Santiago a Mil: "Betroffenheit", excesiva, arriesgada e impactante

“Betroffenheit” (conmoción en alemán) de Crystal Pite en coreografía y Jonathon Young en dramaturgia, es una obra impresionante por muchos elementos: su mezcla de corporalidad y palabras sin ser danza teatro, lo ecléctico de la propuesta dancística, el exceso, la versatilidad del elenco, solo por mencionar algunos. En una hora y 45 minutos, cinco bailarines más un narrador protagonista (el mismo Young, que se define como actor, pero danza excelentemente), desmenuzan el tema del duelo luego de un shock emocional, de un episodio inesperado que derriba todas las defensas. Se trata de un viaje de sanación que recorre

todas las posibilidades del proceso, desde la negación y la evasión, hasta lograr la anhelada reparación interna y la paz.
Esta pieza estrenada en 2016 y ganadora de muchos premios en Canadá, y también internacionales, parte de un hecho trágico vivido por el propio Young, quien hace once años perdió a su hija, su sobrina y su sobrino en un incendio.
El espectáculo se estructura en dos actos y se inicia en un escenario que representa una especie de bodega vacía, con un enorme poste de acero en el medio. En un zoom, podemos ver cómo gruesos cables de acero conectados a una caja de fusibles se mueven, se deslizan por el escenario como serpientes, como si tuviera vida propia. Cuando se hace la luz, vemos la figura de un hombre (Young) vestido de jeans y polera grises, arrinconado en una esquina.
Entonces empieza una voz (la del protagonista) a repetir palabras. A veces es la conversación que se tiene con un psiquiatra o psicólogo, o el monólogo interno de una mente que busca respuesta. Y surge el bailarín Jermaine Spivey, de destacada presencia en la obra y contraparte de Young en muchas escenas. Spivey se mueve maravillosamente, se desliza o fragmenta su cuerpo, mientras recita un parlamento. El dúo de contemporáneo que realizan ambos pone palabras a las partes del cuerpo, dialogan y sus cuerpos se mueve de acuerdo al ritmo de las palabras. Lo que logran es fascinante, una forma distinta de integrar la palabra y la danza.
Después, de uno en uno, aparecen dos bailarinas y dos bailarines más, todos -junto con Spivey- integrantes de la compañía de Pite llamada Kidd Pivot. Están ataviados de personajes, como payasa triste una, con ropa de tap otro, con lentejuelas la otra. Su presencia es fantasmal, gracias a un dramático trabajo de iluminación.
Ellos y ellas (Bryan Arias, David Raymond, Cindy Salgado, Jermaine Spivey, Tiffany Tregarthen) tironean al protagonista, lo recogen, lo escuchan, lo sostienen. Hay humor (una escena en que Young aparece vestido como presentador de TV y luego Spivey también), fiesta (bailan ballroom, salsa, tapa), juego de espejos, muñecos, escenas literales como aquella de Young alcohólico o drogado justo cuando lo llama su madre. Pero siempre se regresa a las palabras. Ellas, en off o dichas por los intérpretes, marcan el ritmo emocional de la acción.
En este acto se muestra la parte más dura del duelo, el descenso al dolor máximo, con las etapas de incredulidad, evasión y enajenación máxima. De hecho, el galpón donde transcurre la puede leerse como la oscuridad y desolación que apresan al protagonista, y también como su mente poblada de voces. Finalmente, el espacio se destruye.
El segundo acto, más corto que el anterior, transcurre en el espacio limpio y oscuro, con solo el poste metálico al centro. Todos están vestidos y vestidas de gris, con camisetas y pantalones tipo buzo. La iluminación sigue siendo baja y dramática.
La danza se vuelve absolutamente contemporánea, con alusiones a la danza urbana, contact, deslizamientos y tomadas. Hay danza grupal, tríos, dúos, y cada uno de los intérpretes demuestra su alto nivel en el manejo del cuerpo. Tiffany Tregarthen, que el acto anterior fue un payaso diabólico, revela ahora su versatilidad interpretativa.
Este acto fluye, abstracto y simbólico, en una reconciliación del protagonista consigo mismo. Él también danza, se sumerge en el grupo y vuelve a reflotar camino a la paz, que llega en la piel de Jermaine Spivey y su emotivo solo final.
Es cierto, en su primera parte “Betroffenheit” es desbordada y excesiva, ya que se extiende con ciertos recursos (el carnaval brasileño por ejemplo o la escena de los excesos del protagonista) que resultan innecesarios y redundantes. Sin embargo, el total de la obra cumple con su propósito: recrea el viaje por el dolor supremo para luego volver a la vida.
Pite y Young se arriesgan al máximo en este montaje, riesgo que se agradece por abrir posibilidades para unir verbo y cuerpo en un trabajo de lujo, inclasificable y ambicioso. Destacable es la interpretación del elenco, en especial de los bailarines Jermaine Spivey yTiffany Tregarthen, quienes se transforman interminablemente a lo largo de la obra. Y, por supuesto, aplausos para Jonathon Youg, que pese a definirse como actor baila excelentemente.
Una obra que hay que ver, para abrir las cabezas y constatar que nada es imposible de hacer par las artes escénicas.

 

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teatroamil.tv
$5000
Hasta el 31 de enero

fotografías de Michael Slobodian