“Cara de Fuego” o la magia del teatro sin artificios

Cara de FuegoLos actores parecen estar con su ropa. Jeans, poleras, chalecos. Pequeños detalles los convierten en personaje: los zapatos con taco de Amparo Noguera, los pantalones ajustadísimos de Álvaro Espinoza. La cara de todos está lavada, al natural, y el escenario carece de lo que llamamos escenografía. Una mesa grande, iluminada, sillas y unos platos, sirven de soporte a la acción. Nada más.

Eso es todo lo que necesita Marcelo Alonso para recrear “Cara de Fuego”, la premiada obra que el alemán Marius Von Mayenburg  (1972) escribiera en 1997, sobre un adolescente incendiario que termina aniquilando a sus padres y a sí mismo con un fuego purificador.

En el cuadrado de luz, sobre, al lado o debajo de la mesa, transcurren las escenas. Los padres (Amparo Noguera y José Soza), convencionales, incapaces de contener y menos entender a sus hijos adolescentes, ven con estupor como Kurt (Benjamín Westfall) y su hermana (Claudia Cabezas) crean una relación basada en el incesto y su desprecio hacia el mundo de los adultos.   

La trama sucede vertiginosa y, pese a que los actores están siempre a la vista, Alonso y el elenco consiguen crear paredes invisibles entre los protagonistas. Cuando la chica conoce a Paul (Álvaro Espinoza), un joven con moto que la saca del turbulento mundo de su hermano menor, éste, como protesta, lleva su incipiente piromanía a palabras mayores. De noche sale a incendiar iglesias, fábricas, casas abandonadas. Esto atrae a su hermana, quien se convierte en su cómplice.

Cara de Fuego

Desde este punto, la tragedia se desborda hasta lo inimaginable. Kurt no puede contener su rabia y su rebeldía, que encauza finalmente hacia sus progenitores y hacia sí mismo. El fuego es el gran símbolo. El fuego que crea y que destruye, pasión y muerte a la vez. El autor insinúa que la familia podría ser el germen de la descomposición social, llevando la disfuncionalidad cotidiana a extremos donde el diálogo no es posible.

Marcelo Alonso da vida a un montaje intenso, perturbador, severo y despojado de cualquier ruido o artificio. El elenco conmueve (los padres son extremadamente queribles y Claudia Cabezas aparece seductora y frágil) y es capaz de construir mundos a partir de su cuerpo y palabra. Sólo Benjamín Westfall se ubica en un rango menor, confundiendo la parquedad de Kurt con una sequedad interpretativa y corporal.

La mirada de Alonso rescata al actor y al texto como bases del misterio del teatro, confirmando que no se necesita nada más para crear verdad escénica. Si falta EL ACTOR, así con mayúsculas, no hay teatralidad. Es así como “Cara de Fuego” es una de los mejores  montajes de lo que va de 2009.

Recomendado para: Todos lo que quieran disfrutar de una propuesta escénica rigurosa,  de buenas actuaciones, y que busquen conmoverse en el teatro.

Cara de Fuego