El Golpe Bajo de La María

La María es una compañía que, desde sus inicios, con La Trilogía Negra (“Lástima”, “El Apocalipsis de mi Vida” y “Trauma”), ha usado el humor negro y cruel para comentar la sociedad y el mundo en que vivimos. Con casi 18 años de trabajo, se mantiene fiel a un discurso ácido y poco complaciente. Ahora, con dramaturgia y dirección de Alexis Moreno, estrenó “Fe de Ratas” en el GAM, donde su mirada se detiene en los abusos sexuales cometidos por sacerdotes de la Iglesia Católica.
La acción parte con una introducción a modo de lectura penitencial, leída por parte del elenco en tono a una mesa con sillas, 

prácticamente la única escenografía. Entre lo que se dice hay una referencia a que no consiguieron financiamiento para el diseño escenográfico que querían, lo que saca risas del público, además de pedir disculpas porque el comienzo se parece demasiado a una realización de cierto cineasta. 

Luego, en una escena despojada, vemos a un cura (Elvis Fuentes) enviado por el Vaticano a intervenir un hogar de menores, curiosamente llamado de la misma manera, donde el obispo (Manuel Peña) que lo dirige es acusado de violar a niños haitianos refugiados. Todo sucede mientras la comunidad planifica un actor de homenaje al prelado, por su abnegada labor social y su trabajo político durante la dictadura. Hay dos monjas gemelas y extranjeras, interpretadas por Alexandra Von Hummel, y otro cura que parece no entender lo que sucede (Rodrigo Soto).
Una carta, donde el niño haitiano relata descarnadamente las violaciones sufridas a manos del obispo, cae en manos de una de las monjas. La crudeza de relato hace que ella se suicide.
El obispo se defiende. Dice que los niños están gorditos, que comen bien, que sus caras han cambiado desde que llegaron. Insiste en que él no abusó al niño, sino que le dio amor, que le hizo cariño. “Yo lo amé”, enfatiza.
Para que lo sucedido no salga a la luz, deciden comprar a la familia del niño haitiano y buscan la asesoría de la chica Ortúzar (Daniela Fernández), cabeza del SENAME de una comuna periférica. Hay una confabulación en el silencio, un ocultar el delito actuando como una hermandad mafiosa.
El obispo y la mujer del SENAME se conocen y hacen tratos poco nobles: él les recibe a los asilados más difíciles y ella les pide a estos niños (representados por el actor Juan Galvez) que hagan “trabajitos” poco santos.
La monja sobreviviente, que no puede dormir por todo lo que sucede y que es una especie de sirvienta, de pronto despierta con la certeza de que Dios no existe. Sueña con Marx y entiende que Dios es una invención de unos cuantos y cuyo objetivo es solo ser un argumento para oprimir. Su monólogo es una especie de pausa en la acción, un discurso que aboga por el escepticismo.
“Fe de Ratas” es un golpe bajo. Un restregar las miserias de la iglesia, que tanta noticia han hecho recientemente, en las narices de los espectadores. Se trata de un texto crudo, sin eufemismos, que revela la doble moral de “los representantes de Cristo en la tierra”. Hay pasajes fuertes, es verdad. Los protagonistas son un puñado de seres viciosos e inmorales, que juegan con el doble estándar y utilizan su “supremacía espiritual” para satisfacer sus más bajos deseos de poder y carne fresca.
Se trata de una obra que incomoda, que saca ronchas, que no deja a nadie indiferente. Solo el texto de la monja se siente fuera del total, aunque está estupendamente actuado por Von Hummel y recuerda a otros momentos similares en otras obras de La María. Demasiado evidente su contenido, esta vez.
Las buenas actuaciones del elenco, elemento que siempre está presente en las obras del grupo, construyen situaciones que imaginamos no muy lejos de la realidad. Y si bien es cierto que hay un riesgo al hablar de lo que está sucediendo, también es verdad que el humor negrísimo que destila “Fe de Ratas” sirve para que el espectador se haga cargo, en toda su magnitud, de lo que ha estado pasando durante décadas.
No es una falta de respeto, y menos un atentado a los creyentes, como más de alguien puede creer. Se trata de un teatro que toma un aspecto oscuro de la realidad y lo amplifica para remecer la conciencia del espectador. Lo que muestra La María es monstruoso, y nadie puede negarlo. Lo que muestra La María sin anestesia, es la paradoja de una iglesia que daña mientras alaba a Dios. Es la ridiculización de una confabulación silenciosa, protagonizada por seres grotescos.