Lúcida y delirante comedia histórica

Si bien “El avión rojo, o el utópico indestructible” es el debut dramatúrgico del actor Jaime MacManus, la pieza se resuelve como un gran avion rojoespectáculo donde prima la lucidez de mirada en medio de un delirio dislocado, que mezcla la historia con la opinión de su autor. Esta aventura teatral gira en torno al fallido intento de hacer una República Socialista liderado por Marmaduke Grove, luego de haber sido dado de baja del ejército, en 1932. Su equívoco, aterrizó en Concepción cuando los soldados estaban demasiado endiciochados como para seguirlo, es cruzado por MacManus con Pedro de Valdivia declamando La Araucana, Manuel Rodríguez a punto de morir y Cazsely perdiendo el penal, el comandante Carreño, entre otras figuras. ¿El nexo? La falla, el error, lo que pudo ser y no fue, lo ganado a medias, el triunfo moral, lo anti-épico. Una visión divertida de nuestra idiosincracia, pero también crítica al máximo.

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"Jamás el Fuego Nunca": imperdible ejercicio del pensamiento y la emoción

Jamás el Fuego Nunca“Jamás el Fuego Nunca”, versión teatral de Alfredo Castro para la novela homónima de Diamela Eltit, es una obra de ésas que producen reacciones en el espectador. Puede gustar, o no, pero la verdad es que nadie queda indiferente a una puesta en escena que repasa nuestro pasado reciente desde la emoción, el fracaso de la utopía y la desesperanza, temas encarnados en los cuerpos de Millaray Lobos y Rodrigo Pérez.

La pieza es una suerte de monólogo de una mujer (Millaray Lobos) dirigido a un hombre que fue o es su pareja (Rodrigo Pérez). Ellos, militantes vencidos en todos los aspectos, repasan su vida pasada entregando diversas posibilidades para su amor, su desempeño político y  la muerte de un hijo en la clandestinidad. Ella exuda amargura, él un infinito cansancio.

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Una Dramaturgia Deficiente para un Tema Vital

Lonquén…entre el limbo y la tierraLa compañía Teatro La Oruga, dirigida por Carlos Huaico, quien también escribe las obras de la compañía,  entregó el año pasado una pieza muy interesante, basada en los temas del cantautor Tito Fernández, titulada “La Madre del Cordero”. Ahora, en cartelera en el teatro Sidarte el grupo vuelve a la carga con  “Lonquén…entre el limbo y la tierra”.
Esta obra da una mirada diferente al caso de los desaparecidos de Lonquén, a través de varios puntos de vista cotidianos (una novia que queda sin pareja, una anciana que recuerda su vida, un padre y su hijo, las confidencias de un oficial de carabineros a su esposa) que se entremezclan con escenas como la del juicio a los carabineros responsables.
Si bien Huaico mantiene las características que dan un sello a La Oruga, como son el tenor popular de su búsqueda, que se manifiesta en el trabajo de texto y la música utilizada (desde lo folclórico al cancionero popular), y el trabajo físico, que suple la ausencia de escenografía, esta creación es menos consistente que “La Madre del Cordero”. Las razones son simples: la dramaturgia es errática y la puesta en escena utiliza recursos que distraen de lo esencial. Si bien la opción por el punto de vista cotidiano es interesante y rescata a la obra del panfleto, en la organización de las escenas se evidencia un desorden que dificulta llegar al objetivo: los desaparecidos de Lonquén.  Los músicos vestidos como orientales, si bien hacen reír, sacan al espectador de la trama principal, lo mismo que la esposa-oriental del carabinero participante en la desaparición.

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“Cara de Fuego” o la magia del teatro sin artificios

Cara de FuegoLos actores parecen estar con su ropa. Jeans, poleras, chalecos. Pequeños detalles los convierten en personaje: los zapatos con taco de Amparo Noguera, los pantalones ajustadísimos de Álvaro Espinoza. La cara de todos está lavada, al natural, y el escenario carece de lo que llamamos escenografía. Una mesa grande, iluminada, sillas y unos platos, sirven de soporte a la acción. Nada más.

Eso es todo lo que necesita Marcelo Alonso para recrear “Cara de Fuego”, la premiada obra que el alemán Marius Von Mayenburg  (1972) escribiera en 1997, sobre un adolescente incendiario que termina aniquilando a sus padres y a sí mismo con un fuego purificador.

En el cuadrado de luz, sobre, al lado o debajo de la mesa, transcurren las escenas. Los padres (Amparo Noguera y José Soza), convencionales, incapaces de contener y menos entender a sus hijos adolescentes, ven con estupor como Kurt (Benjamín Westfall) y su hermana (Claudia Cabezas) crean una relación basada en el incesto y su desprecio hacia el mundo de los adultos.   

La trama sucede vertiginosa y, pese a que los actores están siempre a la vista, Alonso y el elenco consiguen crear paredes invisibles entre los protagonistas. Cuando la chica conoce a Paul (Álvaro Espinoza), un joven con moto que la saca del turbulento mundo de su hermano menor, éste, como protesta, lleva su incipiente piromanía a palabras mayores. De noche sale a incendiar iglesias, fábricas, casas abandonadas. Esto atrae a su hermana, quien se convierte en su cómplice.

