Pablo Paredes: “Esta obra es una de las escrituras más intimas que he hecho”

Pablo Paredes, Créditos Foto: Katja Benrath-“Curarse”, el último montaje en escena del dramaturgo Pablo Paredes,  basado en el abuso de alcohol en una familia de clase media, se presentará hasta el 4 de septiembre en la sala Antonio Acevedo Hernández.
-La apuesta realista, dirigida por Sebastián Jaña López, cuenta con las actuaciones de Tatiana Molina, Emilia Noguera, Camilo Carmona, Regildo Castro, Catalina Villanueva y Bernardo Meléndez.

Foto: Katja Benrath

Con un estilo de escritura marcado por la contingencia e iniciado en la poesía, la calle y las luchas sociales, Pablo Paredes (29) se ha transformado en uno de los dramaturgos jóvenes más respetados y valorados por la escena teatral local. “ABC1”, “Jorge González murió”, “Las Analfabetas” y “Ángel a Martillazos”, son sus éxitos más mencionados. A Pablo, ganador del Altazor 2011 por “Mejor Dramaturgia”, no le gusta ser encasillado en ningún tipo de canon. De eso, y más, conversó con Santi.cl.

- Pablo ¿Cómo se gestó el salto que diste desde la poesía a la dramaturgia?
Pablo Paredes- Mi gente más cercana me concede la doble militancia y tiene que ver desde donde me relaciono con las personas. En eso pasa algo muy gracioso: que en la poesía me tratan como dramaturgo y en la dramaturgia me tratan como poeta. Por motivos que desconozco, comenzaron  a circular mucho en escuelas de teatro mis poemas. Estos se volvieron una especie de fetiche de exámenes de actor.  Hace cinco o seis años me empezaron a llegar e-mails de estudiantes de teatro o también de escuelas: del Seminario de La Memoria me llegaron hartos pidiendo autorización para utilizar poemas, etc. Fui a ver algunas obras y me pareció súper interesante lo que ocurría ahí. Eso me dio una pista para decir, “parece que mi propuesta discursiva-estética, podría funcionar en escena”.  Si bien yo partí en la poesía mucho antes de comenzar a escribir teatro, área donde llevo mucho tiempo trabajando, en la poesía no me gusta mucho hablar del concepto de “generaciones”. Sin embargo, la crítica nos llamo la “generación novísima”, junto a Héctor Hernández, Pablo Ilabaca, Diego Ramírez y yo básicamente. Y, bueno, esa era mi trinchera discursiva y política.
Tras este descubrimiento de hasta dónde podrían llegar sus trabajos de poeta, Paredes puntualiza que hubo dos sucesos importantes que lo motivaron para dedicarse casi por completo a la dramaturgia. Su relación con la actriz Emilia Noguera y con la directora de Teatro Público, Patricia Artés: “Un día me escribe quien ahora es una gran amiga, Emilia Noguera, que había leído mi último libro de entonces llamado ‘El Final de la Fiesta‘. La obra se demoro mucho en salir, por lo que después se pasó a llamar ‘Jorge González murió‘. Y, en paralelo a la propuesta que me hace Emilia, Patricia Artés, directora de Teatro público, a quien conocía desde las militancias de estudiantes secundarios, también se hace presente. Con Artés teníamos mucha afinidad política y eso permitió que años más tarde quisiera hacer una adaptación de ‘Desdicha obrera’, obra de Luis Emilio Recabarren, espacio en que quería poner en la voz de la protagonista poemas de mi primer libro, ‘Fiebre de la noche latina’. Eso nos permitió que me propusiera hacer la adaptación de ‘Desdicha Obrera, una tijera clavada en el corazón’, más adelante. Era como una obra ‘emo comunista’, yo creo” (risas).

-¿Qué es Emo-Comunista?
Entrevista Pablo Paredes-Creo que hace mucho rato venía tratando de instalar nuevas sensibilidades para la izquierda. Encontraba que había un desgaste simbólico de la izquierda. Sin asidero en este nuevo lugar, y lo digo como broma cuando digo “emo-izquierda”, pero para mí es una propuesta bien seria en el fondo. Suena gracioso, y que bueno que el concepto saque risas también y puntualmente eso sentía yo, que la izquierda sacaba poca sonrisa, evocaba poca ternura.

