Natacha: un reestreno joven e imperdible

En el Teatro del Puente está de vuelta esta obra de Armado Moock, escrita en la primera mitad del siglo XX y protagoniza por Andrea García Huidobro, en una actuación excepcionalmente profunda.
 NATACHA
La presencia de Andrea García Huidobro es aplastante como Natacha, protagonista de la obra homónima que acaba de reestrenarse en el Teatro del Puente, luego de una exitosa primera temporada en 2008. Natacha es una mujer que reniega de los roles femeninos tradicionales y elige ser madre soltera, al mismo tiempo que crítica las nociones convencionales de belleza que obligan socialmente a la mujer.

¿Una heroína contemporánea? Nada de eso, esta joven de casi treinta años fue imaginada por Armando Moock (1894-1942) autor chileno, vicecónsul en París y cónsul en Barcelona, en la primera mitad del siglo XX.  La compañía Geografía Teatral y su director, Tomás Espinosa, descubrieron la vigencia de los textos de Mook y también montaron Isabel Sandoval Modas (1915) a comienzos de este año, con un muy buen resultado escénico.

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“Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho": un estreno recomendable al que le falta fluidez

“Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho" fue escrita por el prolífico actor, director y dramaturgo argentino Daniel Veronese, entre 1994 y 1996, y publicada en 1997. En la pieza toca varios de los temas que ha tratado de diferentes formas en sus obras ("Crónica de la caída de uno de los hombres de ella", "Mujeres soñaron caballos", "La noche devora a sus hijos" entre muchas): la soledad, el aferrarse a los recuerdos, el desconocimiento de quién es verdaderamente la persona que tenemos cerca (pareja, hijo, amigos), la crispación interna, el dolor de las existencias sinsentido.

Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho 

Veronese forma parte de un grupo de autores argentinos que dan una mirada ácida a la realidad humana y social de su tierra. Y lo hacen a través de obras que toman anécdotas aparentemente nimias pero que se enrarecen y descubren un fondo insospechado, siempre humano, social y, a veces, político.
Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pechoEn “Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho" el autor muestra la desintegración de una familia común y corriente, luego de la desaparición de la hija, una joven llamada Martina de quien todos hablan pero nunca se ve. La familia, como metáfora de país, de núcleo social, de base, palpita aquí detrás de la disparatada acción, que tiene como eje tres cartas que dejó la joven: a sus padres, a su mejor amiga y a un pretendiente. Los escritos son muy distintos en forma y fondo, como si la persona que los creó fuera diferente para cada uno.
Hay violencia en estas personas que rodean a la desaparecida. Son capaces de quitarse las cartas y romperlas sólo para acomodar la realidad a sus deseos. Y la madre es peligrosa cuando se desata, utilizando al padre para que imite la voz de Martina ( “lo necesito”, argumenta) o agrediendo sin piedad al que sea capaz de mostrarle a una hija que ella desconoce.Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho

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IMPERDIBLE: “Isabel Sandoval Modas”

Isabel Sandoval ModasEn un país como Chile, en que la memoria suele ser frágil para algunas cosas y absolutamente estricta para otras, el rescate que la compañía Geografía Teatral, dirigida por Tomás Espinosa, ha hecho de la dramaturgia de Armando Moock (1894-1942) es más que reconfortante. Primero fue “Natacha”, con gran éxito de crítica y público, y ahora es   "Isabel Sandoval Modas", que pese a haber sido estrenada en 1915 está absolutamente vigente en cuanto a reflejar un problema social permanente: el arribismo desenfrenado.

La acción sucede en un barrio humilde, en la casa de doña Isabel Sandoval quien, después de la muerte de su marido, ha sacado adelante a sus tres hijos (Juan estudiante universitario; Lalo, mecánico; e Inés, también costurera) gracias a la máquina de coser. Con ellos vive un padre y su hija de allegados.  

El drama se suscita porque Juan se avergüenza de sus orígenes y menosprecia su entorno familiar, a tal punto que decide irse de la casa. El joven ofende a sus hermanos y a su madre alegando que por sus estudios de derecho necesita estar en otro ambiente, para recibir cómodamente a sus encopetados amigos.

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“A Primera Hora”: Teatro como en el cine

Obras como “Sin Sangre” (Teatro Cinema) y “El Cuidador “ ( Pete Brook) investigaron en el cruce cine-teatro desde diferentes aristas, pero centrándose en lo tecnológico. En “A primera hora”, escrita y dirigida por Cristián Figueroa (“Malacrianza”, “San Rafael”,  “Daño Colateral”) lo tecnológico no es tan importante como el ritmo de las escenas y la “edición” de ellas.
A Primera Hora
La trama es deudora del cine y la novela policiales. En clave de road movie, la pieza sigue la escapada de Marta, una mimada adolescente de clase alta (Carmen Gloria Sánchez) con Vicente (Víctor Montero), un tipo inadaptado con conductas ambiguas en el plano sexual. La chicas es hija de un ministro (Alberto Zeiss), quien está casado con una actriz de teleserie llamada Manuela de Gerónimo  (Daniella Tobar).  Por supuesto, el padre usa toda su influencia para que la policía encuentre a su hija sin escándalos, pese a que la niña es menor de edad y maneja un auto.

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II Festival de Dramaturgia Norteamericana:

Un acierto y una puesta alejada del texto

Marietta Santi

Dos obras lleva ya el Segundo Festival de Dramaturgia Norteamericana Contemporánea:  “La Forma de las Cosas” (2001), del destacado Neil Labute (“Gorda”, “El Lugar de la Misercordia”) y  “Tacos Aguja” (1992), de Theresa Rebeck.
La forma de las cosas


En la primera, Labute toca un tema interesante desde varios puntos de vista: Una estudiante de  postítulo  de arte, Evelyn, decide tomar como objeto de estudio a un ser humano, Adam, un joven algo mayor que ella que trabaja de guardia en un museo al mismo tiempo que estudia literatura. El autor muestra la relación entre ambos como una historia de amor, donde ella, con sus consejos, provoca cambios en él. Ejercicio, buena alimentación, cambio de look y luego una operación de la nariz, transforman a Adam, así como también su personalidad. De ser tímido e inseguro, se vuelve un seductor impenitente. El golpe de gracia sucede al final, cuando Evelyn presenta su tesis, que no es otra cosa que la transformación de Adam, “su” obra de arte.

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Buena interpretación de un texto soso

Malacara“Malacara”, en cartelera en el Teatro la Comedia, marca el regreso de Boris Quercia al teatro después de una década de pausa, en que estuvo dedicado principalmente al cine y la TV (dirigió “Sexo con Amor” y la serie “Los 80”). Para volver eligió nada menos que un monólogo, adaptación de la novela homónima del mexicano Guillermo Fadanelli, y se puso en manos del joven director Álvaro Viguera (“Tú, mi Primera Película”; “La Leyenda del Pianista”).

Ambos, actor y director, realizan muy bien su cometido: Retratar al personaje  ideado por Fadanelli desde el despojo, sin más recursos que un sillón antiguo, unos libros y, fundamentalmente, el cuerpo y la voz de Quercia, quien ratifica el talento que lo tuvo como el inolvidable Roberto Parra de la versión original de “La Negra Ester”. La pieza va desde la comedia desatada (el protagonista, en calzoncillos, destroza un repollo e incluso interpela al público) al drama más desolador en sus últimos quince minutos, registros bien abordados por el intérprete.

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