"Guerrero": Flamenco detonador de Imágenes

2, 3, 1 y 2. En el sector derecho del muro de fondo del escenario cuelgan fibras vegetales, formando una composición visual que sigue una secuencia: 2, 3, 1, 2. Textiles son anudados a estas fibras, y las 4 prendas tienen 2 nudos, 3 nudos, 1 nudo y 2 nudos. Esto quizá alude a los aspectos que conforman la compañía. Hay 2 guitarras, 3 cantaoras que percuten con manos y pies en la obra, 1 bailaor, y dos guitarristas. No parece casual ese modo de disponer la ornamentación simple en escena. Este minimalismo es reforzado con el uso discreto e inteligente de la iluminación, que enfatiza los momentos relevantes de las piezas. Dos rectángulos, uno blanco

externo, uno negro interno. En este interior, las cantaoras se organizan en el espacio en línea, mirando al bailaor, o dándole la espalda. También, se disponen formando un triángulo escaleno en ocasiones.
El montaje comenzó a las 20.30 horas con una coreografía que invita a la contemplación reposada. La música tiene un énfasis muy poético, casi lírico. Tanto es así, que hay instantes en los cuales parece que fue la dimensión melódica que organizó el proceso creador. Movimientos delicados, y una sutileza aérea en el uso del cuerpo caracterizan este pasaje de la obra. Motiva a estar atentos y no perder los detalles explicitados. Se establece un contraste entre el flamenco en el cual el bailarín pone el acento en la destreza y en percutir el piso. Acá lo perentorio es destacar la levedad. Hubo segundos sublimes, en los cuales el trabajo con los dedos de las manos tenía protagonismo. Realmente cautivador.
Se aprecia una técnica depurada y, al mismo tiempo, la presencia de la tradición musical flamenca. Gestos más contemporáneos hay en el modo de articular el montaje. Y, en particular, llama la atención el uso del suelo que para “Guerrero” se elige. La danza contemporánea se ha reorganizado y los coreógrafos tienen considerable libertad al crear. Los cultores de las danzas con un origen tradicional, en cambio, no necesariamente pueden permitirse esto. De acuerdo a lo anterior, la secuencia en que Eduardo Guerrero repta de izquierda a derecha del escenario resulta provocadora, especialmente por la maravillosa interpretación vocal de la cantaora: cada vez que dice “Dios Mío” acentúa la potencia del movimiento ejecutado por el bailarín.
Se destaca, por su fuerza interpretativa y expresión emocional, una coreografía conmovedora. Emociona hasta las lágrimas. El bailaor,se dirige hacia el fondo del escenario y recoge de la instalación una gran tela blanca. Cubre sus hombros con ella y al cabo de un tiempo se advierte que se convierte en un manto. Parece insinuar el que arropa a Cristo. Luego madre e hijo quedan unidos por una cuerda roja. Puede representar la vida, la sangre, la muerte; pero sugiere asimismo el estrecho e irreemplazable vínculo entre una madre y su hijo, tan único de cada relación, y al mismo tiempo tan universal en sus implicancias. A contar de entonces, y a partir de una música de gran potencia dramática, se invita al espectador a un viaje. El sonido evoca la intensidad de “Misa Flamenca” de Enrique Morente. El hijo que muere, como tópico, puede ser abordado acertadamente, o no. Lo que vimos en el Nescafé de las Artes el miércoles fue bien logrado, y hubo decisiones inteligentes respecto al uso de las imágenes que se deseaba proyectar. Cabe mencionar el profundo sentido que tiene en la cultura popular la metáfora acerca de una madre y su hijo yacente. En particular, la procesión de la Dolorosa, en Toledo, para Semana Santa, se convierte en un articulador comunitario, constituyendo un sentido de pertenencia e identidad y cuyo efecto es la conmoción e implicación de los participantes. Sobre el escenario hubo reminiscencias de ello, y fue la composición más sobrecogedora de los noventa minutos de “Guerrero”.

 

 

 

fotos Félix Vázquez