Stgo a Mil: "Blancanieves", Impresionante Ballet Contemporáneo

Sexy como una dominatrix, ataviada con malla de látex, botas más arriba de la rodilla y una capa roja y negra, es la madrastra que muestra el coreógrafo franco-albanés Angelin Preljocaj en su versión, creada en 2008, para el cuento de Blancanieves. En esta pieza, de puesta en escena de carácter operático para 24 danzantes, el aplaudido coreógrafo abandona la abstracción para asumir una narración convencional y dar forma a un ballet contemporáneo, que recuerda a otros como “Romeo y Julieta” por su romanticismo e intensidad dramática, subrayados por la partitura de Gustav Mahler. A través de una lectura personal

y apoyada por "El Psicoanálisis de los cuentos de hadas", de Bruno Bettelheim, del cuento firmado por los hermanos Grimm, Preljocaj estructura 22 escenas que combinan las danzas grupales con momentos más íntimos, sin eludir escenas cruentas como cuando los cazadores enviados por la pérfida madrastra extraen el corazón de un ciervo. La mayoría del tiempo en el escenario reina la oscuridad, apenas surcada por haces de luz, lo que acentúa la tragedia y el simbolismo de la historia, que de la mano de las creaciones de Jean Paul Gaultier en vestuario muestra las ansiedades femeninas por alcanzar la belleza eterna. Pues eso es lo que padece la bella madrastra de Preljocaj: Miedo y envidia ante el florecer de su hijastra como mujer.
En contraste con la oscuridad de la puesta, la joven Blancanieves (Émilie Lalande) es blanca, rubia y descalza, envuelta como una diosa griega en vestido también blanco que envuelve su entrepiernas como un pañal, no muy favorecedor, hay que decir. El ballet se inicia con su nacimiento y la muerte de su madre, vestida de negro. En dos escenas vemos como juega con su padre, el rey, ambos felices. Pero todo se empaña cuando la niña se convierte en jovencita y preside un baile. Los cortesanos bailan, ellas ataviadas con vestidos al estilo de la ropa interior del siglo XVIII, y ellos con pantalones a la rodilla y grandes blusas. El príncipe (Jean Charles Jousni) que enamora a Blancanieves luce un vestuario que recuerda a un torero.
El trabajo dancístico grupal es atractivo, hombres y mujeres primero, luego sólo ellas y finalmente sólo ellos. La danza recuerda los bailes de época y usa muchos elementos del clásico, pero la impronta contemporánea prevalece en la forma de unir las frases, rompiendo lo previsible. Es decir, de un glissade (salto pequeño de un pie a otro, deslizado) no viene otro paso clásico, sino que una rotación de caderas, por ejemplo.  En esta escena los bailarines, especialmente ellas, muestran su dominio de las técnicas en juego.
Todo es maravilloso hasta que irrumpe la madrastra encolerizada (Cecilia Torres), acompañada de sus negros y sinuosos gatos (Margaux Coucharriérre, Verity Jacobson) y Blancanieves debe huir. Entonces la chica comienza su recorrido iniciático, que parte con el encuentro pastoril en un lago (escena poco atractiva), hasta su internación en un bosque donde se encuentra con los cazadores que la salvan y, finalmente, con siete mineros que la acogen. Este momento es sin duda uno de los más impresionantes, ya que ellos bajan por una pared y realizan una danza aérea. Por supuesto, igual que los enanos, estos recios mineros se convierten en asexuados compañeros de la chica.
Pero la malvada Reina no descansa, y con la ayuda de sus gatos y su enorme espejo, descubre dónde está la chica y se apresura a llevarle la manzana disfrazada de mendiga. En una escena lóbrega, intensa y decidora, obliga a la joven a morder la fruta, en un apabullante cuerpo a cuerpo.
Después viene otro momento logrado, el pas de deux del Príncipe y Blancanieves desmayada, con el adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler. El Príncipe la tira y baila con su cuerpo flácido en movimientos acrobáticos inteligentes, manejándola como una muñeca, hasta que surge el milagro y la princesa vuelve a la vida.
“Blancheneige”, de Angelin Preljocaj, es una puesta en escena impresionante en todos sus aspectos, partiendo por la gran cantidad de bailarines involucrados, la escenografía, la fastuosidad de su vestuario y sus casi dos horas de duración. Muy bien logrado a nivel dancístico, los roles principales están en manos de intérpretes versátiles y jugados, que responden a las exigencias sin complicaciones, y el cuerpo de baile opera como un todo sin desafinar nunca.
La opción por la narración limpia, desprovista de emoción melodramática, que ha recibido críticas desfavorables en otras partes del mundo, me parece una opción adecuada en el contexto de un gran ballet como éste. No puede exigírsele lo mismo que a una pieza de cámara. Además, los símbolos son leídos con claridad por lo espectadores, que se sienten tocados por las sombras del inconsciente que mueven la trama.
Un estreno de lujo en Santiago a Mil, que hace pensar en la precariedad de los medios locales para intentar, humildemente, realizar una empresa de tal envergadura.

 

 

Coordenadas
Teatro Municipal de Santiago
7 de enero 20:30 horas
8 de enero $19.30 horas
Entradas entre $3000 y $45.000