"Locutorio", o el Juego de Reflejos de Cristián Plana

Cristián Plana es uno de los directores chilenos más destacados de las nuevas generaciones. Su capacidad para crear atmósferas, trabajar el ritmo y cruzar la realidad con simbolismos capaces de disparar las interpretaciones, convierte cada trabajo suyo en una invitación a sorprenderse. Así fue con “Castigo”, “Pedro Páramo”, “La señorita Julia” y “Bendita sea tu Pureza”.  Plana se hace cargo de una obra de Jorge Díaz, prolífico autor que murió hace una década. Se trata de “Locutorio”, también titulada “Contrapunto para voces cansadas”, escrita en 1976 y estrenada en 1977.
La obra muestra a dos ancianos, un hombre y una mujer, al

parecer dos separados esposos que se se encuentran en un locutorio. No se sabe quién visita a quién, y el texto de a poco va revelando que la confusión es más que esa: de la duda que ambos personajes tienen sobre si el otro está preso, en un manicomio o en una casa de reposo, se pasa a la posibilidad de que, pese a que fluyen los recuerdos de una gastada vida en conjunto, cada uno finja por compasión o hastío y, en verdad, jamás hayan sido pareja.
Plana toma opciones decidoras: ubica a los protagonistas en dos cubos de vidrio enfrentados, por lo que pueden verse y capaz tocarse. La iluminación, a cargo de Antonia Peón -Veiga y Matías López, colabora al juego de ilusiones dado por los innumerables reflejos que vienen y van. A veces los personajes parecen tocarse, abrazarse, olerse. Se crean niveles de engaños ópticos que subrayan los equívocos que revela el lenguaje. El público se llega a preguntar, por momentos, si no habrá algo más (o alguien) oculto en los cubos.
La otra opción es poner a dos actores de diferentes generaciones, Millaray Lobos como Elisa, y Alejandro Sieveking como el anciano que se para enfrente.
Ella y su cubo están en primer plano en la mirada del público, detrás se asoma Sieveking. Él ofrece un trabajo sólido en su contención, con su fraseo característico tocado por la emoción del ¿reencuentro? con Elisa, su mujer.
Por su parte, Millaray Lobos pone en juego su habitual intensidad interpretativa en la construcción de una anciana. Solo apoyada en una peluca canosa, la actriz usa su cuerpo en una suerte de danza donde destacan sus brazos y manos. A ello se suman los matices de su voz, a veces cascada, a veces joven. Y, por supuesto, las extensiones de Elisa que de pronto se asoman en el cubo.
La mezcla de Sieveking y Lobos es afortunada, ya que ambos, con sus cuerpos e interpretaciones colaboran al juego de espejismos propuesto por el director.
“Locutorio” es un juego de espejos, evocaciones y reflejos, que atrapa al público. A ello colabora, además de lo anterior, el espacio sonoro creado por Diego Noguera, que abre otra dimensión evocativa.
En esta puesta en escena todo es, pero no es. O, mejor dicho, puede ser una pista de otra cosa. Con su dirección, Cristián Plana da nuevas lecturas al texto de Díaz, lo abre a posibilidades de reflexión no dichas, lo profundiza y hace más complejo de lo que parece en el papel. Que mejor homenaje que revelar diversas texturas de una obra escrita hace 40 años.