La Magia Visual de Hansel y Gretel

La complejidad de incorporar a una obra teatral, en su espacio narrativo y no como aditamento, un gran volumen de imágenes audiovisuales siempre resulta peligroso, pues ambos universos, sino están bien ensamblados suelen incomodarse o subsumirse. Por lo general, si la carga visual es muy abrumadora es el teatro el que sale perdiendo. Se me viene a la memoria los últimos montajes del grupo Cinema, donde el espacio escénico queda muy empobrecido.
Por eso atrae y gusta esta sorprendente fusión de teatro e imagen visual, que dio como resultado un ejercicio estético de gran belleza

y expresividad, se trata del reciente estreno del GAM, “Hansel y Gretel”, bajo dirección y adaptación teatral de Francisco Celhay. La gran novedad de este gran clásico de los hermanos Grimm -en el fondo, un cruel testimonio del hambre y miseria de hijos pobres del campo- es que posee un arquitectura visual basada en sorprendentes proyecciones digitales, conocidas como mapping. Sin embargo, esta envolvente carga de imágenes, armoniza completamente con lo estrictamente teatral, y eso se debe a las sólidas actuaciones, y un hilo narrativo en constante evolución.
Este universo estético se desenvuelve entre dos telones casi transparentes, uno ante el espectador y otro al fondo del escenario, ambos exhiben imágenes casi simultáneamente. A eso se le suma, al medio de estas pantallas, el espacio teatral donde se sitúa la acción dramática. La operatividad simultánea de las imágenes y lo teatral, da como resultado un espectáculo colmado de situaciones mágicas, una arquitectura estética que no sólo enriquece el aspecto siniestro de la historia, sino que sorprende por su inagotable fantasía y recursos visuales.
Lo interesante es que los actores se desenvuelven en este inverosímil conjunto de imágenes de manera tan natural y convincente que causan en el espectador un extraño escozor, quien, por extensión, también queda atrapado por este curioso tejido visual. Hay escenas de fuerte impacto emocional, como por ejemplo cuando los niños son abandonados en medio del bosque porque en casa no hay comida para ellos, o cuando deciden volver a casa pero se ven imposibilitados. Los recursos técnicos en esta versión de Hansel y Gretel están desplegados, no en el sentido de ornamento, sino como extensión orgánica del mundo infantil de los protagonistas (horror, miedo, compasión).
Algunas escenas seducen por su estricta magia visual; por ejemplo cuando el papá leñador “provoca” la aparición de una hoguera para dar calor a los pequeños, o cuando asoma un enorme búho que, al parecer, simboliza la mamá verdadera de los pequeños que los protege tras las sombras, o cuando vemos un enorme pollo asado que los pequeños querrían comer (pollo, según el director, inspirado en el que aparece en el film de Chaplin “La Quimera del Oro”).
Otro aspecto que confiere dinámica y atracción al relato, es la suma de técnicas corporales que usan los actores, muchas inspiradas en la gestualidad del cine mudo, donde, en ausencia de la palabra, el actor exige a su cuerpo modular situaciones teatrales intensas e inverosímiles.
La versión del cuento, a manos del propio Celhay, es la justa para construir un relato que asombra por la conjugación de un estilo de actuación muy cercana a la imaginería dilatada de los niños, y sobre todo, por esta atmósfera de belleza y armonía entre texto, actuación e imágenes.
Mención especial merece los recursos exhibidos gracias al mapping, desplegado por Germán Gana. Lo mismo cabe para el diseño visual de la artista Margarita Dittborn (el búho, los pájaros, el bosque nocturno, los fantasmas y espíritus, entre otros, logran encantar).
Sostén excepcional de este montaje son los actores. Hansel y Gretel, interpretados por Elisa Alemparte y Jaime Leiva, despliegan una nada despreciable cantidad de recursos expresivos, además evolucionan como personajes logrando dar los tonos justos en los momentos de mayor clímax, alegría, tensión y sufrimiento.
Punto alto también es el doble trabajo de Coca Miranda, como la bruja y madrastra, siempre exacta en su maldad, nunca cae en el facilismo de ser “la mala” por antonomasia, sino que arma sus dos personajes cincelando una labor muy orgánica, además de muy lúdica, logrando con ello gran verdad escénica.
En cuanto a Guillermo Ugalde, el leñador, padre de los niños, su labor es soberbia, su voz cavernosa y sobria escala alto por su limpieza y profundidad, desde la primera escena, cuando afila su hacha, estremece. Incluso causa cierto miedo verlo con su arma en la mano, con ese andar realentado por su giba, y esa actitud de viejo achacado y vencido por su pobreza.
Esta versión de Hansel y Gretel, de manos de  Francisco Celhay, logra (con mayúscula) ser genuinamente TEATRO FAMILIAR, ya que posee un texto y dramaturgia entendible por todo espectador, una estructura visual y estética llena de magia y fantasía, y actores que lograron encajar con gran verosimilitud en ese universo. A ratos, por su perfecta arquitectura en movimiento entre teatro y cine, esta obra parece ser un gran acuario, el acuario de los hermanos Grimm renacido gracias a la mano de Francisco Celhay y su equipo.
¿Qué más se puede pedir hoy, cuando hay una exagerada segmentación en el teatro para niños? Nada, sólo asistir en familia a gozar de este bello espectáculo.

 

 

Ficha Técnica
Dirección y dramaturgia Francisco Celha.
Elenco: Coca Miranda, Jaime Leiva, Elisa Alemparte y Guillermo Ugalde Mapping: Germán Gana.
Diseño artístico: Margarita Dittborn
Diseño sonoro: Felipe Zegers.
Asistente de dirección: Matías Jordán.
Diseño integral: Jorge Véliz.
Realización escenográfica: Franciso Sandoval.

Coordenadas
GAM
Hasta el 28 dic.
Sábado 27 y domingo 28: 12, 16 y 19 horas

foto: Jorge Sánchez