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Una obra donde el texto puede escucharse

Tan Sólo el Fin del MundoMarcela Orrego, directora de “Tan Sólo el Fin del Mundo”, se asoma a la palabra de Jean-Luc Lagarce desde un sitio de respeto y reconocimiento. Es así como su versión para este texto, que muestra la llegada de un hombre que regresa al hogar familiar para contarle un secreto a su familia (compuesta por su madre, una hermana mucho menor, un hermano y su esposa) es correcto y con un tratamiento sólido, en ritmo y manera de decir, de la palabra del francés. Por eso las conmovedoras frases de Lagarce, que desnudan a una familia incomunicada y disfuncional como tantas, resuenan claras en el universo escénico creado por la directora. Claro que en ciertos momentos se echa de menos una opción más personal, más tensionante, que acogiera de igual modo el verbo de Lagarce (como “Fedra” o “Medea” de Rodrigo Pérez).

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Un potente texto para una puesta no acabada

Bajo Hielo”, del alemán Falk Richter (40), forma parte de un proyecto titulado El Sistema, que surge frente  los sucesos ocurridos el 11 de septiembre de 2001 y  la consiguiente invasión norteamericana a Afganistán, apoyada por el gobierno alemán.  Richter, el mismo autor de Electronic City (acá la vimos en la versión del grupo La Puerta y la dirección de Luis Ureta) propone en “Bajo Hielo” Bajo Hieloun texto seco, verborrágico y deshumanizado, en el que tres personajes hablan sobre el ser eficientes y funcionar. Ellos son asesores de empresas, empeñados en rendir al máximo y enseñar a otros a hacer lo mismo. El mayor, Pablo Nadie, interpretado por Daniel Muñoz, en largos monólogos da cuenta de su infancia y su sentimiento de abandono. Los otros, los más jóvenes,  Carlos Brillo de Sol (Néstor Cantillana) y Aurelio Espejito (Gonzalo Muñoz Lerner) en sus parlamentos destilan superioridad en el tema de cómo ser más eficientes para el sistema. Entre ambos no se da una verdadera conversación o diálogo como suele entenderse, más bien es como si se continuaran los textos  párrafo a párrafo uno a otro. Hablan en el idioma del consultor, salpicado de términos en inglés como “high speed jump started”, “drive”, “box-tool”, “exposure”, entre muchos otros, que le dan a sus palabras un temple arrogante.

La pieza muestra lo alienados que están los personajes, lo vacíos, lo solos, lo deshumanizados; sin vida privada, sin afectos, poniendo las palabras “rendir” y “eficiencia” antes que sentir o amor. Pablo Nadie, el mayor del trío, aniquilado y expulsado del sistema finalmente, es el único que transmite el dolor de, como su nombre lo grita, haber dejado de ser persona para convertirse en nadie.

El montaje, dirigido por Heidrun Breier, con dramaturgismo de Bajo HieloMauricio Barría (hay cambios en el orden de los textos y en quién los dice en relación al original), se instala en la sala del Goethe Institut. Sin mayor escenografía que las mismas sillas de la sala dispuestas de una manera inusual, dejando pasillos para que transiten los intérpretes, la directora sumerge al público, mayormente incómodo por su especial ubicación, en medio de la acción que no es otra que el trío actoral desplazándose de un lado a otro. Proyecciones indescifrables en las paredes enfrentadas en ambos lados de la sala, y el lanzamiento de cientos de bolitas de vidrio, que corren por el suelo, son los únicos elementos que apoyan el trabajo actoral.

La puesta en escena es discutible. Las proyecciones no colaboran en nada a contextualizar los textos y la disposición de las sillas tampoco. Se ve precario más que despojado, da la impresión de un trabajo en proceso, no acabdo. Lo que funciona es el trabajo actoral. Los tres intérpretes actúan el texto con propiedad e intención, sobresaliendo Néstor Cantillana por los matices de su estupenda voz. Daniel Muñoz da muy bien con el tono del asesor de más edad que ve que su tiempo ya pasó, y Gonzalo Muñoz Lerner se ve cómodo en su rol.

Faltó darle más sentido a la participación del niño Benjamín Velásquez, ya que el pequeño es una importante metáfora que dice relación con lo nuevo, lo inocente, y lo que hay que preservar.


“Bajo Hielo”

Autor: Falk Richter (Traducido por ilana Marx)Bajo Hielo

Dirección: Heidrun Maria Breier

Elenco: Daniel Muñoz, Néstor Cantillana, Gonzalo Muñoz y Benjamín Velásquez

Diseño: Maya Mora

Dramaturgista: Mauricio Barría

Composición: Pablo Aranda

Asistente Iluminación: Claudio Rojas

Filmación: Claudio Contreras

Diseño Gráfico: Mauro Balzarotti

Producción: Un Mundo Teatro/Goethe Institut

Asistente de Producción: Ximena Sáez

Jueves a sábado a las 21:00 horas.

Goethe-Institut, Esmeralda 650, Santiago Centro. Metro Bellas Artes

General: $5.000. Estudiantes & tercera edad: $3.000. Jueves populares: $2.000