Alessandra Ferri y su Íntimo Debut en el T del Lago

El fin de semana pasado, más precisamente el sábado 19, por fin danzó en Chile una de las mejores bailarinas de todos los tiempos: Alessandra Ferri. A sus 53 años, lució tal y como cuando deslumbró al mundo con su Giselle y su Julieta, más de dos décadas atrás. La artista llegó al escenario del Teatro del Lago - que este año presentó a otra grande, Marianela Núñez- con el programa “Trío Concertdance”, compuesto por dos solos y cuatro dúos, más las composiciones que el pianista Bruce Levingston, quien acompañó también la danza, tocó en solitario entre pieza y pieza. El partner de Ferri fue Herman Cornejo,

primera figura del American Ballet Theatre (ABT) que la acompaña en escena desde que regresó de su retiro (2007-2013).
Lo que vimos los que tuvimos la suerte de estar en el teatro de Frutillar ese día, fue un despliegue de sensibilidad y danza íntima, de esa que privilegia más el trasfondo y la emoción por sobre el vituosismo técnico, que Ferri y Cornejo tienen de sobra. Ellos interpretaron coreografías creadas para ellos, especialmente, por renombrados creadores de la danza actual como Demis Volpi, Stanton Welch, Fang-Yi Sheu y Russell Maliphant. A las que se sumaron la creación propia de Cornejo en su solo “Momentum”, y el cierre a cargo de la pieza de Angelin Prelojcaj, “Pas de Deux de le Parc”.
Las creaciones caminan desde el neoclásico, con la bailarina en zapatillas de puntas mostrando sus dotados empeines, hasta la danza más actual, a pie descalzo y con el privilegio de movimientos orgánicos y decidores, como el giro de Cornejo con Ferri colgando del cuello en un celebrado beso.
El recorrido realizado por el trío se relaciona con diversas estampas de las relaciones de pareja, desde la oscuridad propuesta en “Entwine” (con música de Philip Glass), con una sugerente iluminación, hasta las caras del encuentro retratadas en “Pavane”, de Welch, y “Pas de Deux de le Parc”, de Preljocaj.
Un momento especial fue el solo “Senza Tempo”, donde Alessandra Ferri demostró que una gran bailarina como ella no necesita de grandes despliegues técnicos. En esta composición, firmada por Fang-Yi Sheu, la bailarina se entrega al minimalismo y deja claro que su cuerpo es un instrumento de comunicación, no importa cómo se mueva. Sin zapatillas, aparece en el escenario en una lenta caminata en quinta posición, con una iluminación impresionante. Luego, Ferri mueve las caderas, brazos y piernas con sutileza y encanto, para termina en un amplio port de bras con los ojos al cielo.
Delicado, pequeño, especial. Un lujo que sólo una gran intérprete puede permitirse.
De forma opuesta, el solo de Herman Cornejo fue lo más débil en términos de coreografía, seguramente porque al ser de creación propia no consiguió distanciarse y explorar aspectos interpretativos menos obvios que los que mostró.
Hay que decir, además, que el piano de Levingstone consiguió danzar junto a los bailarines, y que la comunicación entre los tres es palpable desde las últimas filas del teatro.

 

 

fotografía de Roberto Ricci