Festival Fabre, el teatro como ausencia

Julio Pincheira Parra
Lic. Artes de la Representación
Actor, dramaturgo, autor escénico. Docente U Finis Terrae
Estábamos en deuda con nosotros y con una de las creaciones más portentosas del arte contemporáneo. Sí, porque la obra de Fabre trasciende el mundo de la escena o irrumpe en ella como la prolongación de una axiología donde la búsqueda estética está en el centro de su política poética. El Festival Fabre, organizado por Marietta Santi, nos permite esta interacción con el corpus textual del belga iconoclasta y enfant terrible del que habíamos tenido sólo algunas aproximaciones en nuestro insular teatro nacional. Una pulcra y acotada presentación de este autor, pero no por ello menos acertada, entrega Javier Ibacache en la introducción de la antología “La orgía de la Tolerancia”, de RIL editores: “En la actualidad, Me niego a entenderes reconocido a causa de sus performances, creaciones visuales, instalaciones, esculturas, piezas de danza y montajes de teatro con los que ha moldeado un discurso y una estética que lo ubican en la arena conceptual.”
En esta fiesta teatral, son cinco lecturas realizadas por diferentes autores escénicos que ratifican la fecunda polisemia de los textos y referencias del mundo de Jan Fabre.
“La historia de las lágrimas”, puesta en escena bajo la dirección de Raúl Miranda entrega con acierto la metáfora de la piedra angular de lo femenino que contiene y soporta lo masculino. Interesante resulta la manifestación del personaje de “La roca” a través de la multimedialidad explícita que sostiene el espacio escénico y que pende sobre la escena, pesada y precaria al mismo tiempo, como el signo evidente de la frágil hiperrealidad en la que habitamos (Baudrillard), y que Fabre constantemente interpela en su obra. Del mismo modo, es notable el trabajo actoral de Alejandro Sieveking, quien pone de manifiesto la transversalidad etárea que la sólida dramaturgia de Fabre alcanza, así como la construcción de una dramaturgia de la imagen contundente que una vez más proporciona Miranda.

“El emperador de la pérdida”, dirigido por Sergio Valenzuela es un ejemplo del Work in progress como manifestación artística válida que puede activar una dramaturgia como esta. Soslayando algunos manidos clichés ya visto desde las vanguardias futuristas (el uso de la sangre, el desnudo entre los espectadores, la dirección del devenir del espectáculo desde la misma escena, etc.), nos encontramos ante la honestidad del creador que no logra dar forma acabada al desafío de un texto de Fabre. Aunque quizás haya que decir a su favor que la evidente mirada oblicua sobre el desnudo frontal masculino que sigue siendo una fisura en el discurso pseudoprogresista, pero a todas luces conservador, de la sociedad chilena, nos lleve a valorar positivamente la instalación de la virilidad despojada, todas las veces que sea necesaria para que deje de ser provocativa y/o tabú. Valenzuela, al mostrarnos su afanoso rail de creación, por el que transitan múltiples artistas convocados y despedidos posteriormente, hace de dicho proceso
una arista de este producto final, tributario de la performance, la instalación multimedia, el painting body, la danza teatro y la escenificación del estudio
sociocrítico.
“Me niego a entender”, del argentino Cristián Drudt no deja de sorprender a quienes nos desempeñamos en el ámbito académico, ya que desde el primer instante se observa que estamos ante un proyecto de egreso y/o titulación de un grupo de jóvenes actores. No obstante, se percibe un dramaturgismo inteligente y ecléctico que nos aproxima a varios textos de Fabre, una dirección que se traduce en actuaciones personales contenidas y por ello se percibe una docencia férrea y generosa. Con el habla escénica que caracteriza a los actores trasandinos, y el desparpajo del joven que tiene todo por aprender, los textos adquieren una musicalidad fresca, irónica, urbanizando el escenario con un friso dialógico que metaforiza la decadente y solitaria sociedad contemporánea, la misma que Fabre provoca constantemente.
La historia de las lagrimas“El rey del plagio” es sin duda uno de los textos mas mordaces de Fabre. Sin ambages, plagia frases que han llegado a ser lugares comunes de la Filosofía
del lenguaje y de la teatrología para crear este rey absurdo de la vacuidad del significado, donde el significante siempre es un guiño a los divergentes discursos con que los poderes nos han colonizado (Foucault). En el horizonte conceptual del texto, laten la Fenomenología; Wittgestein; el discurso del Momo de Artaud; el “Informe para una academia” de Kafka; The Tempest de Shakespeare; la psicodelia impresionista de la lírica de John Lennon; las cartas de Mary Shelley, el pop de Elvis Presley, etc. etc. Sin embargo, se agradece en la propuesta e interpretación de Heidrun Breier, la superación de la pedantería de la erudición para alcanzar por instante una coloquial relación con múltiples niveles de comprensión. Del mismo modo, sobresalen la dosificación en los matices de actuación, la puesta en escena sin estridencias, la entrega de la palabra fabreana bajo una aparente denotatividad, pero en la que pululan las citas, la crítica mordaz y los descarados plagios. En ese mismo orden, resulta grata la apropiación de la ironía acerca de lo alemán que nos remite a Feuberbach, y hace aún más irrisorio la figura de un ángel mono que pide entrar en la historia, pero no como alemán. Breier se remite al texto y nos enfrenta a sus connotaciones con una dosis equilibrada de humor y melancolía.
Finalmente, sin duda “Cuerpecito, Cuerpecito, dime…” debiera ser uno de los montajes que trascienda a este Encuentro y permanecer en la cartelera local por algún tiempo más. La propuesta de Tomás Espinosa levanta un rito posmoderno coral allí donde el texto basal proponía un escueto y desamparado monólogo inspirado en los trabajos de Orlán, artista multimedial tan entrañable para quienes nos hemos aproximado a su vida y obra. Espinosa crea un estetoscopio escénico que nos contamina de pudicia ante los actos voyeurista de ser espectador de una privacidad, que sin desnudos literales, nos desnuda en nuestra precariedad, ya que nos somete a un primerísimo primer plano de la manipulación y disección de un cuerpo. Esta propuesta esta signada por un tempo y fineza que nos aproximan a la angustia y a la promesa radical del teatro de que “algo puede suceder acá y
yo seré testigo de ello”. Propuesta a ratos incómoda, incluso a pesar de las notas de humor negro que buenamente aporta el desempeño de Bárbara Vera, la actriz que interpreta a la “traductora” y la “visita”, pero que intersecta con una dosis de suspense y ludicidad que le hacen cautivante en algunos momentos. La distante cortesía de los gestos profesionales de la salud, el uso de los espacios abiertos y del cerrado, así como la herrumbre peligrosa de los objetos clínicos convierten la propuesta en un Living Theatre, con un sound track de Daniel Marabolí que nos aproxima a Satie, Glass o Nyman, permitiendo el despliegue corporal acertado de un actor disciplinado como Eugenio Morales.
En conclusión, el Festival Fabre es una clara lección de cómo la honestidad, la pertinacia y rigurosidad en la gestión teatral pueden generar una instancia significativa para el desarrollo del Arte Escénico, sin transitar por la parafernalia populista y farandulesca de otras entidades productoras locales. En esta línea, este proyecto nos pone ante el desafío de crear espacios y tiempos donde el teatro vuelva a ser la ausencia de respuestas y la fecundidad de preguntas, como los textos de Jan Fabre.