"Giselle": Una Magnífica Relectura

Más allá de toda expectativa generada ante una nueva lectura para un clásico del romanticismo, el Ballet Nacional Chileno cumplió de manera brillante ante la propuesta coreográfica de Mathieu Guilhaumon y la dramaturgia de Millaray Lobos para esta nueva “Giselle”. Una dupla cuya asociatividad genera excelentes dividendos artísticos, sumados a una cuidada y respetuosa revisión más un elenco impecable y danza de nivel superior. Ello nos invita a pensar que la danza contemporánea más allá de la recurrente conceptualización como representación abstracta de ideas tratadas generalmente en sus avanzadas referentes a temas

en particular, también puede revisar exitosamente, rescatar y narrar bellas historias comprensibles a todo espectador. Mathieu Guilhaumon, director artístico del Ballet Nacional Chileno y talentoso creador, revisita “Giselle”, el gran clásico despojándolo de todo preciosismo conservando  la esencia y espíritu romántico en una nueva lectura, convirtiéndolo a la vez, en una joya contemporánea.
Aspectos generales
“Giselle”, pieza maestra del romanticismo danzado y estrenada el 28 de junio de  1841 en la ópera de París, resume los ideales de una corriente estética y filosófica imperante en la primera mitad del siglo XIX,  junto a la más exigente y refinada técnica teatral por aquella época en boga. Dos ingredientes característicos serán infaltables en las obras de este período: humanidad y sobrenaturalidad. El periodo romántico en la danza vino a comprender aproximadamente desde 1832, con la creación del ballet “La  Sylphide” de Filippo Taglioni, y hasta 1870. Los autores inspirados en este período lograron definir con mucha precisión las temáticas, estilo, técnicas y vestuario.
Es en este período del ballet, donde aparece la danza sobre las puntas poniéndose de moda el tutu blanco. “Giselle”, romántica por antonomasia se convertirá con el paso del tiempo en el Hamlet del ballet. De allí en adelante, toda bailarina clásica aspirante a primera figura, deberá rendir su prueba de fuego con esta pieza. La danza de puntas viene a justificar en “Giselle” la elevación artística por excelencia más allá de la levedad y lo etéreo pretendido en los inicios del período romántico. Como dijera Serge Lifar,  “Giselle” constituye la apoteosis del romanticismo danzado.
Podríamos decir que “Giselle” debe su existencia al crítico literario, poeta y dramaturgo Theóphile Gautier, quien seducido por el arte de la joven bailarina italiana Carlotta Grisi encontraría el argumento teatral en las páginas de Heinrich Heine y su libro “De L’Allemagne”, para convertirlo en un ballet. Igualmente importante es su contribución y definición del ballet romántico en las primeras décadas del siglo decimonónico. “Giselle” vería la luz en la música de Adolphe Adam (1803 – 1856), coreografía de Jean Coralli (1779 – 1854) junto a Jules Perrot (1810 - 1892) y libreto de Jules Henry Vernoy (1799 – 1875) y el mismo Theóphile Gautier (1811 – 1872).
Como dato interesante podemos señalar que el compositor Adolphe Adam tardó tan sólo una semana en componer la obra completa, siendo además el primero en diseñar el uso del “Leitmotiv” en el ballet, aspecto musical que caracteriza melódicamente a un determinado personaje o situación dramática. Otra característica que lo diferenció de otros compositores contemporáneos es que su composición fue absolutamente original de principio a fin, sin “echar mano” a melodías de otras partituras, como era lo usual en aquellos años. Posteriormente la partitura sufrirá cortes, arreglos e incluso agregados según revisión de otros coreógrafos.
De la coreografía y dramaturgia releída
Una revisita profundizando aspectos sicológicos, y una lectura limpia de todo preciosismo convencional a la tradición clásica, es lo que propone Millaray Lobos en su dramaturgia para esta “Giselle”, salvaguardando y potenciando la historia en su esencia, sin perder de vista la narrativa original. ¡Un verdadero acierto!  Descartada toda acción pantomímica y pasajes virtuosos, la historia nos llega mediante toques simbólicos conforme a una perspectiva contemporánea cuidadosamente diseñada.
Mathieu Guilhaumon propone una escritura coreográfica de extraordinaria belleza en lenguaje contemporáneo, cuya danza de nivel superior cautiva desde los primeros compases sin dar margen a la comparación con la tradición. El coreógrafo maneja un lenguaje riquísimo, amplio, diverso y en extremo fluido.
Su escritura permite adentrarnos en el romanticismo propio de la obra, aun cuando no existe ni la punta, ni los vestidos románticos. Especialmente en el segundo acto, donde la ingravidez y sobrenaturalidad propia del guión pudo verse amenazada,  esta no pierde un ápice de espiritualidad aun cuando está colmada por una danza gravitante a tierra. Mathieu Guilhaumon es un creador sensible e inteligente cuya capacidad resolutiva y buen diseño, permiten una acertada revisita convirtiendo este clásico del romanticismo, en una verdadera joya contemporánea.         
Intérpretes
Los artistas del  BANCH lucen extraordinariamente bien preparados, tanto en los aspectos técnicos de la danza como igualmente en un bien entendido compromiso actoral y desarrollo de los personajes ante las exigencias del coreógrafo. Bailarines sólidos cuya danza fluida cautiva en su ejecución y entrega.         
Vanessa Turelli (Giselle) equilibrada y bien matizada es su interpretación de la aldeana enamorada del acto primero, contrastando con la sobrenaturalidad del acto segundo. Soberbia es la entrega de Marine García, para el rol de Myrtha.
Sólido lucimiento y calidad danzante exhibe Fabián Leguizamon (Albrecht) junto a un comprometido  Nicolás Barrueta como Hilaríon,  Ajustadas Gema Contreras (Berthe) y Rita Rossi (Bathilde) y un correcto Valentín Keller para el rol de Wilfried. No menor resulta el diseño escenográfico de Andrés Poirot,  acotado solo a dos imágenes evocando el relato tradicional, que a la vez, apoyado por una iluminación cargada de atmósferas simbólicas potencian la trama, Andrés Poirot y Karl Heinz Sateler realizan un muy buen diseño de iluminación.
El vestuario propuesto por  Carolina Vergara, merece todo nuestro aplauso. Color y textura complementan la idea de Mathieu Guilhaumon. La Orquesta Sinfónica de Chile dirigida por François López-Ferrer, realiza una cuidada lectura para la partitura de Adolphe Adam, mostrándose además como un sólido cuerpo orquestal.

 

fotos Patricio Melo