"Muerte accidental de un anarquista": delirante y visionaria

Escribí este comentario antes del 18 de octubre y, por supuesto, el contexto actual hace que tenga que revisarlo parada en otro lugar. En el primer texto hablaba del supuesto suicidio de la activista Macarena Valdés, el montaje en torno a la muerte de Camilo Catrillanca, las clases de ética de los culpables en el caso Penta, y también de la impunidad en que suceden todo tipo de tropelías como las mencionadas sin que nadie se haga cargo. Lo único positivo -decía- es que ahora estos hechos se dan a conocer y obtienen una sanción pública.
A las luces del remezón social que estamos viviendo -con protestas,

marchas pacíficas, vandalismo y una vida cotidiana alterada absolutamente- “Muerte Accidental de un Anarquista”, de Darío Fo, remontada en el Teatro UC por Francisco Krebs, adquiere nuevas dimensiones. Fue un anuncio, un "basta", una premonición del agotamiento que nos llevó al día de hoy.

Lamentablemente, hay cosas que parecen no cambiar. Recordemos que Fo escribió la obra en 1970 basándose en hechos reales: el supuesto suicidio del ferroviario Giuseppe Pinelli, lanzándose por una ventana del cuarto piso de una comisaría, luego de ser interrogado por la policía de Milán por un atentado. En su texto, en clave de farsa, Fo pone en jaque el quehacer policial dejando en evidencia lo burdo de su comportamiento y lo endeble de su montaje.
Francisco Krebs (“Réplica”) asume la farsa propuesta por el autor italiano y la sitúa en Nueva York de los 70, con patas de elefante, pelo largo y patillas. Su decisión es llevar lo farsesco y delirante al extremo, arriesgada línea que tiene en el elenco un sustento sólido y comprometido que es capaz de mantener el ritmo y la precisión pese al verborreico texto. Hay coreografía corporal y espacial, y un sentido del extrañamiento (o distanciamiento) utilizado por el director para potenciar las diversas lecturas de la pieza, que van desde la naturalización social de estas prácticas hasta la perversidad de los mecanismos del poder. Muy bien usados los chilenismos en la adaptación, y más que acertadas las citas a nuestro acontecer que dan el contrapunto necesario, evitando el panfleto al que se puede llegar de puro entusiasmo.
Héctor Morales interpreta al loco, personaje que padece de histriomanía y que es el encargado de revelar el montaje de la policía. El actor se despliega y sorprende, con una potencia que jamás se aplaca y que mantiene al público en vilo. Un gusto verlo en este registro.
Lo acompaña un actor de gran trabajo como comediante, Karim Lela, quien construye un excelente comisario a partir de su relación con el espacio, el uso del cuerpo, gestos precisos y bien timbrada voz. Jaime MacManus destaca en su rol de un comisario bruto y frágil a la vez, y Willy Semler crea a un histérico comisario jefe, de esos que pueden disparar al menor descuido.
Felipe Arce, como el aspirante; y Alejandra Oviedo, como la periodista, también hacen un buen trabajo, sirviendo de soportes en varias escenas.
La acción transcurre en un espacio diseñado e iluminado por Pablo de la Fuente, ambos aspectos perfectos para el delirio de la obra; la música de Alejandro Miranda apuntala el dramatismo y Pablo Mois contextualiza a través del audiovisual. Finalmente, Daniela Vargas propone un vestuario que combina el retrato de época con el humor negro y que recuerda a series como Starsky & Hutch (la chaqueta del cuero café, el beatle), por ejemplo.
Hay que ver esta obra antes de que su interrumpida temporada termine, no solo porque es una propuesta sólida, bien actuada y excelentemente puesta en escena. Hay que verla para celebrar a su equipo y al Teatro UC por lo preclara de la propuesta. Qué duda cabe que los artistas son el oráculo de su sociedad. Es cuestión de ojear la cartelera para darse cuenta.

 

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Teatro UC
Funciones hasta el 23 de noviembre a las 18.30 h.
De miércoles a sábado