Cuerpos tibios

Cuerpos TibiosEn una sala de teatro pequeña, donde el escenario está situado muy cerca de los espectadores, los personajes, la nana puertas adentro y el niño de la casa (estudiante de secundaria) articulan un espacio escénico de lo privado. Que aunque no retrate de forma realista una casa y específicamente su baño, logra performáticamente (mediante el movimiento y el espacio que ese movimiento conforma) evocar aquello que caracteriza al espacio doméstico: espacios cerrados, donde se asume no hay ojos que juzguen lo que allí sucede y, en ese mismo sentido, donde aflora el secreto, lo que se oculta. Y es precisamente un secreto aquello que une a estos dos personajes, un secreto lleno de angustias, prohibiciones y contradicciones. El niño, que parece obsesionado con el baño de servicio que usa la empleada, es sorprendido por ella en una actitud extraña, buscando en el desagüe algo que se le ha perdido. Comienzan entonces a sumergirse en una historia confusa, que liga el pasado con un presente que se repite y un futuro que, a pesar de muchas aspiraciones de cambio, no augura algo diferente.

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La Marilyn Monroe de Carmen Barros: un gustito para todos

Mi Marilyn Monroe“Mi Marilyn Monroe”, obra  en cartelera en el Teatro de la Universidad Finis Terrae,  es un monólogo donde Alejandro Goic muestra su inteligencia como autor-director y Carmen Barros su talento como canta-actriz y, por supuesto, su enorme carisma, el mismo que hace que varias generaciones de chilenos la vean aún como la Carmela de San Rosendo. Goic posibilita que Carmen interprete a una Marilyn de 85 años -misma edad que la Monroe tendría hoy si no se hubiera suicidado en 1962- que se pasea por su vida de niña carenciada y sola, símbolo sexual, ícono de la belleza, devoradora de hombres y actriz seductora. Esta Carmen-Marilyn de cabellos blancos, que realiza una subasta de sus vestidos más incónicos, dialoga con el público y sus palabras se mezclan con extractos de entrevistas, conversaciones con Truman Capote y un texto de Oriana Fallaci dedicado a un niño que nunca nació. De fondo, imágenes en blanco y negro que muestran a la Monroe en diversas etapas, a sus amores y amigos, además del turbulento contexto histórico (Luther King, los Kennedy). 

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Teatro de Chile se arriesga de nuevo

Multicancha“Multicancha” es la última entrega de Teatro de Chile, la misma compañía que ha conseguido un espacio en el quehacer teatral chileno con obras como “Juana”, “Narciso”, “Cristo”, “Ernesto”  y “Arturo”, acertado e inteligente comentario a su primera obra, “Prat”. Ahora el grupo se lanza en una aventura más arriesgada, ya que extremó la experimentación. Esta vez, el objeto tensionado no son las convenciones de la representación, como en “Ernesto”, sino la simbiosis entre la realidad deporte y la ficción, con el cuerpo del actor como único soporte.

El texto es escaso  y la dramaturgia es principalmente espacial y corporal. En una cancha, nueve actores-deportistas ejecutan seis deportes inventados por el grupo: desde los posibles como los llamados hockins o bodyball, hasta los insostenibles como el multipool o el interball.  La progresión en ellos es teatral. Mientras los dos primeros son jugados “correctamente”, por decirlo de alguna forma, los que siguen son cada vez más coreografiados y supeditados a la dramaturgia. Empieza a surgir la tensión dramática. Hay sangre, un jugador que se arranca del campo, la enajenación, la parodia. La cancha pasa a ser la vida, donde hay que ganar pero donde a veces dan ganas de tirar la toalla.

La cancha se troca en un espacio poético y la verdad del sudor, del intérprete, se transforma en un signo para denotar el sudor que botamos en nuestra sociedad para sobrevivir. Los actores llevan micrófonos para que escuchemos no sólo sus jadeos y respiraciones, sino también para que sigamos sus comentarios, muchas veces la manifestación de su inconsciente. El público ve la enajenación del que no sabe por qué juega, del que sigue pese al dolor de otros o extrema sus fuerzas porque se siente exigido. Y claro, se entiende de qué hablamos.

