desnudando de paso su intimidad emocional. A través de documentos como cartas, objetos, fotos y recortes de diario, entre otros, y los testimonios precisos y narrados sin emotividad, Arias consigue completar la otra historia de la guerra. Aquella de los participantes comunes y corrientes, de los jóvenes que nada sabían del horror de la muerte, de los que vivieron un infierno y regresaron a su país sin pena ni gloria.
Al otro polo, el de la multidisciplina, está “Nufonia Must Fall”, teatralización de la novela gráfica homónima del DJ canadiense Kid Koala, dirigida por K.K. Barrett. Los protagonistas son un robot obsoleto que se enamora de una humana experta en robótica, representados por muñecos cuya acción se filma en vivo, en alrededor de 20 mini sets, para proyectarse en una pantalla gigante. La narración es en blanco y negro y se toma todo el tiempo del mundo, a lo que se suma la música en vivo que da nuevas dimensiones -y estímulos- a lo que el público observa. Una obra subversiva, que hace que el espectador se detenga, frene su ansiedad por la rapidez y la multimedia, y se concentre en una historia sencilla, que, por supuesto, es un golpe bajo a nuestra sociedad centrada en la eficiencia y la rapidez.
También hubo buenas propuestas como la delirante comedia negra “Tarascones”, de Argentina; “Cartas de Chimbote”, de Yuyachkani, emblemático grupo peruano y la versión mexicana de “Las Analfabetas”, dirigida por Paly García.
La programación de danza fue relevante este festival.  La bailaora Rocío Molina demostró que ella es, definitivamente, tan flamenca como provocadora y contemporánea. En “Danzaora y Vinática” se ve como su danza transita desde el flamenco tradicional hasta su deconstrucción, sin dejar de ser, ni por un momento, absolutamente flamenca. Además, su performance es tan intensa que Molina parece poseída de pies a cabeza. Por eso conmueve, por eso remece, pese a la sencillez de su puesta en escena. Un momento inolvidable.
Esta versión del festival recibió al coreógrafo albano-francés Angelin Preljocaj y su versión, creada en 2008, para el cuento de “Blancanieves”. En esta pieza, de puesta en escena de carácter operático para 24 danzantes, el aplaudido coreógrafo abandona la abstracción para asumir una narración convencional y dar forma a un ballet contemporáneo, que recuerda a otros como “Romeo y Julieta” por su romanticismo e intensidad dramática, subrayados por la partitura de Gustav Mahler. A través de una lectura personal que opta por la narración limpia, desprovista de emoción melodramática, los símbolos son leídos con claridad por lo espectadores, que se sienten tocados por las sombras del inconsciente que mueven la trama.
Y al final llegó a la cartelera “Speak Love If you Speak Love, del belga Wim Vandekeybus, danza contemporánea actual, energética, con bailarines dotados y un imaginario que recuerda a Jan Fabre, el artista con que trabajó en sus comienzos. Se trata de una pieza provocadora, que recorre la pasión amorosa y toca temas como la culpa provocada por la religión, la conquista, la violencia hacia la mujer, la fémina araña que usa a los hombres, con mucho humor e imágenes poderosas.
También estuvo “Sutra”, con los monjes Shaolín y la coreografía del albano-francés Sidi Larbi Cherkaoui, la escenografía del escultor inglés Antony Gormley, la música en vivo del polaco Szymon Brzóskay. Enfrentamiento Oriente-Occidente y estilización del kung fu. Importantes aportes fueron la presencia de Germaine Acogny, maestra de danza proveniente de Senegal, y Faustin Linyekula, del Congo. Ambos danzaron su historia personal y la de su país.
Un buen festival, del que nunca se puede disfrutar todo y que en términos escénicos y conceptuales superó todas las expectativas, fruto de una curatoría con gran altura de miras.