Santiago a Mil: "Las Palmeras Salvajes" y su propuesta en desarrollo

El estreno en Chile de la puesta en escena “Las Palmeras Salvajes”, inspirada en la novela homónima de William Faulkner, es un hito para los amantes de la literatura del autor norteamericano y también para todos los que, como yo, alucinaron con la intensidad de sus protagonistas. Fue la primera novela de William Faulkner que leí, a los 20 años. Y caí rendida frente al personaje de Carlota, una mujer que quiere amar lejos de los formalismos y las convenciones, que abandona a sus hijas por perseguir el Amor, así, con mayúscula. Luego vinieron “Santuario”, “El sonido y la furia”, “Mientras agonizo”, “Intrusos en el polvo”, “El villorrio”, etc., en fin,

textos que he ido releyendo en las diferentes etapas de mi vida. “Las Palmeras Salvajes”, publicada en 1939, ha ido revelándose cada vez de manera distinta: primero fue la pasión de la protagonista, luego el magistral uso del lenguaje de Faulkner y, finalmente, el haber construido una mujer tan ajena al estereotipo femenino cultivado por siglos. Carlota es ruda, decidida, avasalladora…incluso su amante Harry dice que ella es “más hombre” que él. Ella es la fuerza, él la pasividad; ella, la búsqueda imparable; él, la resignación.
Sin duda se trata de una novela clave en la literatura del siglo XX, odiada por el conservadurismo de los años ‘50 y redescubierta en los años ‘70 por abogar por el derecho de toda mujer a disponer de su cuerpo. Porque Carlota prefiere abortar a ser madre. Y Harry no puede disuadirla.
Hay que decir que siempre es más que complejo trasladar una novela a otro formato, ya sea el cine, el teatro o la danza. Y también que esta propuesta, de la autora francesa Séverine Chavrier, no pretende reversionar la novela, sino que recoge su esencia y la de sus protagonistas, materializa su pulso, sus venas. Por eso hay pocas frases firmadas por el autor, pero resultan importantes ya que dan luces de qué estamos viendo y a quiénes estamos viendo.
La puesta en escena transcurre en un gran espacio, donde conviven las locaciones de la obra (Chicago, Utah, Wisconsin, Nueva Orleans) generando una especie de explosivo caos. Hay una estantería con libros y latas de comida, sillas, la máquina de escribir con que Harry escribe literatura desechable, colchonetas, camastros y, al fondo en la pared, un gran telón donde se proyectan videos que no corresponden necesariamente a lo que sucede en el escenario. Se ve el mar, a la protagonista en traje de novia, en fin. También hay sonidos, ruidos furiosos que coinciden con el derrotero existencial de los protagonistas.
Tal vez por la formación musical de Chavrier, que releva la musicalidad de la narración, la acción está estructurada como partes de una sinfonía que termina en un allegro tormentoso. Lo que vemos en escena es la intimidad absoluta de los protagonistas, desde que se conocen y caen flechados, hasta que se desata la tragedia luego del aborto. Por eso puede ser difícil de descifrar, no entran otros personajes ni tampoco el exterior (éste se cuela de pronto en los videos).
En muchos momentos Harry y Carlota están desnudos, porque el descubrimiento del amor físico es parte de la aventura de ambos, pero su desnudez se ve perturbada por un cinturón de elástico color carne que afirma el micrófono. ¿No habrá un artilugio menos invasivo?
De a poco, los que no han leído la novela pueden armarse algo parecido al periplo existencial de los amantes. Pero sin duda es mejor conocerla, ya que se puede contextualizar lo que sucede con todo lo que no se dice.
Se trata de una obra estrenada ya en 2014, que ha sido procesada por dos reconocidos actores chilenos Claudia Cabezas y Nicolás Zárate. Ambos están siempre en movimiento, desbordando una energía prodigiosa. Claudia atrapa a Carlota, su  la hace suya. La actriz consigue la densidad del personaje, el su tono, su presencia. Esa tragedia que palpita en lo urgente de amar, de vivir para amar, de ser digna del amor. Además, ella dice más textos de la obra original, lo que permite asirla de mejor manera.
Esta propuesta de dirección ubica a Harry en un plano que se lee diferente a la novela, cambiando la ingenuidad y el temor permanente del personaje con una actitud infantil (como cuando corre en círculos tirando de su miembro). El Harry de Faulkner es sensible, inexperto, temeroso, abrasado en la pasión de Carlota, a quien considera “un caballero”. Un grave boy scout. Es cuestión de leer los análisis, literarios y psicológicos del libro -hay muchísimos- , para relevar esas características. Ahora bien, la directora y el elenco pueden haber decidido darle un matiz distinto a este Harry, pero a los ojos de quienes observamos desde fuera, como público, no funciona muy bien ese tono en relación a Carlota. No cabe duda del talento de Zárate -eso no es discutible- lo que relativizo es la opción por el Harry que aparece en escena. 

Más allá de los personajes, hay que destacar la tremenda complicidad de ambos actores, se nota que su trabajo en conjunto es de larga data y de conocimiento mutuo. En ellos el desnudo fluye natural, y sucede lo mismo con las distancias y las cercanías. No hay incomodidades, lo que colabora mucho al viaje de la obra.

En el estreno la puesta de Séverine Chavrier se alargó demasiado (a dos horas), perjudicando la apreciación del público y resultando agotadora. El bombardeo de estímulos es grande, por lo que la precisión es imprescindible. Los minutos vacíos y las transiciones demasiado largas complotan contra la percepción de la esencia faulkneriana y las tensiones entre conceptos como libertad, amor y fracaso. Espero verla de nuevo, porque seguro el rodaje pulirá los elementos antes mencionados.

Por supuesto, no es casualidad que una obra publicada en las primeras décadas del siglo plantee un tema que estamos debatiendo en Chile: la legalidad del aborto. Una señal más desde el arte.