Laboratorio BANCH: Iniciativa para repetir

La temporada 2019 del BANCH empezó con un espacio nuevo: Laboratorio, propuesta donde el director de la compañía, Mathieu Guilhaumon, invitó a sus bailarines a cambiar de frente y crear coreografías. De los proyectos que llegaron a sus manos escogió 7, firmados por Rodrigo Opazo, Gema Contreras, Amaru Piñones, Valentín Keller, Enrique Faúndez Nicolás Berrueta y Fabián Leguizamón.
El cambio de lugar en la creación reveló imaginarios diversos, pero con una coincidencia en la búsqueda de lenguajes que desplazan el binomio hombre-mujer para referirse solo a cuerpos en

movimiento. Hablando en general hubo buenas ideas, pero también una tendencia a la falta de claridad en la dramaturgia escénica, con recursos reiterativos, imágenes que parecían puestas caprichosamente y falta de manejo de las tensiones instaladas.
Si bien la danza – y sobre todo la contemporánea- no requiere de contar historias narrativamente, los cuerpos deben moverse y dialogar con el resto de los elementos escénicos de manera fluida y orgánica, narrando energéticamente desde ese diálogo. Cuando algún recurso se instala de manera forzada, ya sea por efectismo o falta de ideas, se rompe esa fluidez. La obra se entorpece y el público se desconecta
Hay que decir que los integrantes del BANCH son buenos intérpretes, tanto en lo técnico como en lo emotivo, por lo que las creaciones de los noveles coreógrafos tuvieron en ellos y ellas una herramienta a su favor.
Las piezas más logradas en término de desarrollo de la dramaturgia escénica fueron “Inclinación Asertiva”, de Amaru Piñones; “Bestia”, de Fabián Leguizamón; y “Qué tal si…”, de Kike Faundez.
Piñones trabajó las diversas posibilidades de las relaciones eróticas humanas, hombre-mujer, hombre-hombre, mujer-mujer, en una coreografía de encuentros y desencuentros de piel, con el espacio muy bien utilizado. Bellos dúos, con sinuosidades y elementos de fluidez trabajados con pericia por el elenco. Leguizamón jugó con la bestia que cada ser humano lleva dentro en una obra menos abstracta. Rita Rossi, en su última función en la compañía, fue una especie de diosa pagana que presidía el ritual nocturno.
Faúndez unió la danza contemporánea y la danza urbana (que él maneja a la perfección) para hablar de la tecnología que nos invade. Lúdica, ágil, entretenida y danzada con ganas, solo la mesa usada como rampa parece un recurso un tanto obvio.
Les sigue la pieza de Valentín Keller, “¿De verdad no te importa?”, un solo de progresión dramática convencional y excelentemente interpretado por Facundo Bustamente, que repasa la destrucción de la naturaleza por el ser humano. Plantas en escena y bolsas plásticas que caen están utilizadas como un lugar común, restándole potencia conceptual a lo que vemos. Otro punto cuestionable es la oscuridad de la propuesta, ya que desde algunos puntos de la platea no se distinguía bien entre las bolsas y las plantas.
Las otras piezas siguen un desarrollo errático, moviéndose entre momentos muy bien logrados y otros que no aportan al sentido. Bellas y delicadas imágenes en “Kintsugi” de Nicolás Berrueta, pero con espacios al parecer llenados a la fuerza; interesante propuesta de “A mis soledades”, de Rodrigo Opazo, pero con reiteraciones que poco aportaron. Finalmente “Botar”, de
Gema Contreras, un solo pop, ingenioso y seductor, pero que desperdicia elementos escénicos como la luz y el tramoya.
El conjunto fue muy bien hilvanado, sin intermedio y con organicidad, dando vida a un programa interesante que da un espacio a nuevos creadores, que bien podría repetirse.

 

fotos Patricio Melo