Las Palabras También Bailan

Por Carla Romero
creadora e intérprete de teatro y danza

¿Bailemos?
Ya pero despacito
Tú me dices y yo no digo nada
yo te digo, te digo, te vuelvo a decir
y seguro que ahí
ya se armó el baile
quedémonos en los ritmos
pero nunca se sabe qué percusión seguir
la del corazón
si supiéramos de dónde viene
la de la vena del cuello
parece que es la misma que la del corazón
y otra vez

voy
y cansa
porque el ritmo sacado de las ideas
cansa
a veces
marca el paso
blabla así
bla
blabla
llego al trance electropop de la danza contemporánea hablada
así no más
sin que se me mueva un pelo
pero no tienen idea
los sesos son intratables bailando
y así
la palabra
aparece como carne líquida de mi voz
la palabra
y chuta digo
eso vendría siendo como sangre
no, no necesariamente
no, no precisamente, y aparece como cuerpo de las ideas, como pensamiento resucitado y con tanta mala fama que le han hecho en los últimos años, será porque con la palabra nos acordamos de la palabra de Dios y pensamos que todo es la misma cosa, aunque no tengan mucho que ver y pensamos que está muy, muy muerta, muy, muy dicha y que más encima, no se le puede llevar la contra. ¿Puede ser? Pero cada vez que la veo, porque se puede ver, en la voz de los cuerpos en escena, me pregunto cómo es posible tanto movimiento, y yo no lo pueda percibir, y me fijo bien y ahí sí. Y veo que en cada cuerpo sus órganos se están organizando, para decir diciéndolo no más, así no más. Y me digo: la palabra como cuerpo del teatro, como confesionario de las cavernas del cuerpo. Y sí, también puede ser, ¿por qué no?
La palabra incansable pone en evidencia lo sensible, lo que permite ser escuchado entre el ruido, al decir me hago único frente a un otro. Mi voz diciendo es única frente a otros. Todos escuchan, el que la dice, el que la recibe, o el que va pasando de pura casualidad, de uno en uno o de uno en muchos, para todos a la vez, bien coordinados, como bailando, sin tener la posibilidad de clausurar los oídos. La palabra dicha no jerarquiza a quien la escucha, no tiene posibilidad de eso, sale no más, por eso a veces molesta, porque despierta. No es contemplativa como la mirada, no nos convierte en observadores como la imagen, y que quede muy claro: no es la hegemonía de una sobre la otra sino el tramado imperfecto de una entre la otra, para que sin darnos cuenta la palabra recurra a nuestra memoria, a nuestra conciencia y construya la posibilidad de un existir común, aunque sea por un rato, aunque sea de trozos, en partes, uno escuchó el final y el otro un pedazo de la primera parte, y lo de al medio... bueno, eso se interpreta. Es así como me gusta y me gusta contarme el cuento de un posible común entre todos, me gusta que nos entendamos así entre todos, no todos juntos, sino entre, no es lo mismo, porque la palabra dicha define, diferencia, permite sutilezas, da nombre a lo anónimo, y lo que es nombrado aparece ante la multitud queramos o no, y si nos descuidamos rápidamente se agrupan muchos cuerpos en una palabra y pasan a ser una ola de tsunami que te moja, te arrastra hacia dentro del mar entero. La palabra juzgada, azotada en la escena moderna o no tan moderna, es acusada de aplicar un poder unilateral de sentido. Lo único que puedo decir ante estos rumores es que en una de esas la imagen nos cautivó demasiado y se nos volvió cómoda, placentera, estuvimos muchos años guardando silencio, tratando de dar sentido a la existencia de alguna forma y ahí la imagen nos proporcionó lo que necesitábamos: un sentido individual e indispensable en días de horror donde se nos negaba la colectividad y quizás sin darnos cuenta sobrevaloramos la mirada, la capacidad de observar y sacar nuestras propias conclusiones, lo que es maravilloso, hermoso, pero que a veces huele a... bueno... a lo que quieras, y queda ahí enclaustrado cuando no la puedes compartir con nadie.
Ahora me pregunto... todo esto que he escrito ¿no tendrá relación con mi adolescente búsqueda de sentido, de pertenencia? Probablemente sí, también, puede ser, aunque ya no estoy en edad para eso. Es evidente que la palabra crea sentido pero no siempre, a veces nos hace perder el sentido.
Por último es en el teatro donde nos ponemos democráticamente de acuerdo, bilateralmente entre los intérpretes y el espectador para escuchar los fantasmas de todos, las memorias y los secretos de todos y no me digan que no es rico decir los secretos y que muchos te escuchen, y que más encima te des cuenta que todos tienen muchos secretos parecidos a los tuyos, y chuta, si no eres muy egocéntrico, así de la nada empezamos a empatizar, como se dice, con un otro, a reconocernos en otro, a interpretar los procesos de un otro cuerpo, y en una de esas, de la vida entera. Y sientes que formas parte de un algo y más encima la palabra dicha despeja el cuerpo, le da aire, me deja respirar, así con puras respiraciones, son como un viento interno.