Rodrigo Soto: “Los problemas que hace 50 años eran fuertes, ahora se consolidaron”

El destacado actor que interpreta al China, emblemático personaje marginal en la obra “Los Invasores”, relata los pormenores de un clásico escrito por Egon Wolff hace 50 años, y de cómo aún la historia mantiene vigencia.

Lucas Meyer es un exitoso empresario. Tiene dos hijos, una mansión, joyas para su mujer y un secreto: mató a su socio para lograr el éxito. Sin embargo, ese detalle no es lo que lo perturba en su vida perfecta de brindis y trajes de frac, sino el arribo de un hombre alto, de cabello largo, harapiento, pero muy inteligente que invade su casa para invitarlo a hacer la revolución: el China.

El China y Lucas Meyer son los personajes ancla que presenta el químico y escritor Egon Wolff (1926)

 en uno de sus textos más importantes, debido a la reflexión ética que plantea sobre la lucha de clases y sobre las contradicciones sociales existentes en los años sesenta en Chile.

Catalogada como una de las mejores obras teatrales del último siglo, “Los Invasores”, texto que Wolff estrenó en 1963 bajo la dirección del actor y canta-autor Víctor Jara, tiene una nueva versión a manos del joven director Pablo Casals. La pieza, estudiada durante 50 años por académicos y dramaturgos, ha cobrado relevancia en la exitosa temporada del GAM. De esto habla Rodrigo Soto, quien junto a Willy Semler, Berta Lasala, Montserrat Estévez, Andrea Velasco, José Tomás Guzmán y Matías Jordan, dan vida a la obra del denominado “padre de los conflictos sociales”.

-Rodrigo ¿Qué relación tenías con el texto “Los Invasores”?

- Mi relación no va más allá de la que cualquier teatrista debería tener y conocer. Es una obra que me gusta mucho y que me llama la atención por una razón: ¿Por qué no se había vuelto a hacer? Era un tema que al momento de aceptar la obra y leerla me dije, “guau, que obra tan peligrosa”. No se había logrado parar desde que la hizo Víctor Jara en el 63´. Don Egon me dijo que habían tratado de montarla muchas veces, pero que siempre se caía. Todo lo que arrastró la obra en su momento fue en tiempos muy álgidos, y yo pienso que esos pensamientos se han manifestado de manera muy significativa en estos días.

- ¿Qué pensaste cuando conociste al China?

- Lo que me llamó la atención a primera vista, y que era algo muy difícil al momento de desprenderme y de llevarlo a la práctica, era lo ideológico del personaje. A veces uno mismo dice “no, imposible llevar a cabo una pelea de esa magnitud”. Y por debajo me llamaba la atención el resentimiento, no del China especialmente, sino de las dos clases sociales que es algo que yo quería subrayar. Sin embargo, nos dimos cuenta de que eso se daba solo, por lo que no era necesario subrayarlo. Claro, si uno estuviera instalado en el bando de los “pobres”, la primera conclusión que se puede sacar es que acá hay un resentimiento válido. Eso era algo que me seducía, pero que lo fuimos tapando con una cierta simpatía, sobre todo al inicio del primer acto.

- Cuando El China es apuntado con una pistola por Lucas Meyer en la cocina ¿Qué interpretas de eso?

- Principalmente parto con la pregunta ¿De qué forma hacemos para que este wueón (Meyer) no dispare? Era tratar de no invadirlo socialmente, en el sentido de la clase, sino que invadirlo a nivel de la simpatía que yo podría generar con él, pero podría reaccionar y decir en cualquier momento: “Chucha! Y quién soy voh wueón? ¿De dónde vienes?”. Es como si llegará alguien a tu casa a pedirte pan no más. Ya, se lo das, pero luego viene el “ya poh, un pan no más, ahora váyase”. Pienso que eso era un buen pie para entrar en lo que continúa del texto: la lucha de clases, el contexto social en que se situó Wolff cuando escribió el guión.

-¿Cómo trabajaste y potenciaste a tu personaje?

- Fíjate que desde hace bastante tiempo no me preocupo de construir el personaje como modo investigativo. Solamente lo trabajo leyendo la obra, tratando de vivir el presente exacto del ensayo. Entiendo, comprendo y aprendo mucho más así que llenándome de datos. Me perturba un poco la información que podría obtener partiendo de un personaje que encuentro saliendo de acá. No es muy difícil inmiscuirse, sumergirse en ese mundo. Me gusta poder construir un personaje de acuerdo a lo que yo creo, a lo que pienso y opino. Así vamos formando el personaje, el rol. Creo que hay obras que ameritan una investigación o búsqueda de un personaje. En el caso de “Los invasores” para mí no fue necesario. Probamos muchas cosas que venía proponiendo. A medida de eso se va construyendo. También es importante lo que te da tu compañero, en este caso Willy Semler. Juntos vamos elaborando el mono.

