Quilicura Teatro Juan Radrigán: la lucha por la dignidad

Como una producción propia, la Corporación Cultural de Quilicura en homenaje a Juan Radrigán encomienda a Alexandra Von Hummel la dirección de la obra “Isabel desterrada en Isabel”, con la actuación principal y única de Tamara Acosta, dentro del marco del Festival de Teatro Juan Radrigán de dicha comuna. Este poético texto fue escrito por Radrigán en sus inicios en la dramaturgia (1990), y en aquella década toma importancia por el momento histórico pos dictadura ya que aparecen los guetos urbanos periféricos donde los pobladores en riesgo social eran enviados a vivir. Sin embargo, hoy resuena con mayor fuerza por el momento

que vivimos que ha evidenciado que la dignidad de vida aún no se desarrolla completamente, tema abordado en la obra
La obra narra la historia de una mujer encerrada en su propio cuerpo, atrapada en sus pensamientos, envuelta en un círculo sin fin, expulsada de la ciudad en absoluta soledad. En este estado aparecen todos los miedos, traumas, alegrías, ilusiones y, por qué no decirlo, la locura que cada individuo lleva dentro, en un espacio difuso entre lo público y lo privado que define los principales rasgos de la vida contemporánea.
El espacio escénico se tiñe con una cortina azul confeccionada por flecos que cubren todo el fondo y los laterales. Sobre el escenario hay sillas de plástico botadas, botellas de algún licor, cajas de bebidas vacías, una bola de espejos colgada que da la impresión de una pista de baile y dos perros blancos de plástico: uno en cada extremo del escenario.
Tamara aparece vestida con una blusa, un chaleco, falda plisada hasta la rodilla muy vaporosa y zapatillas blancas. Por la distancia no se aprecia bien su dentadura que está muy deteriorada, además su pelo está muy despeinado.
El monólogo es extenso, pero con ricas historias que nos van haciendo partícipes de la vida de Isabel. Son cuentos oscuros de una vida miserable llena de abusos y melancolías, en gran parte, recordando a su esposo que hoy se encuentra preso (que quizás es producto de su imaginación). El trabajo escénico de la actriz es plano hasta la mitad de la obra pues su estado es constante en texto y energía. Luego de esto, al comenzar a hablar sobre su búsqueda de comida en la basura, viene un vuelco que genera empatía y logra hacer suyo el personaje.
Las visuales proyectadas en el fondo del escenario nos hacen ver a ratos el rostro de la actriz, así vemos toda su congoja y pesar. Una forma de contar la historia es a través de conversaciones que el personaje tiene con los perros y de diálogos con ella misma en dónde se habla, pregunta y responde.
Para complementar todo el montaje se utiliza la cumbia pop en música y visuales para hacer que el personaje baile o para quebrar la tensión, además hay sonidos ambientales.
La luz, mayoritariamente verde, cambia a azul casi al final de la obra.
La mujer representada es una persona que podría pertenecer a un campamento, a un lugar de calle y que deambula por la ciudad acompañada solo con sus perros con quienes conversa, pero su locura, sus pocas soluciones, sus miles de respuestas, la tiene desterrada en su propia realidad.