"Locutorio": Intensa y Bella Puesta en Escena

En "Locutorio", la  idea de Jorge Díaz fue juntar a dos ancianos (no sabemos quién visita a quién), en un espacio (no sabemos exactamente si es un asilo, hospital, casa de reposo, o algo intermedio)  que consiste en dos enormes  cajas  contiguas, hechas de vidrio. Desde el primer minuto de esta curiosa visita se produce una suerte de reflejo mutuo, donde incluso las imágenes de ambos (que logran atravesar el vidrio) se proyectan y se funden entre sí, así, envueltas en un juego ilusorio ambos van desplegando intimidades, flaquezas, debilidades, miedos, olvidos, temores y toda una rica gama de sentimientos en torno a su vida

en pareja. Más que en un locutorio, el autor sitúa a ambos en una suerte de confesionario aconfesional, destinado a desentrañar aquello que la vejez los conmina a expresar.
El director, Cristián Plana, trabaja todo el tiempo entre los límites de lo ilusorio y lo real. Uno abarca al otro como cuando dos personas se abrazan efusivamente, es un juego de imágenes de tanta perfección y calidad que el publico, azorado desde el primer minuto ante esos recursos, se deja llevar por las imágenes que se funden entre sí, en un juego espacial de calibrada belleza y exactitud visual.
Hay un soberbio trabajo de luces (de Antonio Peón-Veiga y Matías López) que logra que, por ejemplo, mágicamente Sieveking (y tres jóvenes que corporizan una extensión de la anciana) virtualmente desaparezcan del cubículo. Díaz ideó este ritual de confrontación que es casi una encerrona, porque ambos se sienten y actúan como leones enjaulados, ella incluso escribe en la pared vidriosa una frase pidiendo que la rescaten.
Ese doble juego de pareja-prisioneros, de ilusión-realidad- constituye la riqueza de este texto que navega, tal como “El Cepillo de dientes” (reciente estreno del Teatro UC) en la ambigüedad, en el esfumato teatral (como el humo, límite impreciso en los perfiles) que tanto domina el autor.
Díaz nos dice que en la vejez se da tanto como se quita, se sustrae más de que lo que se entrega, se espera mucho cuando ya hay poco que dar, aún así, siempre existe la posibilidad de dar ternura y comprensión, sobre todo porque en la vejez  los espejos rotos de cada uno están como nunca antes, más a la mano.
“Locutorio” es una pequeña sinfonía a dos voces, quejumbrosa a ratos pero siempre lúcida y descarnada. En la ancianidad, la nave de la vida está culminando su viaje, por tanto es hora de las verdades, es ahora o nunca, eso es lo inamovible en este obra; personajes que viven la urgencia de decirse todo lo que necesitan decirse antes del fin de la vida, la vejez es la hora de la verdad sin temor ni rencor, ya nada duele, solo asombra o bien causa risa.Un desafío actoral así de exigente necesitaba dos profesionales de hondo grosor emocional, capaz de dar letra gestual a esta dura travesía, algo que se logró plenamente con la notable e intensa Millaray Lobos y el magistral y severo Alejandro Sieveking, Lobos compone una anciana vetusta y monocromática (su imagen evoca al actor Anthony Perkins en “Psicosis”, cuando se disfraza de su anciana madre), su modulación tenebrosa, su realentado ritmo gestual y sobre todo esa vigorosa maniobrabilidad escénica que logra en tan pequeño espacio, asombra a los espectadores cuando pasa de una edad cronológica a otra.
Juntar a una actriz joven y un actor de la trayectoria de Sieveking es un gran logro de Cristián Plana, no quiso ser obvio y rompió la arquitectura natural de la pieza (poner dos actores mayores que es como lo pensó Diaz), quiso ir a la espesura de la magia actoral y desde esa infinita selva traer nuevas piezas de oro para goce del público, supo mezclar un exquisito licor añejado (Sieveking), con un brebaje nuevo de exquisito aroma y sabor (Millaray). Esa mezcla generó un fascinante viaje hacía la fantasía teatral.
Sieveking trabajó el personaje como un niño arma un rompecabezas, pieza a pieza, sin perder nunca el sentido y compromiso de su tarea, es un genuino creador de singular paciencia y honda calidad interpretativa. ¿Hizo de él mismo? no lo sé, quizás sí, lo que importa (el resultado que vimos) es que logró componer la vida de este anciano extrayendo de sí mismo aquello que lo empatizaba con el personaje, ese material lo usó no como catarsis ni exorcismo sino como creación genuina (el oro de la selva actoral que quería Plana), se esculpió a si mismo con sencilla naturalidad. 
Millaray hizo exactamente lo contrario; siendo joven se inventó una vieja de perfiles cinematográficos, lo notable (otro talento de Plana, la dirección actoral) es que ambos se complementaron maravillosamente, nunca desafinaron, siempre armonizaron sus cuerdas teatrales. Al final, cuando él la toma a ella (que en realidad es una proyección de su imagen modulada por el vidrio) con suma delicadeza y ternura, revela cómo estos excelentes “músicos” calibraron entre si sus composiciones ante el ojo inteligente de Plana, un director teatral que asombra en cada trabajo, seduce al público porque domina cada vez mejor el lenguaje de la imaginación teatral.

 

 

Ficha Artística
Producción del GAM
Dramaturgia: Jorge Díaz
Puesta en escena: Cristián Plana
Elenco: Alejandro Sieveking y Millaray Lobos
Coro: Katherine Maureira, Francisca Hono y Simone Muñoz
Asistente de escena: Valentina Narváez
Escenografía Sebastián Irarrázabal
Realización: Ricardo Carril
Diseño sonoro y música: Diego Noguera
Vestuario: Angela Gaviraghi
Iluminadores Antonia Peón—Veiga y Matías López

Coordenadas
GAM
Hasta al 17 de junio
Miércoles a sábado a las 21 horas
$ 6.000 Gral. $ 3.000 Est. y 3ed.