-La obra plantea un debate ético, más que ideológico. ¿Será esa la razón para que “Los Invasores” se mantenga en el tiempo?

- Creo que esa es una razón fundamental de la obra. Aunque lo ideológico también está súper presente porque Meyer igual tiene una ideología, se quiera o no. Es distinta y es absolutamente contraría a la que trae el China, porque lo que él quiere es decirle a Lucas: “Únete. Si ya lo hiciste todo y lo tienes todo, únete. Ven, te invito mirar la realidad”. De verdad es un espectáculo que recrea el espíritu. Creo que es ético y también ideológico, hay un paralelo bastante interesante que no se puede desligar. El claro ejemplo es lo que sucede con los estudiantes, con Camila Vallejo se acusa de una ideología, de algo político y eso es una consecuencia. Es político de por sí, no puede no ser político, es imposible. Cuando se recurre a eso, querer bajar el perfil a algo, no se puede, es una consecuencia.

-Es una consecuencia atemporal.

- Aparte, claro.

-En ese sentido, el contexto social en que se estrenó la obra en 1963 es muy distinto al actual, pero igual ha resonado mucho en el público de hoy ¿Por que crees que se da eso?

- Que peligroso que problemas que se discutían en esos años, muchos antes del golpe militar, de que asumiera Allende, estén todavía vigentes. El otro día, en una conferencia, una periodista me preguntaba si era conflictivo llevar a cabo una obra con esas problemáticas. Yo le respondía que para mí eso no era conflictivo, para mí lo conflictivo es que la problemática, después de 50 años, todavía está ahí. Eso es potente y es difícil de asumir. Estar hablando de problemas que pasaron hace medio siglo y que todavía están marcando la pauta: el abuso de los grandes con el más chico. Eso me llama la atención. Digo “chuta, que complejo, qué difícil seguir abordando y hablando de lo mismo, de algo que a todos nos toca”. Los problemas que hace 50 años eran fuertes, ahora se consolidaron.

- Ahora hay más Meyer y muchos más Chinas.

- Claro, con distintas variantes, pero en el fondo es lo mismo.

-En el proceso de ir trabajando a tu personaje, te debe haber provocado bastantes resonancias sobre lo que significa estar del otro lado del río.

- Si, en un momento era complicado optar por algo. A mí me tocó difícil decidir: ¿Por qué lugar me voy? ¿Por dónde encamino a este personaje? Sobre todo porque uno no ha llevado una vida normal, entonces ¿Cómo lo abordo para que sea creíble? Para que este actor, que no ha vivido eso y tampoco ha vivido lo de Meyer, pueda generar alguna credibilidad frente a lo que pone Egon Wolff en el papel. Ahí es cuando uno se detiene y dice: “Esto sí, esto no. Dejémoslo ahí, revisemos después”. Y lo que más me gusta de la obra y del personaje, es que entre China y Meyer no existe ninguna diferencia social porque el China, teniendo todo ese poder intelectual, él opta por quedarse bajo el puente. Pudiendo perfectamente ser un Meyer más. Hay una opción ahí, no hay un dejo, ni una flojera. No hay un “no pude”. Él opta por eso y decide arrastrar a toda esa manga de gente y decir “vamos”. Ahí, para mí, no existe una diferencia entre él y Lucas. Están los dos en el mismo lugar, en distintas marginalidades. Meyer opta por ser millonario y quiere serlo, y China no.

-En ese aspecto, eso es lo que descolocaba a Meyer (Willy Semler), porque él espera que “los del otro lado del río” vengan a robar, no a realizar una invitación.

- Claro y eso le molesta. Le molesta que el China lo presione a cada rato. Lo está llevado constantemente al límite. No es una cosa de plata como lo que pensaba Meyer cuando le ofrece toda su empresa con tal de que China se vaya. No es eso. Es lo otro, es ven conmigo para hacer la revolución, eso es lo bonito de la obra: que el China nunca le deja a Meyer la opción de echarlo de la casa. Se va construyendo e hilando tan bien el diálogo que no existe la posibilidad de lo que lo vuela a echar. Claro, lo vuelve a echar cuando el China le dice al exitoso Lucas que es un súper empresario, que tiene dos hijos. Que tienes dos nanas, que son Nora y Sara, las que se fueron y dejaron los papeles botados, que tú mataste a este wueón. O sea, este wueón (China) sabe mucho, no sólo a nivel intelectual, sino mucho de la vida de Lucas. Por eso le teme.

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foto retrato Rodrigo Soto: Pablo Moreira

 

"LOS INVASORES"

  • Centro Cultural Gabriela Mistral. Av Libertador Bernardo O´higgins 227
  • Temporada hasta el 29 de abril.
  • Sala A2
  • Jueves a sábado 21:00. Domingo 20:00 hrs
  • Entrada general $6.000 $ 3.000 Estudiantes y Tercera edad
  • $3.000 jueves populares.