Poder y Género v/s ambición Humana

Del poder y el género habla “Doble o Nada”, obra de la mexicana Sabina Berman que estará en el Teatro Municipal de Las Condes hasta el domingo 25 de noviembre. Uno de los atractivos de la puesta, dirigida por el español-argentino Quique Quintanilla, es la presencia del premiado actor argentino Miguel Ángel Solá, quien está acompañado por la española Paula Cancio, su pareja en la vida real.
La obra, que en 2014 la pareja estrenó en España bajo el nombre de “Testosterona”, muestra el encuentro de Ricardo, director de un diario, con Micaela, joven y atractiva subdirectora del área digital.

Ambos esconden un pasado común: él fue su profesor en la universidad, y ella siempre lo ha admirado y amado platónicamente. Tan fuerte es su lazo, que una vez terminada la universidad Ricardo la llevó a trabajar a su lado, para formarla profesionalmente. Así, ella partió como becaria (alumna en práctica) y luego de 6 años ocupa un puesto directivo.
En esta entrevista, Ricardo -que está gravemente enfermo y con su matrimonio en crisis- ofrece a su ex alumna algo difícil de rechazar: la dirección del diario. Claro que debe competir con Batata, un colega con 20 años de trayectoria que se caracteriza por un estilo autoritario y malas prácticas laborales. Ricardo le hace ver a Micaela que su vida íntima, poco convencional para el consejo directivo, podría dificultar su ascenso.
Entre ambos hay tensiones de distinto tipo que complican la conversación. La innegable atracción sexual se suma a las diferencias hombre-mujer en el medio laboral, y también a los choques en cuanto a cómo debe ejercerse la autoridad.
La obra instala temas como la ética laboral, la diferencia de trato y oportunidades que viven hombres y mujeres, además preguntar hasta dónde es legítimo llegar por conseguir poder. En esta trama, tanto él como ella muestran lo peor de sí mismos. Ninguno de los dos puede ser absuelto.
El texto es algo rocambolesco y excesivo en dobles y triples intenciones. Y, si bien sabemos que la realidad supera la ficción, la pluma de la autora no consigue convencer del todo. Es efectista al máximo, poniendo todo lo imaginable -bueno y malo- en cada personaje.
Lo que sí funciona son las actuaciones. Solá y Cancio llevan muy bien el peso del decir y dejar entrever, solo a través de sus palabras. Teatro de texto, de actores, situado en una anodina oficina, como cualquiera. Ella, en un estilo realista contenido, se pasea con precisión por diversos registros emocionales: del desparpajo a la timidez. Él, en un tono muy argentino, transita por una montaña rusa de estados y una gestualidad desbordante, donde cabe el mentor, el villano, el padre, el amigo, el mentor, entre otros roles. La energía de ambos fluye y se retroalimenta, articulando muy bien las distancias y cercanías, así como también las atmósferas.
Atractivo es el enorme ventanal (símbolo de las regalías del poder) que preside la escena, a lo que se suma una iluminación inteligente. Extraño parece que el sofá esté tan lejos del escritorio, situación que obliga a los actores a caminar de acá para allá.