Amor en los Tiempos de la Depresión

No es común que el teatro trate temas relacionados con el mundo de la medicina. El último trabajo que recuerdo fue la obra de “Turno”, de Emilia Noguera, su tercera pieza como autora, en el Teatro del Puente en 2012. Por eso sorprende la tremenda osadía y arrojo de la autora británica Lucy Prebble (1981) al escribir “El Efecto”, pieza que aborda el amor en tiempos de la medicación contra las depresiones y ya ha sido montado en más de diez países, con sobrado éxito de público y crítica.
La pieza acaba de ser reestrenada en el Teatro UC (ya estuvo en

la temporada pasada) bajo dirección de Ana López Montaner e interpretada por Alejandro Castillo, Ximena Carrera, Emilio Edwards y Alejandra Díaz. La anécdota es muy simple. Cony, estudiante de psicología y el arrebatado joven Tristán, aceptan ser conejillos de indias, pagados, de un poderoso laboratorio de fármacos que quiere probar los efectos de una nueva generación de antidepresivos. Así, ambos se someten a pruebas para calibrar el efecto bioquímico que tendrá en sus organismos.
Hasta ahí todo bien, todo ajustado a los protocolos rigurosamente seguidos para estos eventos, pero surge un asunto que nadie puede preveer. Cony y Tristán se enamoran, o bien se gustan, o sólo se atraen, o solo es una calentura provisoria (como toda calentura). Lo cierto es que sus “químicos eróticos”, que se elevan a una velocidad de auto de fórmula 1 sobre una pista jabonosa, desatan en ambos una curiosa crisis acerca de que si “eso” que sienten es producto de los efectos de las pastillas que están ingiriendo o bien es sencillamente amor. El más común y elemental de las fuerzas motrices de la naturaleza humana.
Más allá que el amor libere dopamina, serotonina y oxitocina, ellos, bajo el embrujo de ese arrebato que los acalora, buscan respuestas, se auto exigen saber la verdad.
La pieza está escrita en dos niveles dramatúrgicos y un sustrato interior que los atraviesa. Un nivel es la prueba médica en sí, dos doctores (hombre y mujer, ex pareja que también viven su propia historia de amor) que están a cargo de los exámenes. El otro nivel es la marea amorosa que ataca a la pareja de jóvenes, ellos se sienten tan sobrepasados por ese intenso fuego que los quema que sobrepasan las normas de disciplina que exige la prueba médica.
El sustrato interior que atraviesa esos dos niveles -que es la riqueza de la obra, su preciada originalidad, su rico fermento teatral- es que aborda la naturaleza del amor en tiempos de mucha depresión (y de automedicación) como es el que vivimos, los trastornos que provoca amarse en una época casi pesadillesca donde el amor se vive a velocidad de crucero, creando amores de plástico, rompibles, desechables, más utilitarios que otra cosa.
Al final hay una escena de gran hondura, que denota la calidad literaria de esta pieza, me refiero a aquella donde el psiquiatra analiza todos lo tipos de amor que, según él, existen: el amor familiar (que nos es dado, que no elegimos), el amor pasional (que prende y se apaga como todo fuego) y el otro, el que atraviesa toda empalizada formal, todo conflicto y se erige como el más sincero, apreciable, el más duradero.
Lucy Prebble aporta además a la pieza con el llamado efecto placebo (nos hace bien “algo” que no debería hacernos nada, es decir, el valor de la autosugestión) y algo muy humano; la trampa médica.
Otro componente que dota a la pieza de una belleza y calidad escénica notable es la precisa y ajustada dirección de Ana López Montaner, quien instaló su cosmovisión en la clásica ambientación de los ambientes médicos, siempre ascéticos e impolutos, llevado a escena lo tradujo a espacios vacíos, zonas libres para desplegar movimientos y choques actorales libres de cualquier tipo de mueblería. Estos horizontes escénicos se ven excepcionalmente pulcros gracias al diseño de Camila Rebolledo y Flavia Ureta, dúo que logra un estándar de equilibrio de gran impacto visual.
El ritmo impuesto por la directora se asentó en la relación de ambos jóvenes enamorados, son ellos los que dan al montaje dirección, sentido, velocidad, pero eso tiene sus costos; a ratos sucede que a los protagonistas no se les entiende casi nada de lo que hablan dada la velocidad de sus parlamentos, muchos de sus movimientos son a velocidad de cuerpos químicamente perseguidos.
Curiosamente, el espectador acepta que, más allá que a los protagonistas no se les entienda lo que dicen, lo que importa acá es que ambos son víctimas de los químicos que ingieren y de sus “locos” deseos de amar. Esa cobertura (el amor ante y sobre todo) está tan bien tejida en la concepción del montaje que lo otro (lo que no se entiende) no atenta contra nada esencial, y si atenta, al final gana el placer de verlos y no la razón de verlos.
No podemos dejar de señalar las bellas imágenes que se proyectan al fondo del escenario; cerebros, células, microorganismos etc. trabajo notable de Max Rosenthal, que da al espectáculo un aire moderno y digital que embellece las bases dramatúrgicas de este montaje.
Alejandro Castillo, que aborda el rol de psiquiatra, es de esos actores enjutos, sólidos, que nunca inundan su rol de excesos, siempre luce fervientemente centrado en la dirección más correcta que le inspira su personaje, siempre los aborda desde la serena autoridad que le da el oficio, está sencillamente correcto en el papel. Señalemos  una de sus escenas más logradas: la del monólogo con el cerebro en la mano, apabullante en el despliegue de sus dotes actorales.
Ximena Carrera, doctora también, al revés de Castillo, despliega una pasión y compromiso que denota un dominio inteligente de sus recursos actorales; exuda una exquisita presencia escénica e inteligencia teatral de principio a fin (se le entiende todo, se luce en los tiempos y ritmos de sus diálogos), calibra todas sus reacciones con la mejor de todas las reglas; la de la empatía con su personaje.
Emilio Edwards y Alejandra Díaz, los jóvenes conejillos de indias, logran una afinidad de gran histrionismo, sus roles, tejidos con desmesura y voluptuoso compromiso actoral, están tan imbricados que son como una sola voz actoral con dos tonos distintos. Ambos escalan con gran entrega todos los escalones que les impone la dramaturgia de “El Efecto”, logran “amarse” más allá de toda química toda calentura toda pasión juvenil.
La mejor conquista que cincela esta pareja de actores en el corazón de los espectadores es que logran con gran verosimilitud que el amor triunfe…el resto es literatura (de la buena en ese caso).   
 

 

 

Coordenadas
Teatro UC
Funciones hasta el 8 de julio
Miércoles a sábado 20 hrs.
Edad recomendada: desde los 14 años.