"La Expulsión de los Jesuitas" en la Mirada de un Jesuita

P. Rubén Morgado, sj
Dirección Teatral Master Mise en mise en scène et dramaturgie Paris-Ouest, Nanterre
Pedagógo teatral UC

Hago este comentario en mi doble calidad de hombre de teatro y de jesuita. “La Expulsión de los Jesuitas” es uno de los mejores espectáculos a los cuales he asistido en el último tiempo.  En efecto, veo una investigación seria tanto histórica como de lenguaje teatral, comparable a montajes tan connotados como la obra alemana “Ciudad Edipo”, del Berliner Ensemble. Reconociendo las innegables diferencias de lenguaje.
Desde una perspectiva técnica de la puesta en escena, la planta de movimiento y el equilibrio del espacio son muy cuidados. Lo cual da cuenta de un trabajo casi pictórico en cada cuadro.

Esto provoca imágenes muy eficaces. Solo por mencionar dos recursos, la notables utilización de los velos y la creación de una cárcel gracias a las cuerdas del arpa.
La música –como es una característica de Tryo Teatro Banda- es un apoyo de acción imprescindible, pues precisamente está fusionado con la interpretación actoral. Sin olvidar la calidad técnica de la ejecución de los instrumentos.
 Novarina dice que de lo que no se habla es necesario hablar en el teatro, esta obra habla de historia en un país que transita su pasado de olvido en olvido y de dislexia en dislexia. ¿Cómo mostrar esta torpeza nacional? La elección de una género literario, es en sí mismo una opción artística, siempre discutible, pero a mi juicio defendible en este caso. El bufón ríe porque ya no le quedan lágrimas que llorar. Por tanto, el desparpajo de la risa que raya en la desesperanza (de aquel ser que escupe a los dioses con su risa), no es precisamente el tono justo para dar cuenta de la situación profundamente dramática de la expulsión de los jesuitas. En efecto, Harpagón no es un personaje cómico es muy trágico, nos hace reír a nosotros pero para interpretar el personaje el actor debe sufrir en escena por su apego desmedido al dinero sin eso se trata de un humor soso y sin sustancia. En mi caso – como jesuita– el final es tristísimo hay una pesadez que explota en cargada, la obra me deja una sensación de inacabamiento y despojo hondos, un detalle muy fuerte es que el jesuita no puede llevar su cruz de los votos ni su Biblia, el detalle no es menor, porque en teoría hasta el día de hoy son las únicas dos cosas que un jesuita puede reclamar como suyas. La verdad es que para un jesuita, el no poder ni siquiera recoger esa cruz es un hecho de una violencia inaudita. 
La dramaturgia, tanto en el texto como en el parto difícil que implica llevarlo a la escena, logra ser pertinente (relevant). La obra habla de Chile. De nuestro Chile, el actual, cuánto del colonialismo español no se pronuncia hoy en inglés todavía. Lo mismo que esa desvinculación de lo indígena al patio trasero con un deseo enorme de los criollos por ser aquello que no somos y negar nuestros orígenes. Y cuánto de la viveza indígena no está en la insolente resistencia que todavía pertinazmente resiste. Me parecen todas preguntas que puestas sin interrogaciones devienen en afirmaciones de nuestro modo de vivir, nuestro país de la estrella solitaria. No deja de ser impresionante  y cabe destacarlo que se hace cargo de nuestra condición de país bilingüe (y porque no multilingüe), cosa que no es evidente.
Respecto a la parte de la expulsión ordenada por el Rey, con forma de mujer/virgen de santuario, pero también de la madre patria, que hace las veces de rey, es una figura muy connotada. La frase "por razones que guardo en mi real pecho", que bien pudieron ser mi real bolsillo o mis reales arcas, es bastante fuerte y fiel a la historia. La obra no es ingenua, pues lee arbitrariedad, pero repercute en hipótesis de tipo político y económico. Así la expulsión de los jesuitas de sus reinos devienen más bien lógicas y predecibles como bien lo muestra la obra.
En suma, como jesuita, la obra me pareció fiel a la historia y, sobre todo, capaz de mostrar los pequeños riachuelos que nutren el cauce de la historia y sus dramas. Esto último siempre más difícil de hacer ver que la lectura primera del “había una vez...”. Con todo creo que la obra se queda en un solo cliché al inicio, cuando describe a san Ignacio de Loyola como un soldado. Sí peleó, pero fue más bien un cortesano  (un político), lo que aparece claramente en sus escritos maduros como las constituciones de la Compañía y en la  creativa manera de distribuir el poder al interior de la orden. Sacando eso me pareció excelente tanto a nivel teatral y como de investigación. Y me hizo sentir un poco de deseos de volver a esa edad de osadía de la compañía.
Por todo esto, me sorprendió tanto la crítica tan de señor fruncido de Augustín Letelier –aparecida en el cuerpo E del Mercurio del domingo pasado-. Como jesuitas, el sentido del humor nos resulta necesario, precisamente como hombres pecadores y sin embargo, llamados a la misión de Cristo,  tomarnos tan en serio es indispensable, necesitamos algo del bufón para acoger los horrores de la vida. Además, me parece que entre tanto humor anticlerical ácido, ver un humor en el cual la carcajada es abierta y honesta, por lo menos para mí como religioso fue un bálsamo, pues no sentí el menor dejo de falta de respeto, antes bien una risueña comprensión del sentido del misterio.