Un Ritual de los Orígenes

En el Centro de las Artes 660 se presentó, en el marco de Santiago a Mil, una obra de compleja lectura, mezcla de danza-instalación, danza-conceptual, danza-teatro. De larga duración, si pensamos en una hora cuarenta y cinco minutos de cuadros intercalados, entre lo mapuche y el lenguaje maorí propio de su coreógrafo, más discursos en lengua mapudungun, español, maorí e indonesio.
“I am Mapuche”, del coreógrafo samoano Lemi Ponifasio nace de la propuesta de Carmen Romero, directora del festival, interesada en que Ponifasio cree una obra dedicada a Chile.
El artista toma el mundo mapuche de un encuentro

con las protestas generadas por las reivindicaciones de este pueblo, demandas que nacen de  esa tierra que por quinientos años ha sido ocupada por los extraños que ocuparon sus dominios y los arrinconaron en pequeñas comunidades. Aclaro este punto, ya que esta obra esta contada en el lenguaje de Ponifasio pero ha nacido de la residencia artística en comunidades mapuches de la zona de Temuco, y son aquellas voces las que cuentan de sus penas, destierros, menosprecios, soledades y voces silenciadas.
Los cuadros son lentos pero eso no es negativo, sino más bien todo lo contrario. Se trata de una bella apuesta escénica, que nos sumerge en un ritual que apunta a que el espectador razone y se sumerja en el mundo de los protagonistas. En la obra de Ponifasio no se puede ser sólo un espectador pasivo pues nos obliga al cuestionamiento y empatía con los protagonistas, ya que es la única manera de comprender la cosmovisión de los intérpretes, cargadas de metáforas y signos.
La  escenografía, desde un inicio y durante gran parte de la obra, es un gran muro de color negro ubicado diagonalmente, dejando sólo un pasillo entre el público y dicha estructura que cubre gran parte de la caja del escenario, para luego subir y mostrarnos una gran explanada a  más de tres metros de altura al fondo de la escena y caer en una gran diagonal al público.
Helen Todd, creadora de la iluminación, entrega un trabajo minimalista, con luz blanca y simple, que contrasta con las proyecciones imponentes que cubren toda la caja escénica, como si quisieran arrancar de ella e inundarnos de esas imágenes. Especialmente  imponentes resultan las proyecciones del agua corriendo desde lo alto en dirección al público casi al final de la obra. La utilización de la luz estroboscópica es otro de los recursos, donde las sombras generadas hablan de presencias ancestrales.
El sonido a cargo de su director de sonido, Sebastian Sckottke, resulta envolvente; el vestuario a cargo de Kasia Pol, sencillo, con faldas, blusas o pantalones de color negro, que acentúan que lo importante de la obra no está en el escenario sino más bien en el aire. El único vestuario diferente es una túnica color blanco, en el cuadro, Yo soy Ofelia, donde ella deja entrever su cuerpo por la trasparencia de esta tela y, sentada en una silla con fusil en mano, es escupida con sangre.
La obra la componen 12 integrantes nacionales de origen mapuche, entre bailarines, actores y personajes de claro desconocimiento escénico, pero reales en la trama, y 7 integrantes de la compañía MAU, integrantes de gran fuerza en escena.
En definitiva, una bellísima obra, seductora si te dejas seducir por el lenguaje y propuesta del creador en su obra-rito, donde no habla sólo el mapuche, sino  cada comunidad que ha sido desplazada por culpa de modernidad. “I am Mapuche” es una obra aplicable a cada pueblo que ha sido vulnerado. “I am Mapuche” es un ritual de los orígenes mismos.