Stgo. a Mil: La gozosa relectura de "El Lago de los Cisnes"

Fue inesperado. El público del Teatro Municipal de Las Condes se contagió con la lectura de “El Lago de los Cisnes” realizada por la sudafricana Dada Masilo y su compañía. Es que, más allá de cualquier análisis de lenguajes y fusiones culturales, lo orgánico y natural de la energía desplegada en las danzas autóctonas tocó a los asistentes, pese a lo “poco bailarina” de nuestra sociedad (característica entendible a la sombra de cómo se dio el mestizaje y también por la geografía que habitamos). Incluso una asistente, en el coloquio final, comentó que había sentido que podía bailar esa danza, que podía sumarse a los bailarines en el escenario. Esa sensación es, desde

todo punto de vista, hermosa, pero no puede ignorarse su ingenuidad: la danza de Masilo y su compañía es una mixtura -de muy difícil ejecución- de danza contemporánea, académico y danza africana, punta de iceberg de una fusión cultural que integra Occidente y su imaginario, con la Sudáfrica de Masilo. 

El punto de partida es una historia que está en la memoria de la danza occidental: el romance entre Odette, la bella joven embrujada por un mago para ser cisne de día y princesa de noche, y el príncipe Sigfrido; la tercera en discordia es Odile, la hija del mago que seduce al príncipe. La estética es clásica, tutús blancos, bailarinas pálidas, delgadas y etéreas, que vuelan por los aires con la ayuda de guapos partenaires. En esa estética no caben las personas negras o muy morenas, o chinas (hay que recordar la sensación que causó el ascenso de Misty Copeland a Primera Bailarina en 2015, la primera afroamericana en lograrlo).
Entonces, solo hay que imaginar el impacto que pudo causar “El Lago…” en una Dada Masilo de 12 años, y lo lejos que puede estar una obra así para una niña de raza negra. Como bien lo dice su primera profesora de danza en el documental que puede verse en youtube (“Dada the dancing swan”), en Soweto el ballet se veía como “una cosa de blancos”. Luego de formarse como bailarina, en su país y en Bélgica, Dada volvió a los clásicos. Primero fue “Romeo y Julieta” y luego “Carmen”. Finalmente, con solo 25 años, abordó “El Lago de los Cisnes” a través de un solo. Luego hizo una versión de 30 minutos y, finalmente, la que vimos (de una hora).
La pieza parte con humor: una de las intérpretes narra la historia original de “Lago”, usando frases humorísticas para referirse al cuerpo de baile femenino (“son 32 porque es fácil dividirlas en dos o 4 lotes”) y siempre están con cara lánguida (“saben que no se casarán”). Después sigue la versión de Dada para el cuento, enraizada en las tradiciones africanas: Los padres de Sigfrido compran a Odette (Dada) para realizar un matrimonio, pese a la oposición de él, que es gay y está enamorado de Odile, un joven que danza con zapatillas de puntas. Pero nada funciona, y de la comedia la obra transita a la tragedia, el dolor y la muerte.
Este vuelco en la lectura del cuento se acompaña con una fusión de culturas realizada a través de la contaminación de la danza clásica, la danza contemporánea y la danza nativa sudafricana. Son once bailarines y bailarinas con tutú blanco -salvo Sigfrido, que lleva pantalones-, y a pie descalzo.
En lo musical, la pieza combina inteligentemente a Tchaikovsky, René Avenant, Camille Saint-Saëns, Arvo Pärt y Steve Reic, sin que se nota la “costura” entre las diferentes sonoridades.
Lo que impresiona es la fusión de las técnicas de danza con la danza nativa africana. Si uno ve videos de esta última, puede ver que lo que Dada hizo no es trasladarla tal cual al escenario, sino que releerla también. Por ejemplo, de una secuencia con golpes de pies en el piso y caderas cimbreantes, sale una caída-recuperación contemporánea. Y, desde ahí, un arabesque (ballet).
Hay varios momentos que impresionan, pero dos de ellos se quedan grabados: el solo de la coreógrafa con la música de Tchaikovsky para el pas de deuxd del acto blanco de “Lago…”, que trasunta todas las esperanzas e ilusiones de Odette en su matrimonio; y el final, con toda la compañía con faldas negras y el torso desnudo, en una metáfora del dolor y el duelo.
Más allá de lo dancístico, hay varias lecturas políticas que pueden desprenderse. La crítica a la colonización blanca (¿por qué no al revés?), la homofobia en Sudáfrica, la globalización de los imaginarios, la conquista de un espacio “blanco”. Eso queda a cada espectador.
Lo innegable es el goce de la mixtura escénica que propone Dada Masilo. Una hibridez que convoca y regocija, que sacude prejuicios y borra las fronteras de las disciplinas.

 

 

Coordenadas
T Municipal de Las Condes
20 de enero, 18:00 horas
$16.000 a $35.000