"La Casa de los Espíritus": Una coreografía en deuda

El Teatro Municipal de Santiago es el encargado de recibir el montaje La Casa de los espíritus. Una adaptación en ballet contemporáneo de esta novela escrita por la destacada Isabel Allende. El equipo de creadores está conformado por Verónica González en guion y dramaturgia, José Luis Domínguez en la composición y dirección musical, y Eduardo Yedro en la coreografía. Hay que considerar que se trata de una obra no tradicional para el Ballet de Santiago, que además ha tenido su versión en película, por tanto es inevitable comparar. Comencemos diciendo que más que una historia lineal, lo que busca está obra

-estreno absoluto y creado para la compañía santiaguina- es representar el imaginario de Allende, mezclando elementos fantásticos con la realidad, por más cruda que a veces pueda parecer. Con una estética simple en su montaje, una escenografía bastante limpia donde sólo algunos elementos de diseño adornan el espacio, el coreógrafo emplaza al ballet y lo desafía en clave contemporánea.
La obra arranca con un hermoso cuadro (el prólogo), una luz tenue e incluso oscura ilumina los elementos escenográficos en desplazamiento, y proyecciones en transparencia hacen la presentación de los personajes y la trama.
Por ser una adaptación, es necesario conocer la historia para entender lo que sucede en escena. Sin embargo, por ser un espectáculo de danza e interpretativo, sólo hay que dejarse llevar por lo que sucede sobre escenario.
Cabe destacar la importancia musical del montaje. La música estremece a ratos y logra emocionar al espectador haciéndolo viajar como si estuviera dentro de una película. Es un acierto, sin duda, lo que logra el compositor para relatar lo que sucede en cada escena. Incluso, en algunos momentos, la coreografía no llega al nivel de la musicalización. Aquí es donde quiero detenerme para decir que la coreografía en el segundo acto baja su intensidad y aparecen momentos de poco movimiento. Estos incómodos espacios crean vacíos dentro de la historia.
Por otra parte, estamos acostumbrados a ver coreografías grupales casi perfectas del ballet de Santiago, en esta oportunidad siendo menos clásico, el grupo se desordena.
En resumen. Una música majestuosa que llena y estremece todos los espacios (demostrado quedó con la ovación que recibió el director musical al terminar la función), una dramaturgia limpia, sutil, que utiliza pocos elementos para contar la historia, con poca emoción y una coreografía en deuda, que solo tiene momentos buenos donde los bailarines principales se destacan.

 

fotos Patricio Melo