Stgo a Mil: La Irrefutable Contundencia de "Tala"

Cuatro horas no son nada cuando se trata de una propuesta teatral de la magnificiencia de “Tala”, del director polaco Krystian Lupa. Y nada importa que el teatro Municipal no se hubiera llenado y tampoco que muchos asistentes abandonaran la sala en el intermedio. Se trata de una obra contundente, que usa el cansancio de los intérpretes y del público para dar cuenta del hastío existencial, y creativo, que atraviesa la controvertida novela homónima del austríaco Thomas Bernhard. Publicado en 1984, el libro recoge un episodio autobiográfico que generó acusaciones de calumnias de todos los que se reconocieron en sus páginas.

Pero acá está, en formato teatral y abrumadoramente vigente.
La trama se centra en una reunión de artistas, que hace muchos años no se ven y que vuelven a reunirse luego del suicidio de Joana, una amiga común que fracasó tanto en el teatro como en la danza. Durante la reunión quedan en evidencia diversas fisuras que los ubica a años luz de lo que fueron: sin utopías, vinculados con el poder cultural de turno, bastante snobs y preocupados del qué dirán. El alter ego de Bernhard, que poco participa en la cena, da cuenta con afiliado ojo de todas las miserias que surgen a la luz. Ya no son artistas libres, sino simples seres encadenados a las formas, el parecer y los poderosos de turno.
La puesta de Lupa es grandilocuente. La escenografía, diseñada también por él, es una gran caja de vidrio que recuerda un acuario y que contiene diversos ambientes: la sala de estar, el comedor, el departamento de Joana. En la parte de arriba de la estructura hay una pantalla, donde se proyectan imágenes en video que complementan la escena. Hay que recordar que el libro está escrito como testimonio del alter ego de Bernhard, por lo que se permite flashbacks y también poner ante los espectadores lo que no se ve (como las conversaciones de dos jóvenes escritores tiene en el baño, mientras fuman).
La acción comienza con la proyección de una entrevista a la suicida, quien habla del fracaso de su taller para actores del Teatro Nacional. Luego vemos cómo llegan los contertulios a la casa de los anfitriones, una cantante y un músico ya maduros. Dos escritoras (una de ellas fanática de Virgina Woolf) en la cincuentena, dos escritores más jóvenes, el novio de Joana y el narrador. No se puede comer, porque la dueña de casa espera al protagonista del montaje “El Pato Salvaje”, de Ibsen, éxito de la cartelera local. Entonces la conversación da vueltas por diversos derroteros.
De a poco el espectador se va haciendo parte de la abulia que marca a los reunidos, además de conocer a Joana, quien fue alcohólica y musa del escritor-narrador.
De vuelta de los 20 minutos de intermedio, la acción sigue donde quedó. Esta vez pasamos a la mesa con los invitados, ya que por fin llegó el famoso actor que todos esperaban. Sopa de papa y un pescado son los platos que componen el menú, que se sirve a la una de la mañana, ante el escándalo de la cocinera.
En la mesa la abúlica conversación se pone álgida, tensión que alcanza el peack en la sobremesa. Los rostros cansados de actores y actrices, el cabello despeinado, los cuerpos desmadejados sobre los sillones encarnan una a una las reflexiones que hace Bernhard.
Si la primera parte contextualiza al público, la segunda lo sumerge de lleno en las contradicciones de los protagonistas y en los pensamientos sobre si es posible que las cosas sean diferentes. Al parecer, y lo demuestra el final de la obra, estamos condenados los seres humanos a vivir armando y desarmando relaciones donde el cinismo y la oportunidad son un gran aliciente. No escapan de eso los artistas e intelectuales que se debaten en querer ser reconocidos por su creación y serlo por las redes que son capaces o no de armar.
Una obra grandiosa, sin duda, que avanza con su propio tempo, que no se apura en la entrega y que consigue que el público asista a esa cena prácticamente en tiempo real, para cansarse y abismarse junto a los contertulios.
El teatro, y la creación en general, no puede tener reglas de cómo debe hacerse y menos de duración. La obra, la que sea, debe atreverse a ser lo que es. Ni más ni menos. y en relación a eso, recuerdo las palabras dichas por Mauricio Barría, académico de la U, de Chile, en un conversatorio: "La mayor trampa del sistema es hacernos creer que hay que ser rápidos y eficientes".