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Comentario de Alejandra Cosin

Alejandra Cosin
Periodista argentina
Colaboradora diario Clarín
El Emperador de la PerdidaInicié mi recorrido por el Festival Fabre bajando, unas horas antes de la inauguración, de un avión que me trajo de Buenos Aires. En realidad, meses antes Raúl Miranda me había
comentado del proyecto, y yo había decidido no perdérmelo. A través de Javier Ibacache pude contactarme con Marietta Santi y perseguirla para que me enviase la información. Y supe por Sergio Valenzuela que el proceso iba viento en popa. Encima, la obra invitada desde Argentina que yo ya había visto, me servía como excusa para insistir en el diario Clarín sobre la publicación de una nota -que al momento no ha sido publicada pero aún no pierdo las esperanzas-.
En fin, fue un trayecto largo, deseante, lleno de expectativas. El periodismo tiene algo de instintivo, estoy convencida: todo lo vivido en el evento me ha confirmado lo valioso de estar presente.

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Festival Fabre, el teatro como ausencia

Julio Pincheira Parra
Lic. Artes de la Representación
Actor, dramaturgo, autor escénico. Docente U Finis Terrae
Estábamos en deuda con nosotros y con una de las creaciones más portentosas del arte contemporáneo. Sí, porque la obra de Fabre trasciende el mundo de la escena o irrumpe en ella como la prolongación de una axiología donde la búsqueda estética está en el centro de su política poética. El Festival Fabre, organizado por Marietta Santi, nos permite esta interacción con el corpus textual del belga iconoclasta y enfant terrible del que habíamos tenido sólo algunas aproximaciones en nuestro insular teatro nacional. Una pulcra y acotada presentación de este autor, pero no por ello menos acertada, entrega Javier Ibacache en la introducción de la antología “La orgía de la Tolerancia”, de RIL editores: “En la actualidad, Me niego a entenderes reconocido a causa de sus performances, creaciones visuales, instalaciones, esculturas, piezas de danza y montajes de teatro con los que ha moldeado un discurso y una estética que lo ubican en la arena conceptual.”
En esta fiesta teatral, son cinco lecturas realizadas por diferentes autores escénicos que ratifican la fecunda polisemia de los textos y referencias del mundo de Jan Fabre.
“La historia de las lágrimas”, puesta en escena bajo la dirección de Raúl Miranda entrega con acierto la metáfora de la piedra angular de lo femenino que contiene y soporta lo masculino. Interesante resulta la manifestación del personaje de “La roca” a través de la multimedialidad explícita que sostiene el espacio escénico y que pende sobre la escena, pesada y precaria al mismo tiempo, como el signo evidente de la frágil hiperrealidad en la que habitamos (Baudrillard), y que Fabre constantemente interpela en su obra. Del mismo modo, es notable el trabajo actoral de Alejandro Sieveking, quien pone de manifiesto la transversalidad etárea que la sólida dramaturgia de Fabre alcanza, así como la construcción de una dramaturgia de la imagen contundente que una vez más proporciona Miranda.

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La Noche de Pepi Velasco

Cuatro Puntos Cardinales“Cuatro Puntos Cardinales”, en cartelera en el Teatro Nacional, pudo ser un buen proyecto. Digo pudo, porque la verdad es que lo mueven intenciones tan elogiosas como el intercambio y el diálogo artísticos, pero su materialización escénica es deficiente. A lo que se agrega que el día del estreno duró agotadores ciento ochenta minutos.

El programa parte correctamente con “El Día más Feliz de Nuestra Vida”, de la española Laura Ripio y dirigida por Raúl Osorio, que muestra a unas cuatrillizas la noche anterior a su primera comunión, durante el régimen franquista. Bien actuado por Camila Osorio, Marcela Solervicens, Catalina Bianchi y Priscilla Huaico, y con un toque de crueldad infantil impactante, es una introducción que promete aunque deja un saborcito añoso. Luego  viene lo mejor de la noche, “Solo para Paquita”, monólogo de Ernesto Caballero, protagonizado por Pepi Velasco y dirigido por Jesús Codina, español residente en Chile. La actriz consigue risas sin excesos ni chistes, sino con su sólido retrato para una mujer solterona y amargada, que mata por despecho. Se nota el fiato de Codina con Velasco, quienes trabajaron juntos en el monólogo “Sola”, con que la actriz entró en la dramaturgia. Las dos salidas posteriores, la última memorable, con la actriz despojada del personaje, se convirtieron en el punto alto de la noche.

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