"Sayonara" o la Delicadeza de la Reflexión Poética

A “Sayonara”, la difundida obra de teatro en que un robot comparte escenario con una actriz -en cartelera en GAM hasta el domingo 25  de marzo- hay que enfrentarla despojados de expectativas y prejuicios. Se trata de una obra corta, de alrededor de 25 minutos creada por Oriza Hirata, que se inscribe en una cultura muy diferente a la nuestra, la japonesa. Y esa es la gran razón para acercarse a ella con todos los sentidos abiertos, sin esperar nada desde nuestra tradición occidental.
En una primera parte, Leona, una Geminoid F que puede hablar y reproducir expresiones faciales, lee poemas a su dueña, una

mujer enferma terminal. Ésta, llamada Tania, dice que tal vez ahora puede entender por qué su padre se la compró alguna vez. Leona recita poemas japoneses, y también de Rimbaud y Carl Busse, todos referidos a la ausencia, la soledad y la partida.
Ellas hablan de forma contenida e instalan una gran desolación en el escenario. No hay llantos ni dramas, solo las palabras y la presencia de una androide enfrentada a una mujer.
Luego de un apagón aparece Leona sola, su humana ya ha muerto. Entonces entra un técnico quien cree que está dañada, pero luego cambia de opinión. Hay humor en este fragmento, ya que el técnico es tan real como burdo.
Finalmente, decide mandarla a Fukushima, donde no pueden entrar los hombres por la radiación, para recitar poemas a los muertos. Leona aprecia que su existencia siga teniendo un sentido.
La fascinación de Japón por las criaturas inanimadas es antigua. Primero fueron los bunrako, marionetas que alcanzaron gran sofisticación a fines del siglo XIII, pudiendo mover ojos, labios y cejas, además de realizar complejos movimientos físicos.  Ahora son los robots, que forman parte de la vida cotidiana de los japoneses: cuidan ancianos, hacen reír a grandes y chicos como perritos o focas, conducen grúas y retroexcavadoras, dan información.
La Geminoid F de “Sayonara” es un modelo de 2010, fecha en que se estrenó la obra. Ahora las hay mucho las realistas de rostro y con expresiones humanas más delicadas.
Otro aspecto clave es la fascinación de los japoneses por la poesía. Los haiku son una forma poética desarrollada desde tiempos antiguos y consolidada en el siglo XVII. Lo intercambian los amigos, los rivales, los enamorados…en fin. Hacer poesía es una gran virtud para los japoneses, incluso los actuales.
Así, en ese contexto, es dable pensar que sólo los japoneses pueden considerar importante el acto ritual de leer poesía en una zona devastada. Y no ser trata de un acto artístico, sino de uno vital.
Entendiendo lo anterior, “Sayonara” es una delicada manera de hablar de lo que es un ser humano. ¿Es llorar? ¿Es tener subjetividad? ¿Es disfrutar con la poesía? También toca la disyuntiva de la humanidad androide. ¿Puede un robot sentir como una persona?
Los temas surgen de los silencios y las palabras que resuenan, no son expuestos explícitamente. En escena hay contención, mesura y, en el primer fragmento, una aparente frialdad.
“Sayonara” demuestra que el arte escénico no debe ser de una manera ni de otra, ni tener una extensión u otra. La magia puede estar en una trama tan complejamente sencilla como la que nos presenta Hirata.