"El Presidente": Mordaz, atractivo y vigente

Thomas Bernhard fue un poeta, novelista y dramaturgo austríaco, quien en sus obras revela una relación de amor y odio con su patria. Es un autor antinacionalista y absolutamente desconforme con la sociedad en que le tocó vivir, lo que ha revelado en piezas de teatro como “El Reformador del Mundo”, “El Ignorante y el Demente”, y en obras narrativas como “Tala” y “Corrección”, aparte de varios textos autobiográficos. Sus líneas derrochan sarcasmo y una mirada negra a su tiempo.
En “El Presidente”, escrita en 1975, la más política de sus obras, muestra la relación entre un dictador atemorizado por diversos

ataques anarquistas y el pueblo, representado por los empleados de su casa. Se trata de una ácida revisión a la intimidad de un dictador de extrema derecha, un fascista que tiene una amante joven y que no tolera a su esposa.
Se estructura en dos intensos monólogos, que ocurren después de un fallido atentado al presidente, donde han muerto un coronel y el perro de la Primera Dama. En la primera parte es la voz de ella la que mueve todo, hablando sola y también con sus empleadas, incluyendo un cambio de roles con la más cercana. Su tema es el atentado, la inseguridad y la soledad del poder, y la absurda idea de que la clase dirigente es distinta -mejor, obviamente – que el pueblo. Se evidencia borracha de poder, atada al capellán de carabineros tanto como a sus caprichos de mujer poderosa.
La segunda parte es del presidente, quien a solas con su amante -una joven actriz sin talento - da rienda suelta a irónicos comentarios sobre sus cercanos y se muestra como un ser engreído y borracho de poder. Todo es posible para él, nada lo detiene, nadie lo bajará de su pedestal. Resulta patético y risible, aunque también genera angustia que un ser como él esté a cargo de un país.
Ambos monólogos son grandilocuentes y al borde del ridículo, develan entre líneas una paranoia justificada. Saben que la traición se cultiva entre sus cercanos, e incluso se habla de que su hijo tuvo que ser enviado al extranjero por haberse vinculado con los subversivos.
La puesta en escena de Omar Morán, que ya montó “El Reformador del Mundo” en 2010, tiene a Catalina Saavedra y Guilherme Sepúlveda como protagonistas. De tono realista con toques simbólicos, como la grandilocuente escenografía (de Rocío Hernández, al igual que la iluminación) con toques romanos e incluso una columna que atraviesa la estancia en la segunda parte, la obra captura el interés del público. Morán logra que el caudaloso texto fluya de la mano de la imagen, que entrega matices al discurso final. También maneja de manera orgánica a los actores que, en su conjunto, permiten que fluya el trasfondo de cada escena.
Catalina Saavedra impecable, histriónica, va desde la matrona autoritaria a la pobre mujer ansiosa y angustiada. A su lado destaca Carolina Jullian, de fuerte presencia y hermosa voz. Saavedra ocupa el escenario, el espacio, la escena, dándole sentido profundo a sus palabras. Guilherme Sepúlveda (“Pompeya”, “Inútiles”), en tanto, hace transitar el texto por su cuerpo. Así, lo vemos corporalmente en alerta, burlón y sardónico. A su lado, Daniela Castillo (“Bowie”) compone una joven actriz decadente y jalera, también desde la corporalidad, que trasciende lo realista para asomarse a los personajes de las películas mudas.
¿El único pero? Que Sepúlveda no solo se ve joven como para ser el marido de Saavedra, sino que también para dar cuerpo a un dictador decadente, lo que complota con la recepción final de la puesta en escena.

 

Coordenadas
Teatro Nacional Chileno, Sala Antonio Varas
Hasta el 29 de septiembre
Jueves a sábado, 20 horas.
$7.000 general, $4.000 estudiantes y tercera edad.
Jueves popular: $3.500 (precio único)
Reservas al fono (2)29771701