- A la izquierda se le reconoce una intelectualidad dura.
-Claro, y tampoco significaba para mí renunciar a lo intelectual, lo que pasa es que creo que lo intelectual puede ser también brutalmente tierno. Antecedentes más atrás son que fui compañero en el Liceo Barros Borgoño de harta gente que ahora hace teatro: Javier Riveros, Gopal y Visnu Ibarra. Todos ellos fueron importantes porque mientras estaban en la universidad yo fui a ver sus exámenes. Como que siempre estudié teatro de manera periférica, a través de mis amigos. Me interesaba mucho, era una continuidad del trabajo político que habíamos desarrollado. Hoy día trabajo con doble militancia. No siento que deba definirme ni nada, no me interesa.

-Cuando ya te avocaste netamente a la dramaturgia, desde “ABC1”, pasando por “Jorge González murió” y “Las Analfabetas”, vemos un teatro realista ¿Por qué esta opción?
-Creo que puede haber una opción realista. Sin embargo, pretendo que tenga una carga, que haya una poética circulando. Una poética que, por supuesto, esté al servicio de lo dramatúrgico, pero creo que son interesantes las imágenes tramposas. Creo que busco simulaciones del llamado “realismo” para poder participar de ciertos textos. Creo también que en “Las Analfabetas”, que parece muy realista, también cargo un poquito, pongo el acelerador y termina, para mí, siendo un texto y un montaje que reflexiona profundamente acerca del lenguaje. El lenguaje como constructor de sensibilidades, de virtudes, de tragedias. Me hace pensar cosas que aún no tengo resueltas en mi cabeza, pero creo que también el intentar emular o jugar con un espejito un poco distorsionado de la realidad, tiene que ver con lo atractivo que me resulta el tener personajes interpelándose. Desde ahí pasa que tienes un hablante fijo. Un hablante deprimido o celebratorio. Sin embargo, con pocas capacidades de interpelarse así mismo, porque está solo. Entonces no se interpela, se entierra el cuchillo o se masturba, pero interpelarse directamente no puede y el teatro, en ese formato realista, lo permite y desde allí me atrae.

-Hace unos meses atrás, en una sesión de “Escuela de Espectadores”, a ti, junto a Emilia Noguera, Gopal Ibarra y Begoña Ugalde, se les consideró como “Dramaturgos post-Bicentenario”. Dónde las obras tienen un toque más social y contingente. En ese punto, ¿Crees que se está situando un discurso social y nuevo en los trabajos de estos jóvenes autores, incluyéndote, donde retomar obras clásicas, se estaría ya dejando un poco de lado?
Pablo Paredes-Desde mi perspectiva particular, eso me llamó un poco la atención, ya que era primera vez que aparecía catalogado dentro de ese grupo. Es una cosa graciosa para mí, porque a principios del año 2000 fui catalogado dentro de la generación novísima de los poetas, y creo que justo en estos momentos dejo de ser un “poeta joven” y entro en otro canon, que no sé exactamente qué es. Entonces, justo cuando estaba dejando la juventud como poeta, aparece un rótulo que me instala como “joven dramaturgo”. Cosa buena, porque parece que me he cambiado de rubro y suena sospechoso. Como que me cambiara de rubro para mantener la juventud. Con cuarenta años seré un “joven narrador” (risas).
Sobre el tema de lo que entendemos como político, en mí venía disparado desde la poética. Para mí no fue un hallazgo de la dramaturgia. La dramaturgia tuvo que ver con sacarle filo a ese palo. En vez de pegar palos, saquémosle filo y pinchemos. Eso puede ser más efectivo. Sobre el tema del discurso social, creo que se dio porque el país entero entendió que no podía seguir haciéndose el wuevon consigo mismo. En este estado de babosería general, celebrando cifras macroeconómicas, sintiéndose el mejor de Latinoamérica y de pronto tener que decir “Chucha, este 7% no sirve de nada”, y notar además que países que habíamos estado mirando en menos se vuelven referencia. Uno empieza a mirar a Argentina, por ejemplo,  que en el año 2000 la miramos en menos por su crisis, y resulta que ahora tiene universidad pública. Pareciera ser que al final ese es el país que queríamos.
Esa es una situación general. Si me preguntas por qué paso eso en aquella mesa de la “Escuela de espectadores”, bueno, Gopal Ibarra y yo fuimos del centro de alumnos del Barros Borgoño. Militamos juntos en el mismo partido, nos sentamos durante cuatro años en el mismo banco. No me sorprende que estemos con teclas y biografías tan parecidas. Con Begoña Ugalde trabajamos y escribimos juntos “ABC 1”, que fue observar y decir “pucha que es cuico el teatro y pucha que poco habla de la cuiquez”. ¿Cómo puede ser un lugar tan cuico y no se puede atrever a hablar de la cuiquez? Porque no había nada hasta ese momento. Nadie hablaba de la cuiquez, y creo que es una de las obras, políticamente más puntudas que yo he levantado. Y no fue sobre “pobres”, ni “clase media”, sino sobre los ricos. Ahí donde se reproduce el poder.

