"Dos Veces Bach": un Feliz Ensemble

En el último estreno del BANCH, titulado “Dos veces Bach”, Mathieu Guilhaumon, director artístico de la compañía universitaria, demostró una innegable capacidad de estructurar un espectáculo donde la música es tan protagonista como la danza. Convocó al músico chileno Sebastián Errázuriz, autor de la ópera “Viento Blanco”, para hacer su propia lectura de "Las Variaciones de Goldberg" y mezcló en escena a Bach con Errázuriz, llevando además a cuatro músicos a escena. Y, como gran detalle, invitó a un cuarteto de bailarines del Ballet de Santiago a compartir con el elenco. Estructurado en cuadros, la pieza se desarrolla combinando 

la danza contemporánea con el neoclásico, en puntas, así como las “Variaciones de Goldberg” (se usaron seis) con la relectura actual de Errázuriz, en una feliz combinación.
Primero estuvo el pianista, Luis Alberto Latorre, en escena. Y, desde el comienzo, Errázuriz mostró gran facilidad para convertirse en personaje, moviéndose sobre el escenario con carisma y desenvoltura, marcando puntos de inflexión en el desarrollo del espectáculo.
A nivel coreográfico, se trata de un muy bien ensamblado viaje por cuadros, donde lo grupal se combina con dúos, tríos y cuartetos, sin tener estallidos de energía  puntos que pudieran señalarse comolos más alto. Esto último da por resultado un continuo de imágenes y exige que la atención del público entre en ese continuo.
La obra se inicia con una presentación grupal, especie de prólogo que luego se desgrana en cuatro danzas de parejas seguidas, donde muy atractivas resultan las que mezclan bailarines del BANCH y del Ballet Santiago: Valentín Keller y Romina Contreras, Nicolás Barrueta y Ethana Escalona. La elegancia y pureza de las líneas de ellas, cultivadas con la disciplina del ballet clásico, convive a la perfección con la energía contemporánea de ellos, en un ensamble que se disfruta.
Entonces aparecen las zapatillas de puntas en los pies de las integrantes del Ballet de Santiago, y luego llegan las cuerdas (violín, viola y violonchelo) a cargo de Miguel Ángel Muñoz, Claudio Gutiérrez y Juan Goic, con los pies desnudos y los pantalones recogidos en las pantorrillas. El sonido de las cuerdas convive con la delicadeza de los movimientos de las intérpretes, que llegan a ser ocho con zapatillas de puntas. Lo contemporáneo se sucede a lo neoclásico, y ambas formas son resueltas con energía y técnica.
Con sabiduría, Guilhaumon vuelve al grupo al final, para cerrar con todos los bailarines en el escenario.
Entre escena y escena, la reconocible figura del bailarín Rodrigo Opazo anuncia de qué número de Variación de Goldberg se trata y, cuando la música es de Errázuriz, la cifra juega con el humor. Opazo pone en juego su teatralidad y su figura, usando incluso zapatillas de puntas en sus intervenciones. También destacan Cynthia Ocampos y Vanessa Turelli, así como el humor que plasma a sus intervenciones Gema Contreras. De los bailarines invitados ve se ven más ellas que ellos (Agustín Cañulef y Gabriel Bucher), pero la verdad es que todos cumplieron con creces.
El vestuario, de Carolina Vargas, apropiado y juvenil, con una itersante paleta de colores; la iluminación, de Andrés Poirot, es funcional y colabora con el sentido e sucesión continua.