"Malen": Identidad y Riesgo Escénico

Catorce mujeres de entre 9 y 70 años, vestidas de negro, con el cabello trenzado y joyas de plata son las intérpretes de “Malen” (niña, en mapuzungun), obra con que el coreógrafo contemporáneo Ricardo Curaqueo homenajea a las mujeres de su vida como mapuche. De paso, hace un regalo al público asistente al conectarlo desde el hoy con el rito, el canto, el baile y la sonoridad de nuestro pueblo originario.
La anterior es una de las cualidades de Curaqueo y su equipo (que considera a la dramaturga Karen Carreño): trabajar la mapuchicidad desde su mirada de artistas jóvenes y conectados

con el aquí y el ahora. Así, la pieza dialoga con el mundo ancestral y la cosmovisión mapuche, que logran encarnar en, y desde, los cuerpos de intérpretes que aportan su ser contemporáneo en cada gesto.
Entre las danzantes hay bailarinas y actrices, pero también tejedoras, docentes y estudiantes. Algunas llevan dos apellidos mapuche, otras uno y hay quienes ninguno, pero sienten la pertenencia desde la identificación -afectiva y racional-  con la cultura, sus reivindicaciones y hasta su imaginario. Ellas ponen en escena su carga biográfica, dicen su nombre, el de sus padres y de qué territorio viene su familia.
La dirección de arte de Deysi Cruz consigue poner un trozo del corazón mapuche, su tierra y paisaje en escena, sin caer en pintoresquismos. A través del vestuario que remite al tradicional, la sonoridad (Joaquín Montecinos) y la iluminación (Francisco Herrera), se consigue una atmósfera ritual y telúrica. Se puede escuchar el viento, los pájaros y el fluir del río. Además, en algunas escenas suenan el trompe y el cultrún, ejecutados por las intérpretes.
En esta atmósfera telúrica, los cuerpos se desplazan y danzan, combinando el purrun (baile mapuche) y el lenguaje contemporáneo. El eje de la obra es Ayelen Curaqueo, de 9 años y hermana del coreógrafo, quien representa no solo la niñez de todas sino también el futuro y la esperanza. Sus entradas y salidas marcan cambio de escenas, de ritmos y tonalidades. Uno de los momentos más emotivos es cuando ella baila con Sonia Orobia Retamales (47). Se miran como en un espejo, mientras hacen purrun (baile mapuche). La menor y la mayor, reflejándose, identificándose, anhelándose.
Las escenas mezclan la danza contemporánea y la autóctona, en momentos grupales, individuales y en pareja. Los lenguajes no compiten, sino que se complementan. Impacta la audaz versión del baile del Choike, originalmente bailado por hombres y en la obra por dos mujeres estatuarias (Rallén Montenegro y Nathalie Moris Caniulef) con el torso desnudo. Ellas son una síntesis perfecta del presente y el pasado.
No faltan alusiones al dolor, el desgarro y el conflicto, con gritos acallados y cuerpos que se retuercen. También hay texto, ya que algunas de las intérpretes se presentan, mencionando a sus padres y su territorio, como debe ser en la cultura mapuche.
En el último tercio se reúnen los momentos de mayor intensidad. El canto en mapuzungun de una mujer joven que toca el cultrún y grita al final de su interpretación, parece anunciar el final. Pero luego hace lo propio una ñaña, remeciendo al espectador, que nuevamente siente que se bajará el telón. Esa concentración de los recursos más impactantes tiene el contra el confundir la percepción del público, pero no opaca para nada los logros de la obra.
La última escena es un baile colectivo con gritos de alegría, que queda en la retina como el final de un viaje estético y emocional donde los espectadores, de una u otra manera, terminan sintiéndose parte. Hay que decir, además, que el joven coreógrafo Curaqueo asimiló muy bien su trabajo con Pablo Rotemberg en “La Noche Obstinada” y con Lemi Ponifasio en “Ceremonia performance Mau Mau Mapuche”, usando lo aprendido para arriesgar dese su propia mirada.

 

 

Coordenadas
GAM
Hasta al 5 Nov 2017
Ju a Do - 20 h
$5.000 Gral, $3.000 Est. y 3ed. jueves de danza $ 3.000