“El Olivo”: Acertado retrato del Chile que no tiene voz

El Olivo“El Olivo” es una de esas obras que calan profundo en los espectadores, que se encuentran, de entrada, con un escenario rectangular que muestra un bar ubicado en un remoto pueblo, llamado como la pieza teatral. A poco escuchar, el oído es seducido por una galería de voces populares: el flaite que llegó de Santiago, la sureña, el campesino, el hombre que vende flores, la mapuche.  Luego, esos sonidos encarnan en una serie de personajes tratados casi de forma hiperrealista, que lloran sus penas en el bar.

La nueva entrega de Teatro Niño Proletario es tan asertiva como “Temporal” (2008), con la diferencia que corresponde a dramaturgia propia. Sally Campusano, actriz, es la encargada de dar vida a este texto fruto de una investigación por bares de Santiago y Valparaíso. El director sigue siendo el talentoso, y joven, Luis Guenel (25).

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Lúcida y delirante comedia histórica

Si bien “El avión rojo, o el utópico indestructible” es el debut dramatúrgico del actor Jaime MacManus, la pieza se resuelve como un gran avion rojoespectáculo donde prima la lucidez de mirada en medio de un delirio dislocado, que mezcla la historia con la opinión de su autor. Esta aventura teatral gira en torno al fallido intento de hacer una República Socialista liderado por Marmaduke Grove, luego de haber sido dado de baja del ejército, en 1932. Su equívoco, aterrizó en Concepción cuando los soldados estaban demasiado endiciochados como para seguirlo, es cruzado por MacManus con Pedro de Valdivia declamando La Araucana, Manuel Rodríguez a punto de morir y Cazsely perdiendo el penal, el comandante Carreño, entre otras figuras. ¿El nexo? La falla, el error, lo que pudo ser y no fue, lo ganado a medias, el triunfo moral, lo anti-épico. Una visión divertida de nuestra idiosincracia, pero también crítica al máximo.

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"Jamás el Fuego Nunca": imperdible ejercicio del pensamiento y la emoción

Jamás el Fuego Nunca“Jamás el Fuego Nunca”, versión teatral de Alfredo Castro para la novela homónima de Diamela Eltit, es una obra de ésas que producen reacciones en el espectador. Puede gustar, o no, pero la verdad es que nadie queda indiferente a una puesta en escena que repasa nuestro pasado reciente desde la emoción, el fracaso de la utopía y la desesperanza, temas encarnados en los cuerpos de Millaray Lobos y Rodrigo Pérez.

La pieza es una suerte de monólogo de una mujer (Millaray Lobos) dirigido a un hombre que fue o es su pareja (Rodrigo Pérez). Ellos, militantes vencidos en todos los aspectos, repasan su vida pasada entregando diversas posibilidades para su amor, su desempeño político y  la muerte de un hijo en la clandestinidad. Ella exuda amargura, él un infinito cansancio.

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Una Dramaturgia Deficiente para un Tema Vital

Lonquén…entre el limbo y la tierraLa compañía Teatro La Oruga, dirigida por Carlos Huaico, quien también escribe las obras de la compañía,  entregó el año pasado una pieza muy interesante, basada en los temas del cantautor Tito Fernández, titulada “La Madre del Cordero”. Ahora, en cartelera en el teatro Sidarte el grupo vuelve a la carga con  “Lonquén…entre el limbo y la tierra”.
Esta obra da una mirada diferente al caso de los desaparecidos de Lonquén, a través de varios puntos de vista cotidianos (una novia que queda sin pareja, una anciana que recuerda su vida, un padre y su hijo, las confidencias de un oficial de carabineros a su esposa) que se entremezclan con escenas como la del juicio a los carabineros responsables.
Si bien Huaico mantiene las características que dan un sello a La Oruga, como son el tenor popular de su búsqueda, que se manifiesta en el trabajo de texto y la música utilizada (desde lo folclórico al cancionero popular), y el trabajo físico, que suple la ausencia de escenografía, esta creación es menos consistente que “La Madre del Cordero”. Las razones son simples: la dramaturgia es errática y la puesta en escena utiliza recursos que distraen de lo esencial. Si bien la opción por el punto de vista cotidiano es interesante y rescata a la obra del panfleto, en la organización de las escenas se evidencia un desorden que dificulta llegar al objetivo: los desaparecidos de Lonquén.  Los músicos vestidos como orientales, si bien hacen reír, sacan al espectador de la trama principal, lo mismo que la esposa-oriental del carabinero participante en la desaparición.

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“Cara de Fuego” o la magia del teatro sin artificios

Cara de FuegoLos actores parecen estar con su ropa. Jeans, poleras, chalecos. Pequeños detalles los convierten en personaje: los zapatos con taco de Amparo Noguera, los pantalones ajustadísimos de Álvaro Espinoza. La cara de todos está lavada, al natural, y el escenario carece de lo que llamamos escenografía. Una mesa grande, iluminada, sillas y unos platos, sirven de soporte a la acción. Nada más.

Eso es todo lo que necesita Marcelo Alonso para recrear “Cara de Fuego”, la premiada obra que el alemán Marius Von Mayenburg  (1972) escribiera en 1997, sobre un adolescente incendiario que termina aniquilando a sus padres y a sí mismo con un fuego purificador.

En el cuadrado de luz, sobre, al lado o debajo de la mesa, transcurren las escenas. Los padres (Amparo Noguera y José Soza), convencionales, incapaces de contener y menos entender a sus hijos adolescentes, ven con estupor como Kurt (Benjamín Westfall) y su hermana (Claudia Cabezas) crean una relación basada en el incesto y su desprecio hacia el mundo de los adultos.   

La trama sucede vertiginosa y, pese a que los actores están siempre a la vista, Alonso y el elenco consiguen crear paredes invisibles entre los protagonistas. Cuando la chica conoce a Paul (Álvaro Espinoza), un joven con moto que la saca del turbulento mundo de su hermano menor, éste, como protesta, lleva su incipiente piromanía a palabras mayores. De noche sale a incendiar iglesias, fábricas, casas abandonadas. Esto atrae a su hermana, quien se convierte en su cómplice.

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Una obra donde el texto puede escucharse

Tan Sólo el Fin del MundoMarcela Orrego, directora de “Tan Sólo el Fin del Mundo”, se asoma a la palabra de Jean-Luc Lagarce desde un sitio de respeto y reconocimiento. Es así como su versión para este texto, que muestra la llegada de un hombre que regresa al hogar familiar para contarle un secreto a su familia (compuesta por su madre, una hermana mucho menor, un hermano y su esposa) es correcto y con un tratamiento sólido, en ritmo y manera de decir, de la palabra del francés. Por eso las conmovedoras frases de Lagarce, que desnudan a una familia incomunicada y disfuncional como tantas, resuenan claras en el universo escénico creado por la directora. Claro que en ciertos momentos se echa de menos una opción más personal, más tensionante, que acogiera de igual modo el verbo de Lagarce (como “Fedra” o “Medea” de Rodrigo Pérez).

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