¡Malditos adultos!

“#Malditos16” es una interpelación a los adultos. Y a las presunciones de firmeza de nuestra construcción identitaria como sujetos. La obra moviliza e intenta gestar desestabilización de lo que se asume como natural respecto a la vivencia de la adolescencia. Interdram ha realizado una interesante y delicada labor de adaptación del texto. La dramaturgia de Nando López se desarrolla en íntima relación con su rol como activista LGBT. El autor en sus redes sociales, y otros espacios, explicita su postura. En su obra, tanto narrativa como en la dramaturgia, ese compromiso también se manifiesta y construye una poética muy

singular. Por esto, el desafío de montar la obra en Chile era significativo. En el texto original se emplea a menudo modismos del castellano peninsular, que son muy representativos de tal lugar. El ejercicio de desterritorialización de la propuesta dramatúrgica, y la adaptación a la realidad lingüística y cultural de nuestro país, fue efectuada con elegancia y sutileza. Hay detalles evocadores y que emocionan. Felicitaciones por esto.
En cuanto a los aspectos técnicos, cabe mencionar el uso del espacio y la constitución de dos localizaciones diferenciadas, que recibían iluminación distinta de acuerdo a los énfasis que se quisiera sugerir: esto posibilitaba una “lectura” de las secuencias temporales que el autor pone en juego en su dramaturgia, y la constitución de una suerte de planos tempo-espaciales superpuestos y coexistentes. Un acierto el modo de resolver aquello.
Digna de destacar es la forma en que la actriz que interpreta a Naima hace uso del vestuario. Convence en la resistencia que ejerce y a su vez, en la fragilidad de la construcción del personaje. Sus secuencias de movimiento, y el uso de los hombros y torso contribuyen enormemente en esto.
Una interpretación que se puede potenciar aún más es la de la actriz que encarna a Ali. En su monólogo es brillante y captura nuestra atención, mostrando una potencia expresiva enorme. En contraste con ello, hay momentos en la obra en que esa fuerza se diluye un poco, pero ciertamente es algo que puede mejorar.
Si la muerte fuese parte del ciclo vital, en nuestra cotidianidad, y se construyera connotada con valoraciones menos tabú, quizá el suicidio adolescente se podría interpretar y sentir de otro modo. Sin embargo, como en nuestra cultura la muerte no forma parte la lógica vida- muerte- vida que en otros contextos geográficos es real, todo lo relativo al suicidio adolescente es a menudo invisibilizado, a pesar de su prevalencia y presencia en todos los niveles socioeconómicos. El pudor, la vergüenza y la omisión hacen un flaco favor a la hora de establecer una relación sana con el asunto. De acuerdo a lo anterior, qué suerte tenemos de que se presente en Chile este montaje, y ojalá pueda itinerar a regiones, ya que este es un mensaje atingente y pertinente en todo lugar, no sólo la capital.
Hablar acerca de la adolescencia en Chile implica hacer visible lo que intentamos ocultar como sociedad, además de nuestras tensiones no resueltas: una primera infancia que tiene la peor salud mental del mundo, adultos que viven al límite y ansiosos, altas tasas de depresión y una política pública que no se hace cargo de la salud mental del país. Entonces, presentar "#Malditos16" es perentorio y contribuye enormemente, abriendo la posibilidad de que se debata y abra una discusión acerca de qué queremos como país para nuestros jóvenes.
Esencial es la decidida, sensata y mordaz crítica hacia el modelo biomédico, que no permite que los especialistas brinden respuestas mínimamente satisfactorias a los adolescentes de la obra. Más aún, en el caso de Dylan, y su experiencia trans. Es maravilloso que se ponga de manifiesto con una postura muy clara y vehemente el descriterio del endocrino, y de los psicólogos que le dijeron que tenía trastorno de identidad, o que era esquizofrénico. Ellos pusieron en primer lugar sus concepciones teóricas respecto al ser humano que tenían al frente, negando su autodeterminación y rol como sujeto ético y político. La reivindicación que se plasma en escena es sumamente necesaria, pues aún hay personas que siguen pensando de acuerdo a lo establecido en CIE 10 o los DSM antiguos, en los que las categorías diagnósticas prevalecían por sobre la experiencia de las personas.
La obra es efectiva en cuanto a situar la idea de que el género es una construcción, y que la vivencia de una persona trans es compleja, por las barreras simbólicas que debe enfrentar. Se posibilita la identificación con otros personajes. Por ejemplo, con Naima y su vivencia de una erotización excesiva y abusiva cuando menor de edad. También respecto a la hostilización que experimentó Ali, y cómo se desencadenaron trastornos alimentarios: esto es sumamente relevante, pues a través de la prensa se ha conocido casos similares acaecidos en Chile.
La pregunta que surge es si esta obra puede o no generar transformación real. Quizá no sea su responsabilidad. No obstante, sí logra operar como un dispositivo analítico que tensiona nuestra subjetividad y moviliza nuestra cultura, articulando nuevas posiciones de sujeto y apertura de posibilidades de existencia, y es menester destacar esto.
En síntesis, es conveniente que todos los padres y educadores concurran al teatro. También, será constructivo ir en familia a presenciar la obra. De un modo muy franco, y al mismo tiempo sin un afán moralizante, excesivamente crudo, o sobreactuado, se aborda una temática necesaria. Que ocultamos, y que, sin embargo, se encarna en cuerpos vulnerados y vulnerables: los de nuestros adolescentes. Por todos aquellos que sí han muerto, cobra relevancia sacudir conciencias y objetar el adulto-centrismo actual. Para que mirarlos sea factible. Para que evidenciarlos sea la única opción… ¡Hay que hacerles presentes!