"Plexus": Impresionante y Profundo Espectáculo

La  gran expectación generada por “Plexus”, el retrato escénico que el artista Aurélien Brody hizo de la bailarina japonesa Kaori Ito, afortunadamente se concretó con creces en el escenario principal de Matucana 100. Si bien la pieza ha sido llamada teatro visual u óptico, es la fisicalidad de la intérprete lo que define su esencia, por lo que preferiría hablar de cruce de lenguajes entre danza, teatro y visualidad.
Kaori Ito aparece en escena ante una cortina negra, lleva una especie de enagua corta y un short negro  y, al tiempo que mueve el cuerpo disociando sus partes, con la ayuda de un artilugio que

traslada por su anatomía el público puede escuchar el latido de su corazón, su respiración y hasta sus contracciones. Luego de ese prólogo, la bailarina cruza la cortina y se sumerge en un bosque formado por 2000 hilos de alambre tensados. Kaori lleva vestido negro y el pelo recogido, austera como una sacerdotisa. Se mueve, prueba las posibilidades que le deja su prisión de metal, usa los hilos para apoyarse, para rebotar, para lograr poses increíbles.
Su dominio corporal le permite viajar por los hilos, levantando piernas y brazos, luchando a veces contra los obstáculos de su prisión de cables, y otras dejándose llevar. Desde el comienzo, la iluminación –diseñada por Arno Veyrat- es un verdadero partner de la bailarina, que la sumerge en la oscuridad o la rescata, creando increíble efectos.
La intérprete evoluciona durante toda la obra. Se saca el vestido para desplazarse entre los hilos con su pálida piel en contraste con la oscuridad reinante, juega con una tela negra y crea un espira, otra tela, también negra, baja desde el techo para flotar en medio de los hilos tensados.
Finalmente, Kaori aparece colgando del techo de su prisión con un buzo negro quela hace parecer una astronauta. Flota, sube por los hilos. Baja, y vuelve a subir.
Brody retrató un viaje lleno de obstáculos que modifican la danza contenida y expresiva de Kaori, lo que bien puede ser una metáfora de su vida, ya que abandonó Japón a los 18 años para viajar a Estados Unidos y luego a Europa. Hay emocionalidad y vísceras en escena, donde asoma la oscuridad y el riesgo a cada paso. Por supuesto hay mucho de rito oriental, de conexión con lo trascendente y los antiguos. Detrás de la belleza de las imágenes, se lee la desazón, la inquietud existencial, las sombras que asechan.
“Plexus” es una creación redonda. Apabullante técnicamente y, al mismo tiempo, pavorosamente humana.