Pablo Paredes-En una entrevista señalaste que te molestaba ver montajes de “la pontificia”, donde sus actrices, que eran rubias, altas, de 1.70, hablaban de la pobreza, y que no te convencían sus discursos.¿ Por qué?
-Yo no creo que haya que dejar de hablar de la pobreza. Tampoco creo que alguien de origen cuico no tenga derecho a hablar de la pobreza. Yo soy de origen pobre y me permito hablar de la riqueza. Lo que sí me llama la atención es que habiendo universidades y gente en general muy cuica, de clase media y de clase alta en el teatro, hubiera poca reflexión sobre qué implicaba la “cuiquez”. Cuáles eran sus alcances políticos. Entonces es un teatro orientado a las víctimas de la distribución social, pero no a los victimarios. Y claro, ahí en el texto hablamos de “la ponti”, pero podríamos hablar de la “Finis Terrae”, de la “Universidad de Chile”, donde está el origen de algunos actores más cuicos que conozco a nivel nacional, y que a algunos los quiero y me quieren muchísimo también. No condeno el origen de la “cuiquez”, condeno no hacerse cargo del origen. No hacerlo tema, no reflexionar, no mirarse, no querer entenderse y creo que desde ahí “ABC1”, fue un bombazo. Fue una obra que estuvo circulando por abajo, tres temporadas exhibiéndose. Siempre llena, que hizo trampa, porque llegaba un público muy cuico a verla, se mataba de la risa, pero después venía un bajón como “pucha, parece que me webearon”. Desde allí la Begoña fue bien generosa también, porque viene de un origen cuico y allí se conjuga lo que hicimos nosotros, con orígenes distintos, hicimos pacto del mismo discurso, y nos hicimos cargo de ese lugar.

-¿Entonces consideras “cuica”, la actual escena teatral?

-Creo que el arte en general en Chile es cuico, porque demanda muchos recursos económicos para poder ejercerlo. Y dentro de eso, creo que el teatro es uno de los espacios menos cuicos, pero comparado con la poesía, desde yo vengo, es de una “cuiquez” absoluta. En eso la poesía es mucho más democrática y transversal, ya que demanda lápiz y papel. No demanda pagar un arancel en una universidad o comprar pintura. No demanda comprar un violín carísimo, ¿entiendes? Pero es cuico porque por la misma cosa que demandan los estudiantes finalmente, porque la gente que puede acceder a mejor educación, es la que tiene plata finalmente para pagarlo. Creo que no podría decirte “oye, tengo una revelación: El arte, en Chile, es cuico por lo mismo que están demandando los estudiantes”. No podría dar una autoria a esa reflexión que ya está desbordada.

