La Grata sorpresa del Ballet Namuñi Fare

La danza afro llegó primeramente a Chile desde Brasil. La maestra Verónica Varas, formada en ese país, transmitió a generaciones de bailarinas y bailarines el imaginario de los orixás. Luego, Claudia Munzenmayer -formada en la universidad ARCIS- sumó la danza africana de Ghana, que investigó en ese país. Actualmente son muchas y muchos los interesados en practicarla, tanto de manera amateur como profesional, estimulados por la presencia de profesores brasileños y africanos. A este espectro se suma el Ballet Namuñi Fare que, bajo la dirección del maestro guineano Bangaly Sylla, presenta este viernes 2 de agosto por tercera vez su

espectáculo “Río Sagrado”, en el Anfiteatro de Bellas Artes.
Solo 2 artistas africanos integran la compañía, mientras que los veinte restantes son chilenos, siendo 7 músicos, una cantante y 14 bailarines. Todos ellos ponen en escena un episodio propio de la cultura africana, que refleja sus tradiciones en cuanto al sentido de comunidad y el respeto por la naturaleza. Es así como en el inicio los espectadores ven a unas jóvenes mujeres que van a lavar ropa al río y, una de ellas, especialmente curiosa, se acerca a un lugar sagrado y es raptada por el espíritu del cauce. Su desaparición causa gran revuelo en su comunidad que, guiada por la voz de un anciano, trata de recuperarla.
Aparecen en escena los macheteros y los cazadores, que intentan rescatarla sin suerte. Finalmente deben convocar al hechicero, que no es otro que Bangaly Sila, quien consigue devolver la muchacha a esta dimensión. Si la danza del elenco sorprende por su rapidez y gran energía, la desplegada por Bangaly abisma. Su gran dominio del cuerpo, siendo tanto aéreo -suspendido- como terrenal -peso en hacia la tierra-, y del ritmo, maravillan al espectador. A un costado, los músicos interpretan ritmos frenéticos en percusión que llenan de energía a los danzantes y al teatro entero.
“Río Sagrado” nos introduce, como público occidental, en la manera de vivir la danza de los africanos: se trata un vehículo no solo de expresión, sino también de comunicación con la vida no terrenal, la naturaleza y los misterios psicofísicos. El abandono del cuerpo al sonido de los tambores, que puede llevar al trance, produce una conexión profunda entre el danzante y su interior emocional y psíquico.
Además, la historia que relata la obra habla de la vida en comunidad, rasgo distintivo de africanos y africanas. Es así como la mayoría de las danzas son de conjunto. Incluso Nicole Giese, parte de la dirección de la obra, y docente de danza africana con once años de investigación, participa de las danzas grupales.
Si bien hay algunas diferencias entre el elenco, mayoritariamente femenino, en cuanto a extensiones de cuello o postura de hombros, la verdad es que ellas no tienen importancia a la hora de la danza. Tod@s (contando a los 2 bailarines presentes) son capaces de bailar con el tren superior en ángulo, con un acelerado rimo de piernas y saltando gran parte del tiempo. La gran mayoría, además, mantiene una sonrisa durante la danza.
Hay que destacar a los músicos, que mantienen la energía a tope durante todo el espectáculo, y a la cantante Paulina Villalobos, cuya potente voz transporta a otras tierras.
También es agradable ver la preocupación en los vestuarios. Hay varios cambios, de coloridas túnicas a pantalones, y también diversas faldas y tops, que colaboran al espectáculo, así como también el reto entre los percusionistas o el solo de cuerdas.
El Ballet Namuñi Fare es una muestra de lo que son los ballets de danza africana en Guinea, que surgieron en los años ’50 y se extendieron por el país complejizando las coreografías y espectacularizando la manifestación dancística. Y, por supuesto, de la importancia del intercambio cultural y la comprobación que las diferencias, cuando hablamos del idioma del cuerpo, no son tales.

 

Coordenadas
Anfiteatro de Bellas Artes
Viernes 2 de agosto 20:00 hrs
Valores: $6.000 general, $5.000 preventa y $3.000 estudiantes y tercera edad
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