Stgo a Mil: Rocío Molina, tan Flamenca como Actual

Rocío Molina es, definitivamente, tan flamenca como provocadora y contemporánea. En “Danzaora y Vinática”, en cartelera hasta mañana en el Teatro Oriente como parte de Santiago a Mil, se ve como su danza transita desde el flamenco tradicional hasta su deconstrucción, sin dejar de ser, ni por un momento, absolutamente flamenca. Además, su performance es tan intensa que Molina parece poseída de pies a cabeza. Por eso conmueve, por eso remece, pese a la sencillez de su puesta en escena.
Acompañada de un guitarrista de excepción, Eduardo Trassierra; el cantaor José Ángel Carmona y la palma y percusión de José

Manuel Ramos, la bailaora se mueve en un escenario donde sólo hay unos cubos negros con botellas de vino y copas, un cajón, y la iluminación de una serie de luces blancas con aspecto de panderos. Durante “Danzaora y Vinática”, donde reúne dos de sus piezas, ella recorre su danza y su biografía, lo que se reconoce en los diversos momentos de la obra y la combinación de pureza e irreverencia, de contención y desborde.
El espectáculo comienza con la entrada del público a la sala. Durante más de diez minutos, Rocío Molina permanece de espaldas a las butacas, sosteniendo una copa en una mano y una botella de vino a la que la une una cuerda, con la otra. Viste de negro, con calzas bajo la rodilla que se asoman bajo una falda, y una especie de malla de cuello alto, botones en la espalda y transparencias. El cabello peinado hacia atrás en una trenza. Su aspecto es a la vez austero y actual. De pronto mueve las manos, cambia la copa de lugar, se inclina. Finalmente, cuando todo el público está ubicado, aumenta la inclinación hasta derramar vino en el piso.
De ahí en adelante impresiona con una danza que deconstruye el flamenco, donde pendula su cuerpo, se mueve como un muñeco y repasa movimientos de la danza contemporánea e incluso algunos movimientos de caderas recuerdan al gaga. Sin embargo, pese a lo ecléctica de la mezcla, lo que sorprende es que Molina se siente y se experimenta muy flamenca, lo mismo que sucede al ver bailar a Israel Galván.
Y cuando el público ya se acostumbró al desenfado de Rocío, ella irrumpe con variaciones más tradicionales, con taconeos impecables y brazos perfectos, disfrutando como una niña con el cante y las palmas. En eso está su mayor talento: en ser capaz de ser todo y nada a la vez, por eso le queda tan bien el nombre danzaora en vez de bailaora o bailarina.
Usando como atuendo básico las calzas y la malla negra, se cambia de faldas. De negra a colorida, luego un pañuelo anaranjado (que combina con las mangas arremangadas, un postizo de trenza y una pulsera) que une en sus caderas y finalmente concluye con una pollera, negra también, de textura más pesada.
Los espectadores son cautivados por la arrebatadora energía de la danzaora, y llegan al éxtasis cuando ella rompe la copa y luego baila sobre ella, haciendo escuchar el ruido del vidrio mezclado con los toperoles de sus zapatos. Como ése hay varios momentos que impactan, como el duelo o diálogo con su percusionista tocando cajón o cuando arremete con unos taconeos frenéticos en respuesta a la guitarra.
Al final, una ovación. El público consigue entender que Rocío Molina es absolutamente flamenca, no importa lo que haga en el escenario. Su flamencole surge de las vísceras, no descansa en un giro o un movimiento de muñeca ¿qué más se puede pedir?

 

 

Coordendas
Teatro Oriente
6 y 7 de enero, 21:00 horas
Entradas entre $10.000 y $35.000