-Hablemos de “Curarse”. Acá vemos cómo el alcoholismo puede transformar y destruir a una familia. ¿Qué te motivo a escribir esa historia? Porque hemos visto que Chile está situado con altos índices de consumo, y que es un tema transversal.
-Como yo funciono bien desde las palabras, el primer motor que tuve para escribir “Curarse”, fue reflexionar la doble lectura que tiene el verbo: Curar y sanar. Yo recibo muchos amigos latinoamericanos en mi casa. Es como un “hotel gratuito” y creo que una de las conversaciones que más se me repite es cuando me explican, “Oye, ¿por qué a emborracharse, le dicen curarse?, los chilenos están muy locos”. Y claro ahí vienen mis teorías al respecto que están en la obra. Ahora, en términos históricos creo que Chile puede ser leído desde la prisma del alcohol, tanto a través de antecedentes reales, como desde la mitología, ¿verdad?.
Esta lleno de mitologías el alcohol. Como que a los mapuches los vencieron porque  eran buenos para el copete. Eso es de un racismo insólito digamos. Los borrachos eran los españoles y finalmente el alcoholismo entró a las comunidades mapuches, desarmadas, porque antes habían sido comunidades segregadas, empobrecidas y ahí entro el alcohol, tal como entra en la segregación actual. Pero el factor allí fue la pobreza. No hubo una tendencia de los mapuches hacia el alcohol, como algunos autores e historiadores de derecha pretenden instalar. Allí hay un mito.
Una de las cosas que le llamó la atención a Pablo Paredes, es que  “Curarse” es una obra que provoca por una  situación sociológica que no aparece en la obra, pero que su autor tiene muy claro: la “ausencia de carnaval” en Chile: “En este país no hay carnaval, a diferencia de lo que sucede en otros países latinoamericanos, donde hay una o dos semanas de impunidad, de fiesta, de celebración masiva, colectiva. Como Chile fue castrado de su carnaval, el carnaval tuvo que desmembrarse y tener una estrategia de guerrilla para sobrevivir. Por ende los carnavales se volvieron espacios íntimos. El chileno y la chilena se convirtieron en seres contenidos todo el año, pero que tenían ciertas explosiones radicales, de desborde, a partir del alcohol que creo que tiene que ver con la latencia, la pulsión del carnaval castrado. Esta obra tiene tres personas que se llaman “Luis”. Un hijo alcohólico, un padre que rechaza el alcohol y un abuelo alcohólico. Desde ahí observé mucho, hay referentes bibliográficos, todo esta mezclado. Uno nunca se escapa del todo de la biografía”.

-¿Qué autores utilizaste?
-Yo creo que “Curarse”, a nivel de texto, es una de las escrituras más íntimas que he hecho. Cuando la fui a ver ahora, siento que me parece, incluso, que la obra está más ligada al universo de lo poético, que de lo dramatúrgico como texto. No lo digo como algo bueno o algo malo. Este es un texto que coquetea mucho con las crónicas de Pedro Lemebel, que es una de las personas que más quiero y admiro muchísimo. Es gracioso, porque cito sus crónicas dentro de lo poético efectivamente. Está ese tipo de autoría. Está José Ángel Cuevas, que también tiene su rollo con el “Ex Chile, el país que se acabó”. Yo creo que esas son las autorías, pero creo que (la obra) coquetea más con los espacios de frentón poéticos, más que dramatúrgicos.

- La obra está dividida en más de doce escenas, representadas en una pantalla gigante dentro del escenario, guiando al espectador sobre qué viene a continuación. Pareciera que quisiste orientar al público y no que ellos mismos armarán la historia. ¿Cuál era tu propuesta?

-Sí. Igual es raro, como es la última obra mía que se ha visto, pareciera que fuera como “mi nueva propuesta”. Sin embargo, era una búsqueda de mis primeros trabajos dramatúrgicos. Una búsqueda que me sigue y que me gustaría retomar. En el fondo, no trabajar con tres actos, sino trabajar con estos golpes de imágenes, con escenas que son fotografías, casi pedacitos de cámara de seguridad. Por eso creo que la obra tiene más estructura de poemario. Son poemas que constituyen un poema mayor, pero son doce poemas.

