Stgo a Mil: El misterio de Otro (danza de la India)

Los días 3 y 4 de enero, en el contexto de la XXVI edición de Santiago a Mil (2019), se presentó en GAM la pieza “Swayambhu”. En el montaje participan una bailarina, un cantante y tres músicos: dos percusionistas y uno que toca un instrumento de viento. Durante 90 minutos, la presentación define una trayectoria visual y sonora en torno a deidades relevantes en India, que plasman su impronta en el estilo de danza Kuchipudi, elegido por la artista para comunicarnos una cosmovisión. De acuerdo a lo anterior, es realmente un privilegio ver a Shantala Shivalingappa interpretar su danza, particularmente por su notable versatilidad. Especialmente

conmovedor es escucharla cantar, con el sentido profundo que adquiere la presencia de las divinidades en escena.
La introducción es música referida a la Deidad de las Artes. Luego se ejecuta una danza que honra a Ganesha, señor de la abundancia. Posteriormente se realiza una danza dedicada a Dios Shiva, de la sabiduría y trascendencia. Mientras los músicos interpretan patrones rítmicos mediante percusión, Shantala desarrolla una pieza de gran belleza tras una tela, usando la transparencia de esta y un juego de sombras de un modo seductor y muy elegante. Lo siguiente es una representación con inspiración romántica, que alude a cómo se extrañan entre sí los dioses cuando se establece distancia entre ellos. Por último, se efectúa el canto devocional Pasaydaan, que la bailarina finaliza con movimientos sutiles y sobrecogedores.
Es fantástico que nos maravillemos, en Santiago de Chile, con una propuesta tan idiosincrática como esta. Sin embargo, también hay que mencionar que “Swayambhu” constituye un desafío para cualquier persona chilena que se aproxime como público. Esto, pues salvo para los intérpretes especializados, que tengan formación en danza de India, un montaje de estas características se puede convertir en un “territorio de lo desconocido”. Despierta sorpresa y fascinación, el público estaba atento, y se valora la destreza y capacidad interpretativa de la bailarina, sin duda. No obstante lo anterior, queda como gran interrogante qué capacidad podemos tener de comprender cuál es el significado de determinados movimientos, y de la elección de los colores del vestuario, o la música.
El sesgo cultural desde el cual se observa tiene enorme importancia en la experiencia de significación e interpretación de una pieza apreciada en un escenario. Si se desconoce todo de aquel Otro, hay mayor riesgo que quedarse con una perspectiva superficial de lo visto. Por lo mismo, es conveniente destacar la función que cumplió la audiodescripción. No sólo fue “inclusiva” respecto al público que pueda tener baja visión, o sean ciegos. También fue una herramienta de mediación cultural, que posibilitaba situarse en el contexto de lo que la bailarina buscaba representar.
Pero no debemos confundirnos tampoco. En Oriente las deidades no portan atributos por sí mismos, o en un sentido inherente de sus características. Por el contrario, suele ser complejo para los occidentales comprender que allí las deidades encarnan valores y particularidades a alcanzar por el practicante espiritual. Invitan a ser aquello que muestran. Y por este motivo, cuando en Oriente se danza algo relativo a la espiritualidad no sólo se trata de representación, sino que está en juego la reiteración ritualizada de aquello que se busca preservar: aquellos intangibles que les importa. Así, definidas las deidades mediante la voz en la audiodescripción, todos los legos presentes en la sala podían sentirlas más próximas y disfrutar de una vivencia de contemplación más completa.
Por último, en el caso de este montaje, la sencillez de la escenografía, el uso tenue de la luz y la escasez de estímulos visuales distractivos posibilitaron prestar atención en mejores condiciones a los músicos y la bailarina.