Gala de Coreógrafos: una Noche de Desafíos

La Gala de Coreógrafos del Teatro Municipal es un espacio que  no sólo sirve para darnos a conocer el trabajo de coreógrafos e intérpretes internacionales, sino que también es el momento en que el Ballet de Santiago se pone a prueba y, con o sin zapatillas de punta,  experimenta con otros lenguajes.
Esta vez, la gala fue extensa y variada, con un cuarteto de coreógrafos latinoamericanos  que mostró nuevas obras (Jaime Pinto, Eduardo Yedro, Demis Volpi e Isabel CRoxatto) y compartieron escenario con  creaciones de John Neumeier, Itzik Galili y el incomparable Maurice Béjart. También estuvo invitado el

Ballet Nacional Chileno, Banch,con su director Mathieu Guilhaumon. Del Ballet de Stuttgart, además, vinieron tres extraordinarios intérpretes.
Lo más atractivo de la noche corrió por cuenta de Isabel Croxatto. La coreógrafa realizó una ardua investigación sobre "La Siesta del Fauno", estrenada en 1912 por Nijinsky, como parte de su trabajo e interés en los orígenes de la danza y su transmisión de generación en generación. Así, inspirada en los entonces revolucionarios movimientos de Nijinsky (como frisos), Croxatto crea un lenguaje teñido de pasado y abierto a la contemporaneidad. Su pieza es un trabajo multitudinario, con 33 intérpretes en escena, que trabajan repeticiones, réplicas y seguidillas de movimientos. Es posible ver una masa de seres clonados, que de a poco empiezan a manifestar su individualidad y sensualidad.  A esta impresión colabora el vestuario negro (short, polera y una especie de máscara en la cara), que cae en el instante en que los bailarines empiezan a aparecer de entre la masa.
Entonces vemos sus cuerpos y su rostro, distinguiéndose uno de otro. La sensualidad está en esa ropa que cae y también en la proximidad de uno con el otro. A eso se suman sus voces, repitiendo frases escritas por Debussy en la partitura, tales como “más despacio”  o  “hasta el final del movimiento”, texturizadas por el compositor Marcello Martínez en un erótico susurro. El diseño espacial, de Cristián Reyes, es despojado y a la vez sugerente, juega con luces y sombras y finalmente instala una especie de dleicadas cortinas por donde cruzan estos faunos y ninfas. Al final aparece “el” fauno, interpretado por José Manuel Ghiso, quien toma las ropas desparramadas en el suelo y las huele con placer.
Un gran desafío para Isabel Croxatto y el Ballet de Santiago,  que se concreta en una pieza contemporánea, reflexiva y atractiva, donde los bailarines se permiten explorar en áreas de la interpretación que indagan en la sensualidad y el eros.
Otra pieza que dejó huellas fue "Composición Coreográfica" de Demis Volpi. En esta obra el argentino muestra un uso del simbolismo muy atractivo, que recuerda la construcción de mundos de ciertas obras de Jiri Kylian. Estructurada en escenas, la pieza muestra un mundo inquietante y una danza donde las líneas académicas se quebraban hasta rozar el contemporáneo. Personajes inquietantes pueblan la escena de Volpi: dos hombres con pelucas negras enormes, bailando una especie de tango; cinco bailarines de espaldas al público, luciendo una trenza enorme (la magia del escenario hace creer que son mujeres, pero la verdad sólo una es bailarina); una pareja en puntas que representa a un ser humano y su sombra (toda de negro hasta las zapatillas de puntas); un hombre (nada menos que Luis Ortigoza) con una falda de cabello que cruzaba el escenario con aspecto desorientado; una mujer con pelo largo hasta el suelo, que aparecía y desaparecía. El único comentario desfavorable tiene que ver con el grito que al final lanza esta aparición, no era necesario.
Otro chileno presente fue Jaime Pinto. De larga trayectoria, este creador presentó “Trazos”, interpretada por los jóvenes y talentosos Sebastián Vinet y Romina Contreras, integrantes del Ballet de Santiago. La pieza, con música de Claude Debussy, es una composición abstracta donde destacan la pureza de los movimientos y las líneas, junto con algunos atractivos quiebres. Muy buena interpretación de Vinet y Concha, quienes se ven seguros, precisos y cómplices.
Las visitas de Sttutgart cumplieron a cabalidad y entregaron los otros momentos altos de la velada. Alicia Amatriain y Jason Reilly mostraron dos piezas donde se lucieron a nivel de virtuosismo técnico, manejo de energía y también sensibilidad interpretativa. “Mono Liso”, del israelí Itzik Galili, es un dúo fresco y rupturista, que se sitúa en un espacio de juego y diálogo entre los bailarines. Con gran desparpajo escénico ellos enfrentan esta pieza, que parte con las luces del escenario casi tocando el piso y usa una música que recuerda el sonido de las máquinas de escribir. Pese a que ella lleva puntas, su intención es absolutamente lúdica y su intención rebelde.
El otro dúo que presentaron Amatriain y Reilly fue el pas des deux de Othello, de John Neumeier. De carácter diferente a la pieza anterior, acá los integrantes del Ballet de Sttutgart se lucen con la sintonía en los detalles y la sutiliza de los movimientos. Ella teatraliza el sufrimiento de Desdémona y su presentimiento de la muerte queda claro en el último momento de la pieza, cuando las manos de él la sostienen por el cuello.
El final fue en grande, con “Bolero”, de Maurice Béjart. Esta vez, el protagonista fue el formidable intérprete Friedmann Vogel, del Ballet de Sttutgart, quien danzó hasta lograr el éxtasis a través de la repetición de los movimientos y el aumento de la intensidad. Muy bien acompañado por los varones del Ballet de Santiago, esta versión pero llevó al público a aplaudir a rabiar.

 

 forografías: Patricio Melo