-Si son mini poemas, se podría hacer una obra de cada uno de ellos,¿no?

-Claro, y como soy tan obsesivo con los títulos, el poema no se entiende si no está el título. Desde ahí me gusta que aparezca el título en cada escena, porque lo entiendo como poema. Entonces, poniendo o sacando el título, puede cambiar absolutamente el sentido. Desde ahí lo defiendo. Es una obra que, al igual que “Las Analfabetas”, reflexiona mucho sobre el lenguaje como constructor de poder y de “des-poder”. Y en eso creo que se parece harto a “Las Analfabetas”.

-Ese aspecto está muy ligado a la filosofía, sobre el poder que puede tener la palabra y el lenguaje, como se ve en “Las Analfabetas”.

-Sí. Yo soy profesor de Comunicación Social y te lo cuento como dato a la causa. Hice un Magíster en Comunicación Política, me he preocupado de estudiar temas de filosofía política, de comunicaciones y del lenguaje como constructor base ideológico. Mi trabajo de análisis teórico se desborda a mi poética, a mi dramaturgia, y viceversa también. Recuerdo que entregué varios trabajos de filosofía política y me los devolvían diciendo: “No te puedo evaluar este poema”. Y bueno, yo le explicaba después que por la naturaleza de este tema era necesario el formato poético sobre el ensayístico. Eran unas discusiones bien bonitas que tenía con algunos profesores, pero claro, lo que tú lees tiene ese antecedente.

-Ganador del Altazor 2011, a “mejor dramaturgia”. ¿Qué sentimientos y emociones ocasionó ese galardón otorgado por tus pares? Y qué causas te motivaron a realizar el posterior discurso sobre los escolares?
-Fue bonito eso porque creo que ahora con lo que está pasando, se ve que tenía razón en momentos donde lo único que se hablaba era de la represa, la ecología y el movimiento social. Era un movimiento ciudadano “Ñuñoíno”, “La Reina”. Donde había una falta gigantesca de un “Maipú”, de un “Lo Espejo”. Lo lindo es que ahora, con los estudiantes, está “La Reina”, “Maipú”, “Ñuñoa” y “Lo Espejo”.
A mí me angustiaba esto de que había gente que los huemules les causaban más pena que los niños pobres. Esa situación me afligía. Ambos son depositarios de mi pena y solidaridad. No soy “anti-ecológico”, al contrario. ¿Cuál es el problema de Hidroaysén? Es el neoliberalismo. Que es el mismo problema que tiene la educación chilena, de ahí parte esa consigna, y aproveché esa tribuna que se podía ocupar. El Altazor fue una sorpresa. Yo pensé que se lo ganaba Egon Wolff, ya que hubo un año de mucha celebración hacia su trabajo, entonces me pilló de sorpresa haberlo ganado, aunque, no me gusta fingir ninguna humildad, creo que el trabajo que hicimos con “Las Analfabetas” es muy bueno.  Creo que mi felicidad máxima por ganarme el Altazor, fue ver la felicidad de los familiares. Ellos estaban el triple de contentos que yo. Fue lindo hacer ese regalo a gente bella. Tengo una relación bella con mi padre, con mi madre, y verlos emocionados con ese reconocimiento fue mi carnaval interno, más que el carnaval del pajarito mismo, que lo tomo como lo que es, un reconocimiento de tus pares, pero la vida sigue sin premios y ese día estuve escribiendo y al otro día también, y uno no escribe obras para ganarse el Altazor, ni para ganarse algo, sólo sucede.

“CURARSE”Cuarase

Temporada hasta el 4 de septiembre.
Sala Antonio Acevedo Hernández- UCINF. Ernesto Pinto Lagarrigue #180
Viernes y sábados 21:00 Hrs. Domingo 20:00 Hrs.
$3.000 General. $2.000 Estudiantes y tercera edad.
Reservas 6-8017650