La Ritualidad de una Obra Exigente

I’ am Mapuche” es un trabajo del artista samoano Lemi Ponifasio, que se ubica en las fronteras de la danza y la instalación. Con el cuerpo como objeto de sacrificio y portador de la esencia del discurso, Ponifasio convierte el escenario en un enorme y oscuro espacio metafórico donde dos culturas ancestrales, la maorí y la mapuche, dialogan entre sí y con los espectadores, entregando una reflexión  sobre sufrimiento, ritualidad, fuerza y también marginación. Lo interesante es que lo originario está fundido con una visualidad altamente tecnológica, lo que habla, además, de una de las disyuntivas de los mapuches actuales y de todos los

que pertenecen a una cultura ancestral: cómo sigo siendo mapuche (maorí, aymara, pascuense, esquimal etc) en medio de un mundo tecnologizado y  globalizado que pareciera diluir lo particular.
No se trata, hay que tenerlo claro, de una representación de lo mapuche o lo maorí, sino de una visión estilizada y conceptual proveniente de Ponifasio y su manera de apropiarse y transmitir lo originario.
Doce intérpretes de origen mapuche (bailarines, tejedoras, diseñadores, actores) y siete de la compañía MAU, de Ponifasio, exigen a los espectadores dejar de lado el vértigo y las expectativas con que carga siempre frente a un espectáculo (entretención, acción, comprensión instantánea) para sumergirse en otro ritmo, lento y ritual, y otro espacio.
Un agradable olor a bosque recibe al espectador, llevándolo a la vegetación sureña. Luego, la obra se abre con el estribillo del himno nacional chileno, lo que nos sitúa inmediatamente en una realidad política insoslayable: expropiación de tierras, discriminación, acciones reivindicativas.
Un orador maorí hace una potente invocación-plegaria dirigida a sus ancestros, mientras, desde el fondo de la sala, hacen su aparición los mapuches junto con el sonido de la trutruca en forma de espiral. Vestidos de negro íntegramente, cada uno cuenta su historia de vida. Tres o cuatro se escuchan claramente, y luego las otras se repiten en un coro polifónico. Este recurso, muy manido, es uno de los cuadros menos logrados de la pieza, ya que no carga con el sentido metafórico de las otras escenas. Es explícito y hasta gráfico.
Luego de esta presentación, las escenas se suceden en una atmósfera oscura donde el negro reina. No se trata de un recorrido lineal o de narración clara, sino de una seguidilla de potentes imágenes que apuntan a la percepción más que a la comprensión racional.  Los maorís y su tradicional danza naunau, donde los pies se mueven rápidamente junto con las manos, en tanto el resto del cuerpo está quieto, se alternan con algunas danzas mapuches como un purrun de mujeres y el baile de un hombre en solitario.
La presencia de la mujer mapuche, cabeza de su sociedad matriarcal, permea todo el trabajo. Ella protagoniza el impactante cuadro de I’am Ofelia, alusivo a la fiereza de las líderes femeninas, donde una intérprete vestida de blanco termina con un fusil en los brazos mientras le escupen sangre al mismo tiempo que el entregan una flor blanca. En la danza de mujeres, un grupo de mapuches danza en tanto en el fondo del escenario aparece un texto con letra manuscrita. Antes, una voz femenina habló de que Chile es un país de huachos mientras surgían las letras y una espalda de mujer desnuda se asomaba en lo más alto del escenario.
Otra imagen potente es la del hombre maorí que aparece semidesnudo, mostrando sus tatuajes, para luego caer de espaldas con los brazos abiertos como un Cristo indígena al que otro hombre le lanza huevos, lo que sugiere sacrificio, discriminación, persecusión. Cascadas lumínicas hacen que la escena adquiera un tono mágico.
“I am Mapuche” es una obra llega de símbolos que recoge lo esencial de lo mapuche y lo maorí (el sentido del tiempo y la apropiación del espacio, por ejemplo) y lo entrega, estilizado, a través de un dispositivo tecnológico. De casi dos horas de duración,  hay varias escenas que podrían no estar para resaltar aún más los momentos de gran fuerza simbólica que incluye. Se echa de menos la figura de la ñaña en escena, y también alguna alusión a la machi, su cultrún y su árbol sagrado.
 Sobre la participación del elenco mapuche, a varios les faltó proyectar mejor la energía en el escenario, lo que se notó en sus  débiles caminatas y falta de proyección vocal.
Pese a lo anterior, “I am Mapuche” es una obra ambiciosa y necesaria, que sumerge al espectador en un terreno incómodo tanto en formato como en temática. El cruce interdisciplinario e intercultural de Ponifasio es interesante y de profundas significaciones que el público debe descubrir.

 

 

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Centro de las Artes 660
Hoy 21 horas