Intimidad emocional en "Madre Luna"

En mayo de este año, Andrés Gutiérrez, actor, intérprete Butoh y fundador de la compañía Bayku, estrenó en el Encuentro Coreográfico Sala Arrau su solo “Madre Luna”, para luego presentarlo durante el mes de octubre en la sala El Cachafaz, de Av. Italia. Dedicado por Gutiérrez a su mamá, muerta de cáncer, el trabajo muestra cómo un hijo se comunica con la fuente materna cada vez que hay luna llena. Sin narrativa convencional, la pieza fluye a través de las emociones y sensaciones que entrega el desempeño del performer. Tal como en su solo anterior, “Llapëmn” (2015), Andrés trabaja un Butoh delicado y detallista, centrado en el

estado interior y alejado de las acrobacias. En “Madre Luna” muestra movimientos claros, asimilables a la danza contemporánea (brazos en vaivén stacatto, pasadas por el suelo etc.), y una coreografía donde se repiten ciertas cadenas de desplazamientos y gestos. Su rostro está permanentemente cruzado por estados emotivos, siendo sus ojos y boca los principales transmisores de ellos. Su cuerpo está siempre alerta, con una energía menos introspectiva que su rostro.
La ambientación cuenta con una construcción escenográfica blanca, similar a un vértice de dos paneles, ubicada en el centro del escenario en el caso de El Cachafaz. El intérprete surge lentamente arriba de la construcción, donde se sienta. Vestido de látex negro, ondula los brazos y luego desaparece tras las paredes blancas. Entonces se hace la oscuridad, de la que luego de unos minutos brota Andrés, esta vez a ras de piso y vestido íntegramente de blanco, con una especie de mameluco.
Dolor, duelo, desconsuelo, podría ser una interpretación posible, sugerida además por la música angustiosa. Pero hay un cambio. La estructura blanca se ilumina y con ella la escena. Juegos de luces, incluso provenientes de dos bolas ubicadas a los costados del escenario, inundan la atmósfera. La danza se vuelve más ligera y una sonrisa se instala en el rostro del bailarín. Pareciera que su cuerpo se elevara. Es la presencia de la madre que transmuta lo que ha sucedido hasta el momento.
Las emociones espesas que han recorrido la pieza se convierten en armonía y consuelo. El final reserva el pick de la emoción: la madre no se ha ido, está con el hijo, solo que transfigurada.
Se trata de un trabajo delicado y pequeño, formato que Andrés Gutiérrez maneja muy bien, ya que es capaz de proyectar sus emociones sin necesidad de grandes desplazamientos ni piruetismos corporales. Lo suyo es un diálogo callado e íntimo con los espectadores, afirmado en su capacidad de trasmitir emociones y sentimientos.
El vestuario de gran nivel, notándose la mano del diseñador Paulo Méndez. No sucede lo mismo con la estructura metáfora de la luna. Por momentos se ve algo fuera de lugar, tosca, y cuesta comprender a qué apunta.
Pero hay un punto insoslayable. “Madre Luna” no está hecha para un teatro a la italiana (tradicional), y menos si éste no posee graderías desniveladas y todos los espectadores deben levantar los ojos para ver el espectáculo. Esta disposición aleja al espectador de los estados que repasa Andrés Gutiérrez con su danza, y hace casi imposible seguir la evolución de los mismos a través de su rostro. La altura del escenario impide ver sus expresiones, algo fundamental en esta pieza, que seguro se capta en toda su plenitud en un espacio multiuso (como las salas de danza del GAM), donde el público puede seguir en detalles los gestos y movimientos del danzante.

 

 

Ficha Artística
Compañía: Bayku
Dirección, Coreografía e Interpretación: Andrés Gutiérrez
Dirección de Arte y Vestuario: Paulo Méndez
Escenografía: Benjamín León
Iluminación: Susana Belmar
Asistente de Dirección: Vania Muñoz

fotografía Jano Torres